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El
pasado 22 de diciembre Antonio Cova escribió en este diario (El
Universal) un agudo comentario a mi Carta para Ahora del día 18
donde cuestionaba la recomendación que hacía a mi hija Isabel de
vivir el presente por ser lo único que tenemos, y por tanto,
donde se encierra el secreto del mundo que nos toca. En ese
momento pensé en una futura respuesta, pero como a cada instante
surge un evento que trae más sales al mar de mi curiosidad, el
presente artículo se fue armando por módulos seguramente
inconexos y no se cuán útiles al lector.
Aquel
mismo día leí en Se está haciendo cada vez más tarde, de
Antonio Tabucchi, la carta de un enamorado a su queridísima
donde le cuenta que visitó una abadía en cuya puertecilla había
un letrero a máquina que rezaba: Elección de Vida Futura.
Entrada Libre. Y escribe el amante: “Pues claro que entré ¿Tú
que habrías hecho, tú, que vives concentrada en el pasado?
objetivo hipócrita, por lo demás, para quien en realidad está
pensando en lo que puede ser el mañana, dado que el pasado le ha
dejado cierta amargura ¡el futuro, el futuro! Es nuestra cultura
basados en lo que podremos ser, incluído el Evangelio (dicho sea
con el debido respeto) porque de nosotros será el Reino de los
Cielos, tiempo futuro, en resumen, el porvenir, dado que el
pasado es un desastre y el presente no nos basta nunca”
Al
día siguiente quedé aplastado por la inmensidad del cosmos bajo
la media esfera del planetario Hayden de Nueva York. De los años
luz a los que se encuentran las estrellas ya me había
acostumbrado, pero me hizo polvo saber que los astrónomos están
haciendo un mapa de los confines del universo, y para ello,
analizan señales que fueron emitidas en el Big Bang hace 13 mil
millones de años y es apenas ahora cuando nos llegan. El tiempo
como un viaje de luz en todas direcciones, un rayo que pasa del
presente y que no mira atrás, nuestra ventana al origen de todo
esto que pesamos en segundos y horas.
Dos
días después se acabó el año. Cargué a mi hija Isabel para
bailar una gaita y ¿cómo decirlo? sentí que allí estaban dos
presentes. El mío, que trascendía con ella en mis brazos, y el
de ella, tan puro y de pocos meses. Era un presente sin pasado
el que había en su sonrisa babeada, un recordatorio a todos de
que el futuro se chupa el dedo y por eso toca escuchar ahora el
color de nuestros sueños pues Tomorrow never knows.
Tiene
razón mi profesor cuando nos advierte que pasado, presente y
futuro son algo que nosotros construímos y al que, ahora y más
adelante, dotamos de un sentido que precisamos absorber. Pero
hay algo más que valdría la pena recordar, lo dice Buda en su
Dhammapada: lo que somos hoy, es consecuencia de nuestros
pensamientos de ayer. Nuestros pensamientos de hoy, están
construyendo nuestra vida de mañana.
Viviríamos mejor sacando del pasado su jugo y botando la pulpa.
ebravo@unionradio.com.ve

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