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Chávez sin la hoja de parra 
por Manuel Malaver
domingo, 11 diciembre 2005

 

Debe ser políticamente una posición incómoda, insegura, disuasiva e intimidadora, ya que nunca se sabe cuando sin que haya matones que lo eviten  salta una voz recia, ronca, firme y canta las verdades que no se quieren oír, teniendo que meter retroceso o salir a gritar que se trata de una conspiración mediática, o de agentes comprados por la CIA que trabajan día y noche contra la felicidad del pueblo venezolano y latinoamericano.

Tal cual acaba de sucederle a Chávez en la reunión del MERCOSUR en Montevideo, Uruguay, donde ante la evidencia abrumadora de los informes de los observadores de la OEA y la UE sobre las elecciones del 4 de diciembre pasado, no tuvo más remedio que saltar a insultarlos, calumniarlos y acusarlos por el delito de decir lo que vieron y no lo que “el líder redentor de los pueblos del mundo” quería que vieran.

Medicina que ya una buena parte de los observadores de la UE habían probado durante los tiempos del imperio soviético, o de las dictaduras de Franco y Salazar, igualmente “legitimadas” por procesos electorales de un solo partido que contaban con el apoyo del cien por ciento de los votantes.

Y si no la habían probado, estaban los recuerdos frescos de sus padres, tíos y abuelos, nacidos poco antes o poco después de Stalin, Hitler, Musolini, Franco y Salazar, de aquellos tiempos en que el establecimiento de las dictaduras más sangrientas que conoce la historia estuvo precedida de una corrupción sistemática, criminal y programada del sistema electoral.

Pero si no había experiencia directa, ni recuerdos frescos, estaban también los archivos de noticias de las elecciones que se celebran en Cuba, Irán, Zimbawue, Corea del Norte y Miammar, donde tiranías de diversa forma, pero de idéntica esencia, convocan “democráticamente” a sus electores a votar, pero siempre por un solo partido y unos mismos candidatos que salen elegidos con los votos de hasta las Tres Divinas Personas.

Esto si se trata de elecciones legislativas, o de cuerpos que por su naturaleza tienen una representación múltiple, ya que si se trata de elegir o reelegir al mandamás, se procede al plesbiscito puro y simple, a la apoteosis que entre cantos, festivales y ferias reinstala en el palacio presidencial al viejo o nuevo Júpiter Tonante.

De modo que de paso por Caracas en las elecciones del domingo 4 de diciembre pasado, los observadores de la UE tenían pocas razones para equivocarse, ya que con una geografía electoral copiada al carbón de las de otros países totalitarios de vieja y nueva data, era como para sentarse a ver una película desgastada, aburrida y llena de parches,  cortes e interrupciones.

Borrones que, sin embargo,  no escondían lo esencial: en Venezuela, como en tiempos de la Alemania de Hitler, del imperio soviético o la Cuba de hoy,  se  usan las elecciones para destruir las elecciones, la democracia para arreglar cuentas con la democracia, y abrir paso a un sistema dictatorial de candidato y pensamiento únicos que cuente con los simuladores que permitan presentarlo como una democracia.

Estaban ahí para demostrarlo,  Jorge Rodríguez, el flamante presidente del CNE, rodeado de adláteres, seguidores y cómplices, detentadores de una parafernalia electoral cuyos arcanos solo conocen ellos y el alto gobierno, de un registro electoral que es como una libreta de anotaciones de pulpería, lleno de tachas y enmendaduras;  de máquinas electrónicas de todo tipo (de votación, cuadernos electrónicos y cazahuellas) que nadie sabe cómo se manejan ni para que sirven (aunque ya se sabe que es para que Chávez las gane todas) y una negativa permanente, consistente y recurrente a que el acto electoral, ante y después de las votaciones, sea auditado y revele sus cifras y secretos.

Personaje siniestro de cualquier historia, dicen que psiquiatra, pero paciente el mismo de una comedia de equivocaciones, estafas y corruptelas donde lo primero que ha desaparecido es la verdad.

Veraneante de estaciones privilegiadas, de sitios donde no se habla precisamente de revoluciones, sino de comisiones y ventajas que deben cancelarse porque si no “no hay leal, no hay lopa”.        

Ah, y por si faltaba algo, un ventajismo electoral aplicado con todos los hierros, como podía comprobarse con las cadenas de hasta 5 horas que un día si otro también perpetraba Chávez para promover a los candidatos oficiales, o elogiar la obra de gobierno, el proceso, la revolución que solo podían salvarse si los electores votaban abrumadoramente por ellos.

Y aquí fue donde  falló el mecanismo, la trampa, la estafa, el asalto, el arrebatón. Y fue que los electores, aprovechando los últimos espacios de libertad y legalidad democráticas que restan en el país, no es solo que no salieron a prestarse a la farsa chavista, sino que no salieron en absoluto.

Pocas almas en las calles y mesas de votación de aquella Venezuela del 4 de diciembre pasado, tensa y silenciosa y más preocupada de los derrumbes, inundaciones y damnificados que podían seguir a la llovizna que de la suerte de una sarta de políticos marrulleros que tienen el tupé de llamarse revolucionarios.

Una abstención del 85 por ciento fue el resultado de repetir en el país de Bolívar la experiencia electoral de los países totalitarios, pero cubriéndola, disfrazándola, barnizándola de afeites seudodemocráticos creyendo que bastaban, junto  con la gigantesca inversión en la compra de votos que también llamas misiones, para que  los venezolanos se volcaran a votar.

Cálculo lamentable de pichones de dictadores, salido del meollo de autodidactas, improvisados, aventureros e histriones, de gente como los dos Rodríguez, Pedro Carreño, Nicolás Maduro, Cilia Flores y Albornoz, nadie sabe si en trance de irse o convertirse en la superélite del poder, pero en todo caso devenidos en pavimentadores de la vía más calamitosa y riesgosa que ha vivido el chavismo hasta ahora.

Pero sobre todo, salido de los delirios del propio Chávez, quien piensa que sus mentiras se compran en función de su habilidad e inteligencia y no de la chequera bien repleta de petrodólares que reparte según le interesa tramar alianzas y lealtades.

Tiempos en que jugar con Chávez es jugar al totalitarismo, o, lo que es peor, de aprovechar que aun tiene repleta la cartera de petrodólares para sacárselos del bolsillo simulando  que lo apoyan.

Es un club, tinglado, o corte de los milagros donde entran antes que todo los que andan buscando negocitos o pendientes de que en el corto o mediano plazo tendrán que arreglar cuentas con sus electores.

Para probarlo las declaraciones del presidente Lula da Silva en Uruguay, “de que la oposición brasileña era tan golpista como la venezolana” y la respuesta del expresidente, Fernando Henrique Cardozo, que si no fuera por la oposición “democrática”  de Brasil hace mucho tiempo que Lula habría sido juzgado por corrupción.

Pero también hubo y sigue habiendo buenos negocios de parte de este venezolano que juega ahora el papel de la banca extranjera, prestando a bajísimos intereses y a plazos irrecuperables, cuando no regalando, pero creando la sensación de que se puede negar a la realidad, aislarse de la globalización y sobrevivir en precarias condiciones,  pero sobrevivir.

Mundo que es ideal para la preservación de los mitos, de aquellos que se aprendieron leyendo los manuales de marxismo-leninismo de la Academia de Ciencia de la URSS, del “Libro Rojo” de Mao y las simplezas del Che Guevara, pero a los que cuesta renunciar, ya que si se hace, se admite que se ha perdido la vida, o la mitad de la vida.

Que es el drama de la izquierda religiosa o borbónica, condenada a repetir los mismos errores creyendo que son aciertos, pero en medio de espasmos neuróticos, histéricos y viscerales que es la única forma que conoce de sentirse viva.

Por eso escribe, Jean Francois Revel, en “La gran mascarada” que la izquierda no solo está lejos de admitir sus fracasos sino que piensa que sus fracasos son una confirmación del acierto de sus teorías.

Estado de ánimo que la predispone a llevar a los pueblos, y a si misma, a desastres sin fin, pero creyendo que está salvando a los pobres y a la humanidad.

Ejercicio que se cumple de manera relativamente fácil cuando se cuenta con recursos, fuerzas y voluntad para imponer dictaduras al estilo de Stalin, Mao y Fidel, pero no comprando complicidades y mendigando el apoyo de observadores internacionales que cuando menos se piensa salen hablando de la verdad, gritando lo que vieron y no lo que el dictador quería que vieran.

 
 
 
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