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El crimen y su justificación política 
por Lucy Gómez
sábado, 29 abril 2006

 

Asombrados por la repetición de asesinatos monstruosos en nuestras ciudades, donde el denominador común es la implicación de funcionarios públicos en la ejecución de las víctimas o en la justificación de la acción de los asesinos, no tenemos antecedentes en nuestra historia reciente que nos permitan comprender ni esta escalada criminal ni el tratamiento que político han hecho representantes del gobierno, de las muertes del empresario Sindoni, de los tres niños Faddoul y su chofer, del periodista Jorge Aguirre ni del subsecretario de la Conferencia Episcopal, monseñor Jorge Piñango. Continuamente ministros y altos funcionarios eximen al gobierno de toda responsabilidad y se envuelve con la descalificación del tratamiento de los medios privados la ineficiencia y la complicidad. En los tres primeros casos los asesinos han sido poli-cías activos, según reconoce la propia Fiscalía General. En referencia al el último hubo una conferencia de mas de dos horas donde el propio Fiscal general subrayó continuamente y de manera explícita la responsabilidad de la víctima en su propia muerte.

¿Por qué el link político?

La protesta masiva de universitarios y liceístas que se vieron reflejados en el espejo del secuestro, tortura y muerte de los tres adolescentes muertos, capturados en las inmediaciones de su casa, tal vez nos de una clave. Hacía mucho tiempo que este gobierno no había experimentado una manifestación de rechazo tan contundente a la anomia en la que vivimos, de la cual es responsable directo, protesta en la cual se evitó cuidadosamente que los partidos políticos se apropiaran de la autoría. Los manifestantes lograron enfrentar al gobierno y a sus partidarios con el asco y la indignación que produjo el derrame sangriento a la mayoría de los ciudadanos. No hay manera de que por lo menos las 46 000 personas que se acostaron en el piso esa mañana en Caracas, para hacernos imaginar cuantos cadáveres se producen anualmente por causas violentas en nuestro país, no culpen de la inseguridad a quiénes no controlan ni a sus propios policías, a pesar de que el ministerio del Interior y Justicia o la Fiscalía General quieran hacer ver como muertes “lógicas” las que han ocurrido, por las conexiones de los muertos o de su familia.

Es el viejo truco de usar los términos “enfrentamiento entre bandas”, “resistencia a la autoridad”, “ajuste de cuentas” o “resistencia al atraco”, como justificativos para no investigar los crímenes, que lo siguen siendo aunque los muertos pertenezcan a una mafia, sean homosexuales, drogadictos, traficantes o vivan en barrios inseguros.

Pero hay una referencia que podría servirnos para comprender que esta es una etapa que han experimentado otras sociedades, cuyos escritores describieron muy bien. No es la primera vez que en una sociedad aparentemente civilizada, moderna, se invierten los valores.

Curiosamente, el autor que testimonia esa situación es un escritor francés al que ha citado recurrentemente el presidente Chávez en sus últimos discursos, Víctor Hugo, el autor de Los Mi-serables.(1)

Pues bien, Víctor Hugo escribió un libro que se llama “Napoleón El Pequeño”, en su exilio en la isla de Guernesey. Y allí, se encuentra esta descripción que me parece vívida, de las presiones que vivió Francia. Quizá al leerlas les ocurra lo mismo que a mí. Ya he visto, oído, sentido que nos pasan estas cosas:
“Es importante que se sepa algo acerca de quién es el señor Bonaparte. Este libro está destinado a iluminar a muchos, y si Dios quiere, a mostrar a todos la verdad de lo ocurrido. En el presente, y mediante la supresión de la tribuna, de la prensa, de la palabra, de la libertad y de la ver-dad, el señor Bonaparte ha podido permitirse cuanto le ha venido en gana. Pero esa misma su-presión de todo derecho vició de nulidad todos sus actos, sin excepción alguna, empezando por el incalificable escrutinio del 20 de diciembre. Mediante esa intencionada asfixia de toda queja y de toda aclaración, hay cosas, hay hombres, hay hechos, que no ostentan su verdadero rostro ni lleven su verdadero nombre. Es así como el crimen del señor Bonaparte deja de ser crimen y se llama necesidad; la alevosía del señor Bonaparte no es alevosía, sino defensa del orden; los robos del señor Bonaparte no son robos, sino medidas de Estado; los homicidios del señor Bo-naparte no son homicidios, sino actos de salud pública; los cómplices del señor Bonaparte no son cómplices, se llaman magistrados, senadores y consejeros de Estado; los adversarios del señor Bonaparte no son soldados de la ley y del derecho, se llaman jacobinos, demagogos y comunistas...”

“Vamos a exponer ahora ese triunfo del orden; a pintar a ese gobierno vigoroso, bien consolidado, intransigente, fuerte, que tiene tras sí un tropel de jóvenes pisaverdes, inútiles, buenos mozos y despreciables, con más ambición que mérito..... que cuenta con la estimación de mujeres que pretenden ser ingenuas y de hombres que quieren ser prefectos; que se halla apoyado sobre la coalición de todas las prostituciones; que amasa muchas unidades de millón; que da fiestas; que hace cardenales; siempre rico, elegante, aseado, dorado, cepillado y alegre, habiendo nacido en un charco de sangre”....” y cuando Francia despierte, cuando abra los ojos, cuando distinga, cuando vea lo que tiene delante de ella y a su lado, retrocederá con un estremecimiento terrible, ante ese monstruoso prevaricato, que tuvo la osadía de desposarla en las tinieblas y cuyo lecho compartió. Entonces habrá sonado la hora suprema”.

“Los escépticos sonríen e insisten: "No esperéis nada. Este régimen, según vosotros, es el baldón de Francia. Sea; pero esta vergüenza se cotiza en la Bolsa. No esperéis nada. Sois poetas y soñadores si lo hacéis. Mirad: la tribuna, la prensa, la inteligencia, la palabra, el pensamiento, todo lo que era la libertad ha desaparecido. Ayer, todo tenía movimiento, se agitaba, vivía; hoy, todo se ha petrificado. Pero se está a gusto, uno se acomoda a esta petrificación, le saca partido; se realizan negocios y se vive como de costumbre en medio de esta extraña situación. La sociedad continúa en pie y muchas gentes de bien encuentran correcta la marcha de las cosas. ¿Para qué deseáis que cambie? ¿Por qué queréis que termine? No os hagáis ilusiones, esto tiene solidez. Y estabilidad, esto es el presente y el futuro.» (…)

¿Que tal?

La época de Napoleón III pasó porque entre otros desaciertos, metió a Francia en una guerra que perdió vergonzosamente y cayó el Segundo Imperio en 1870, tras la derrota de Sedán. Luego Víctor Hugo volvió a París.
Han pasado 200 años, pero no acaban las vorágines de crimen y su justificación política.

Notas:

1) Víctor Hugo nació el 26 de febrero de 1802, fue hijo de un importante general del imperio francés, el conde Sigisberto Hugo. Su genio se reveló precozmente, cuando un poema que escribió en el colegio llamó la atención de la Academia Francesa. A los 17 años fundó Le Con-servateur Litteraire, una de las revistas románticas francesas más famosas. En 1822 publicó su primer libro de versos odes et poésies diverges, que entusiasmó tanto al Rey Luis XVIII que le concedió una pensión del estado. Entre 1826 y 1840 publicó 8 libros de poemas, novelas, ensayos y libros de viajes. En 1845 lo nombraron Par de Francia. Cuando Luis Napoleón se coronó emperador con el nombre de Napoleón III se exilió, escribió Napoleón El Pequeño, los poemas satíricos Los Castigos en 1853, el libro de poemas líricos Las Contemplaciones en 1856 y el primer volumen de su poema épico la Leyenda de los Siglos entre 1859 y 1883. En 1862 publicó Los Miserables, que describe la injusticia social de la Francia del siglo XIX.



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