El mundo se
fracciona para recomponerse. Ambos movimientos se están
dando en paralelo, aunque alguno se sucederá con mayor
prisa, esto es, no se puede pretender una concordancia. El
mundo no marcha hacia la anarquía, simplemente estamos en
un proceso de creación de un nuevo orden, con toda la
sismicidad que ello implica.
La
globalización está aquí, como también una regionalización
supranacional que encuentra, hasta ahora, a Europa como el
proceso más acabado. Al mismo tiempo los Estados ceden
soberanía y el mundo local entra en una revitalización
multidireccional. Son, pues,
varios los planos en que se produce la reorganización del
mundo: globalización, regionalización supranacional o
continentalización y
localización.
David
Held (La
democracia y el orden global: Del Estado moderno al
gobierno cosmopolita) ha llamado al proceso una
“democracia cosmopolita”, pues obvio que la nueva forma
implicará la necesidad de reinventar la democracia y la
participación pluralista de los ciudadanos. En cualquier
caso, no hay lugar a dudas para cualquier analista de los
procesos políticos globales que marchamos hacia cuatro
niveles: global, continental, nacional y local, como bien
lo resume el profesor de la Universidad de Guadalajara
Alberto Rocha en El
sistema político mundial del siglo XXI: un enfoque macro-metapolítico.
Es lo que el propio Held
denomina un
sistema de geogobiernos.
Es obvio
que habrá de redefinirse lo que hoy llamamos nacional
ante el nacimiento de estos nuevos niveles espaciales y
multidimensionales, como lo es que estos cuatro niveles
tendrán sus propias dimensiones y un complicado sistema
de red que los comunique, como de red que conecte diversos
subniveles de cada uno de ellos con subniveles de los
otros.
Hasta ahora
nos hemos venido manejando en un mundo donde existen
organismos internacionales, los acuerdos continentales,
los Estados-nación y lo local. Todo ello está bajo
cuestionamiento. Lo están los organismos como las Naciones
Unidas, hasta ahora incapaz de pasar a los hechos ante el
continuo reclamo de transformación; lo están los
Estados-nación, la organización interna de cada nación y,
como hemos dicho, todo el sistema interestatal
internacional, lo que nos recuerda la inoperancia de la
OEA aún para atender casos pertenecientes al viejo orden.
El
cuestionamiento va más allá, porque al romperse el viejo
orden quedan bajo la lupa todos sus componentes, llámense
dirigentes, prácticas hasta ahora aceptadas, reglas,
derecho internacional, organizaciones, doctrinas políticas
y hasta hábitos de lo político.
La
globalización, el primer envoltorio, tendrá sus poderes
ejecutivo, legislativo y judicial, cuyo avance más
significativo lo constituye la Corte Penal Internacional.
En ese mundo global es evidente que existirán una sociedad
civil global, una democracia global, una ciudadanía global
y un Derecho Público global. Será un gobierno propiamente
dicho, limitado por los otros niveles y sin capacidad de
intervenir en la resolución de los problemas públicos de
los otros niveles, aunque, como advertiremos más adelante,
tendrá una red que permitirá el contacto directo con
actores de ellos, aún de los locales. Esto es, este
gobierno global, que no es un Estado, sino una mezcla de
homogeneidad con heterogeneidad, no tiene autonomía para
resolver problemas de los otros niveles, pero asume los
que los desborden. Este gobierno mundial afincará sus
bases primeras en las diversas organizaciones
supraregionales.
Lo que se
denomina lo regional supranacional, o unidad por zonas
continentales, como es el caso europeo, nos muestra la
creación de un gobierno o un Estado red regional y una
sociedad civil red regional. Conocemos ampliamente la
estructura de la Unión Europea y de sus instituciones y
sabemos de la asunción de una doble nacionalidad por parte
de sus ciudadanos, que a la vez que pertenecen al antiguo
Estado-nación (Alemania, Italia, España, etc.) se sienten
ciudadanos europeos. Habrá que llamar la atención, luego,
sobre la región Asia-Pacífico. Es como lo hemos dicho: lo
global se sostendrá sobre la regionalización y sobre lo
supraregional.
El proceso
que el mundo lleva indica que el Estado-nación deja de ser
la referencia básica que ha sido desde su constitución.
Está en un proceso interno de
desconfiguración para pasar a ser no más que una
forma política y administrativa con funciones de mediación
entre los supraregional (léase
Europa o región Asia-Pacífico) y lo local. Los autores
comienzan a llamarlo Estado posnacional. Si bien este es
el proceso del Estado, la nación, por su parte, emprende
un proceso de reconstitución desde lo local. Ya comienza a
hablarse con una inversión de términos en un intento por
definir una provisionalidad de tránsito: Nación-estado.
Esto es, lo que viene es un dominio de lo que hasta ahora
se ha denominado sociedad civil, y que yo prefiero llamar
poscivil, sobre lo que
anteriormente era el Estado. El Estado suele, o solía, ser
impermeable a los requerimientos de la ciudadanía, lo que
implica una reacomodo total del concepto de democracia y
de participación. Es lo que algunos llaman “demopública”
en sustitución de república, como es el caso de David
Held en
La democracia y el orden
global.
El
resurgimiento de lo local implica un planteamiento de
multiculturalidad y de
multinacionalidad. Las naciones podrán
reconstituirse sobre estas bases, o tal vez
implosionar. Las localidades,
a su vez, podrán conectarse directamente con los sistemas
regionales supranacionales, como en el caso de la Unión
Europea, donde existe la “Comisión Asesora de las
Corporaciones Territoriales regionales y locales”, que
permite el ejercicio de una influencia directa de lo local
sobre la entidad supranacional. Esto es, la UE
protagoniza, con su asistencia directa a las regiones, un
proceso controlado de autodeterminación económica y
política de las mismas.
Como hemos
visto, la nueva organización planetaria presenta dinámicas
políticas horizontales y verticales. Hasta el punto que
Habermas la llama una “democracia deliberativa”.
El fin de un
mundo
La visibilidad se construye
Robert Fossaert
Un mundo
termina, no cabe duda, y otro está en proceso de
conformación. Debemos recurrir al pensador neomarxista
Robert Fossaert
(“El
mundo del siglo XXI”) para dejar
claro que el fin de un mundo no es un Apocalipsis. Como
este autor bien lo
dice “un mundo significa un período de la historia del
sistema mundial formado por el conjunto de países
interactuantes”. Al
fin y al cabo, este nuevo mundo que se asoma no es más que
una acumulación en proceso de modificación de todos los
mundos anteriores que se sucedieron o coexistieron.
El nuevo
mundo es un entramado complicado de dimensiones donde
juegan desde las técnicas de producción hasta las
estructura políticas que crujen y las nuevas que se
asoman, desde el multiculturalismo hasta la conformación
de una economía mundial, desde la caída del viejo
paradigma de que las relaciones internacionales sólo
podían darse entre Estados hasta el asomo de este nuevo
mundo donde puede hablarse de los mundos en plural.
El hombre
de este nuevo mundo está marcado por los viejos
paradigmas, lo que Alvin Ward
Gouldner
(“La
crisis de la sociología occidental”) llama
la “realidad personal”. Esto es, las ideas prevalecientes
en el mundo que hemos conocido, en el cual hemos vivido.
El hombre de la transición enfrenta el desafío de
comprender las formas emergentes con convicciones pasadas.
En buena medida, pensamos nosotros, se reproduce en él la
dualidad de lo emergente, dado que vive, y procura
aumentar, una interiorización aldeana y una ansiosa
búsqueda del nivel mundial. El hombre vivía sujeto a su
nación, a su localidad, al Estado que le daba –al menos
teóricamente- protección envolvente. La existencia de
otros como él en otra cultura y en otro mundo organizado
la suplantaba con el estudio o con el viaje, pero ahora se
enfrenta o se enfrentará a una auténtica pluralidad de
mundos con un sistema de redes que se moverán horizontal y
verticalmente, uno donde se hará, por fuerza, ciudadano
global y en el cual deberá ejercer una democracia en
proceso de invención. Ya no habrá mundos autárquicos como
los que describe Fossaert (Ibid)
en el inicio de su obra, volcados hacia adentro, apenas
transformados por el comercio lejano. Ya tampoco seguirá
vigente esta multiplicidad de Estados (en el siglo
XX, en 1914, antes de la guerra mundial, eran 62; en 1946,
sumaban 74; en 1999 se integraban a la ONU 193; en este
momento 192), este exceso de Estados
que tanto ha contribuido al desmoronamiento de la vieja
concepción de relaciones internacionales y que en América
Latina se refleja en los microestados del Caribe que
constituyen una contribución nada despreciable a la
infuncionalidad de la OEA. Por
lo demás, apreciamos como la línea divisoria entre
conflictos internos y conflictos internacionales ha
desaparecido o tiende a desaparecer.
La vieja
frase “el mundo es ancho y ajeno” (Ciro alegría) deja paso
a un mundo propio donde estamos obligados a incidir. Si
cito a Goldner, experto en
burocracia y buen alumno de Max Weber, (“Sociology
of the
Everyday
Life en
The Idea
of Social
Structure: Papers in
Honor of Robert K. Merton”,
“La sociología actual: renovación y crítica”, “La
dialéctica de la ideología y la tecnología”), otro
pensador norteamericano considerado neomarxista, aunque el
calificativo es polémico y no exacto, es porque si alguien
cuestionó la sociología actual fue él. Y porque insistió
en el recurso de la “reflexividad”, tan necesaria al
hombre de este mundo en transición, la necesidad de una
profundización en el “sí mismo”.
Goldner exigió mucho a los intelectuales en el
sentido de pensar sobre su propio pensamiento y a la
sociología que se criticara constantemente sobre su propia
razón de ser. Lo digo, porque si en alguna parte
conseguimos estancamiento es en las ciencias sociales y en
la politología en particular.
Goldnerd exige la comprensión
histórica de la conciencia presente. Lo que creo es que
buena parte de la crisis presente es una crisis de ideas
Atrás deben
quedar la antipolítica, la despolitización y el
individualismo autista. Las nuevas formas del nuevo mundo
llaman a la ingerencia. Se trata del ejercicio de una
política ciudadana, de una relación muy distinta del viejo
paradigma ciudadanos-autoridad.
Internacional o
Constitucional
La generalidad de los que se
han dedicado a estudiar el aspecto jurídico del proceso de
reorganización política del mundo coincide en que se está
a mitad de camino entre el Derecho Internacional y el
Derecho Constitucional. Esto porque la organización
supranacional, que como ya hemos dicho no es un Estado,
ejerce poderes soberanos sobre los miembros que la
integran. Esto, se puede encontrar una aproximación a la
organización federal.
En cualquier caso se aborda el
tema desde diferentes ángulos y si algunos insisten en
“federalismo funcional” otros hablan de construcción
federal sobre un plano particular, mientras otros niegan
al Derecho la posibilidad de construir fórmulas políticas
refiriéndose al proceso que describimos como una simple
forma de cooperación administrativa.
La bibliografía sobre el tema
es muy amplia. Lo que queremos brevemente destacar es que
al mundo jurídico no se le ha escapado lo que sucede y que
las palabras “supranacional”, “metanacional”,
“construcción federal sobre un plano particular” y
muchísimas más van construyendo todo el entramado jurídico
que habrá de presidir el mundo nuevo que crece ante
nuestros ojos. La separación purista entre política y
Derecho que algunos autores establecen carece de sentido.
Para ello basta referirse a los padres fundadores de los
primeros intentos de unidad europea, específicamente a
Konrad Adenauer, que siempre fijaron en lo supranacional
un antídoto contra los nacionalismos, contra el concepto
de soberanía y contra el egotismo, entendiendo esta
última palabra “como un sentimiento exagerado de la propia
personalidad”. Esto es, en la concepción original de
avance hacia lo supranacional había un elemento y un
propósito político claro derivado de las causas que
llevaron al segundo gran conflicto mundial. Si ese
propósito político no hubiese existido obviamente no
existiría la discusión jurídica sobre el marco legal para
envolver lo que estamos viendo.
Admitamos
que la discusión bien puede continuar en el campo de la
epistemología jurídica, pero siempre toda forma naciente
debe partir del territorio de la ontología, esto es, del
campo de la filosofía del Derecho. Las nuevas formas de
organización política requieren, ciertamente, de un marco
jurídico y ese marco se ha ido construyendo paralelamente
a la materialización de las formas políticas. Las formas
políticas nacientes han impuesto la necesidad del
envoltorio jurídico. Bastaría, pienso, con hablar de
Derecho Supranacional. O tal vez recurrir a una expresión
del sociólogo e historiador de las Ciencias Sociales
Immanuel Wallerstein (“El
moderno sistema mundial”), conocido por sus
polémicas opiniones sobre el fin del capitalismo y tomarle
prestada, de manera provisional, su frase de
“inventar nuevas formas
de escribir la historia”. O, para mostrar otra
cara que, al fin y al cabo nos conduce siempre al
territorio de la imaginación creativa como vía de
comprender al mundo nuevo, al superoptimista Thomas
Friedman y recordar con él que el mundo dejó de ser
redondo (“La
tierra es plana”)
teodulolopezm@yahoo.com