Estamos
asistiendo a la miopía de las ideas en este reino de la
incertidumbre. Realzo el uso de términos obsoletos para
calificar situaciones, como dividir al mundo entre
optimistas y pesimistas o, recurriendo a los términos de
Eco, entre apocalípticos e integrados.
La modernidad murió en el más profundo desencanto del
hombre, sumiéndonos en el sin sentido. El ser optimista y
agitado ha dejado paso a un escéptico sin norma. Ya no se
le pregunta a nadie o, dicho de otra forma, la pregunta es
formulada a nadie. El signo del presente y del porvenir es
la indiferencia. Cada quien está encerrado en lo poco que
tiene, llámese afecto familiar o bienes o pequeño mundo
donde se solaza con la conversación banal con otros
igualmente indiferentes. Alberto Moravia escribió una
primorosa novela con este título, “Los indiferentes”, lo
que, en alguna ocasión, me hizo llamarlo "el maestro
narrador de la alienación".
Hay indicios del desorden. Los futurólogos asomaron en la
economía la fragmentación de las grandes empresas en
pequeñas unidades de producción paralelamente a las
megafusiones. Ambas cosas se están dando, como la
conformación de grandes bloques que terminarán abortando
el Estado-Nación, pero con la compañía paralela de una
fragmentación del poder en beneficio de ciudades y
regiones. Los sistemas políticos están cuajados de
incertidumbres con un alejamiento casi asqueado de las
grandes masas. No sabemos como vamos a gobernarnos en el
futuro. Todo parece inclinarse hacia una dualidad, desde
la economía hasta la política, en medio de ruptura de
viejas creencias. Si muchas de estas consideraciones
podemos pergeñar en el terreno del denominado "interés
público", es en el terreno personal del hombre donde los
sin sentido predominan. El día a día parece ser el esbozo
de norma, lo que podría hacer reflexionar a alguien sobre
algunas viejas enseñanzas orientales, pero con la cuales
no hay ninguna relación. Lo que resta de los códigos de
las relaciones interpersonales son el desencanto y la
fragilidad. El amor ha sido independizado de la
procreación y la procreación misma dejará de ser asunto
apasionado hasta para las parejas que hoy recurren a los
procedimientos in vitro o parecidos. Como no se cree en
nada, menos en lo colectivo y en los políticos, sumada la
exigencia consumista, resurge una vieja enfermedad
asociada desde siempre a los mecanismos capitalistas: el
individualismo exacerbado. Todo lo que escribieron
pensadores del humanismo cristiano como Chardin o Mounier
sobre el concepto de persona ha sido devorado por una
realidad que ha superado con creces aquélla que los
inspiró. Hoy, persona es quien detenta poder. La
imposibilidad de la revolución social, sumada a una
diferenciación entre dos estratos poblacionales cada vez
más lejanos en cultura y economía, lleva a la aparición
del hampa como la conocemos hoy. El hampa, creo, es la más
patética manifestación de la imposibilidad revolucionaria
y una forma sustitutiva de búsqueda de la igualdad social.
El economicismo, la vieja enfermedad de conceder a la
economía el privilegio absoluto sobre nuestras vidas, ha
reaparecido como pandemia sepultando las interrogantes
esenciales del hombre sobre el Ser y produciendo la
"cultura" uniforme que se nos lanza sobre el cuello como
tenaza asfixiándonos en el rechazo de todo pensamiento
trascendente.
Estamos asistiendo a la segunda gran explosión de
individualismo. El triunfo lo reclama Narciso. Algunos
pretenden ver en la multiplicidad de la oferta el reino de
la libertad y hasta llegan a pensar que esta supuesta
capacidad de escoger es la mejor muestra de la
humanización de los controles. El acceso posible a todo es
una concesión ilusoria, puesto que lo opuesto a ilusorio
es lo concreto siendo así la libertad el trato concreto
con posibilidades concretas. Gabriel Zaid lo describe con
exactitud: “Lo concreto se vuelve mera posibilidad; lo
cercano distante; lo personal, impersonal; los nombres,
abstracciones del anonimato o la celebridad; la
convivencia, relaciones públicas. Se trata de transformar
la necesidad en libertad”.
Para proclamar la muerte de la angustia, como lo hace
Gilles Lipovetsky, realmente hay que recurrir a la
afirmación de que estamos caracterizando, tomando como
guía, un total abandono del saber. Mientras menos sabemos,
menos nos angustiamos, ecuación simple y patética. Lo que
estamos viendo es la imposición de un sistema de "vida"
donde es posible estar sin objetivo y sin sentido. Que la
posmodernidad no lo inventó, que es una continuidad del
proceso de la modernidad, lo podemos compartir. Mientras
más grande es la indiferencia más fuerte es el rechazo del
conocimiento. La revolución individualista que estamos
viviendo, (con excusas por el uso de la palabra muerta),
conduce, paradójicamente, a la muerte del Yo. Ya lo he
dicho: no pueden existir revoluciones cuando la única
revolución es la de un individualismo de signo diferente,
pero mayor y más acendrado de aquél que sentimos en pleno
apogeo capitalista del siglo XX. Cierto que no es el viejo
concepto marxista de alienación lo que hay que "regresar",
pues ahora se agrega el elemento apatía y la exacerbación
de la oferta a Narciso, pero hay que retomarlo. Mal
podemos hablar de libertad suministrada por la oferta
manipuladora cuando tenemos a un hombre a punto de no
sentir nada, a no ser la necesidad inducida de mirarse al
agua para confirmar que tiene lo que se le ha ofrecido y
que el éxito resuena sobre su pellejo en las miradas de
envidia de los otros.
"Así es la vida hoy", afirman algunos. Otros insistimos en
preguntarnos si se puede llamar vida. Somos los que aún
peligrosamente pensamos. Si vida y felicidad son ahora no
arriesgarse, una nada que va desde la vida sentimental
hasta la concepción del trabajo, debemos precisar que si
libertad y felicidad equivalen a vacío, lo que puede
asomarse en el horizonte es otra época totalitaria. Eso de
mirar en la historia para no repetir los errores siempre
me ha parecido un exabrupto. El hombre comete las mismas
barbaridades no por falta de memoria sino por una
acumulación de procesos y circunstancias. Asegurar que
debemos tener una perspectiva histórica de nuestro tiempo
me suena a madera podrida.
Nadie glorifica esta entelequia llamada posmodernidad ni
nadie en su sano juicio añora la modernidad. Se trata de
un reconocimiento del presente y de un imprescindible
otear en el futuro. Ahora mismo algunos autores europeos
retoman el tema de la utopía aclarando que lo hacen desde
el aspecto lúdico. Pero, ¿qué fue siempre la utopía sino
un sueño? La precisan divorciada del totalitarismo, pero
la experiencia indica que en el siglo XX siempre desembocó
en dictadura pues había que imponerla como panacea a
quienes discrepaban. Como bien asoma Rüdiger Safranski el
cuerpo espiritual necesita, al igual que el cuerpo físico,
un sistema inmunológico.
Regodearse con los síntomas y proclamar que este mundo es
cuasiperfecto porque nos permite elegir es aceptar la
incertidumbre y el vacío como normas de la vida del
futuro. No hay códigos, aunque, admitámoslo, no es la
primera vez. En el fondo, como también lo plantea
Safranski, el neoliberalismo, como ideología de gestión se
parece, en mucho, al marxismo. Se nos dice que Nietzche
está muerto y que la libertad y la felicidad consisten en
consumir. El mensaje no es nuevo, por supuesto, sólo que
ahora el hombre hedonista y narcisista ya no lo resiste.
La verdad, fue dicho en su momento, es un consenso, un
simple consenso generalmente aceptado o, como la definió
Derrida, una "certeza provisoria". A veces uno piensa que
el único que está reviviendo es Nietzsche. Aunque quizás
sea Alicia: "En nuestro país no hay más que un día al
mismo tiempo".
tlopezmelendez@cantv.net