Lenguaje
Cualquier psicólogo social
podría dar una extensa explicación sobre la conexión
entre pensamiento y lenguaje o entre estructura mental y
expresión lingüística. Cuando el lenguaje se desvirtúa
toda la psiquis colectiva se desmorona. Cuando ya lo que
se dice carece absolutamente de importancia se ha
llegado al extremo de la barbarie, al hombre primitivo,
al mantenimiento de los lazos sociales basados
exclusivamente en la alimentación, en la satisfacción de
las necesidades primarias y elementales, como los
pueblos de la edad de piedra. Cuando se llega a estos
extremos el pensamiento no pasa sino por la
sobrevivencia, por los
rasgos elementales, se pierde toda conexión racional,
prevalece el instinto, desaparece toda posibilidad de
estructuración de conceptos.
El irrespeto continuo, la
dicotomía absurda, el maniqueísmo llevado al grado de
doctrina de Estado, convierte a un país en un rebaño,
pero con una advertencia, uno que pasa por una rebelión
subyacente, en estado de letargo momentáneo. La praxis
política no se destaca de esta anonimia. Pero es que la
falta de imaginación, la imposibilidad de romper el
enclaustramiento maniqueo y sesgado, es lo que
caracteriza a la Venezuela de hoy.
Atmósfera
Venezuela se ha convertido
en una agencia de publicidad. Lo que prevalece es el
decorado, la forma de vender el producto, la repetición
de la “cuña” publicitaria. El producto que se vende es
la revolución bolivariana-socialista-endógena-indoamericanana.
Así se ha construido sobre el territorio nacional una
inmensa campana de plástico. Hemos pasado a ser un
espacio cerrado, uno donde no hay circulación del aire,
uno donde las exhalaciones van viciando lo que
respiramos. Nos hemos convertido en plástico con un
escenario de cartón piedra y anime. Vivimos inmersos en
la repetición constante de esta publicidad por parte de
un gobierno que no gobierna sino que se vende.
Esta campana es impermeable,
no permite la circulación del aire, la entrada de aire
renovador; en verdad hemos llegado a un punto donde no
tenemos exterior, lo que tenemos sobre esta campana son
ventanas pintadas con escenas de exterior. Los
publicistas dibujan sobre el plástico. Todo lo damos por
supuesto, lo que implica una tarea descomunal que no es
otra que la de reinventar lo supuesto. Los venezolanos
miramos los dibujos y no nos hemos dado cuenta que son
dibujos, que esto no es más que una campana. La
normalidad no es otra cosa que el envenenamiento
progresivo con el aire contaminado que se presenta como
no renovable. Lo supuesto se ha establecido con todo su
peso y los organismos que somos nos movemos en una
cámara lenta impuesta por el estupor del aire
contaminado. Carecemos de la capacidad de reinventar lo
supuesto y, en consecuencia, languidecemos en la falta
de imaginación, en la ausencia de pensamiento, en la
imposibilidad de un esfuerzo por perforar la burbuja en
procura de aire fresco, en la incapacidad aplastante de
negarnos a dar por ciertos los dibujos simuladores de lo
real exterior.
Atontados como andamos por
la falta de oxígeno, por el envenenamiento del aire de
la campana donde estamos encerrados, caemos en la rutina
del horror, de uno permanente, del cual se nutre esta
agencia de publicidad para mantenernos melancólicos a la
espera de la muerte. Explicar significa hacer entender
al paciente melancólico la causa de su melancolía,
hacerle entender que se hipnotiza con el aire viciado,
que es necesario hacer brotar la creatividad desde los
restos de energía y que es necesario reinventar,
redescubrir, reformular.
Alguien aseguró alguna vez
que patria no es otra cosa que el lugar donde estamos
bien. Si estamos mal no tenemos patria. Este aire
perverso está diseñado,
publicitariamente, para matar la política, porque
la política es un invento de los hombres para poder
vivir en paz. Lo que este aire envenenado ya ha logrado
es matarla y sin política lo que haremos en los
estertores será dar cabezazos sobre las paredes de
plástico de esta campana. Hay que reinventar la
política, hay que combatir a la agencia publicitaria que
la ha desterrado, a la agencia asesina de política,
mientras lo que vemos es exactamente lo contrario, la
práctica conforme al guión de aire envenenado, a los
fanfarrones repetidores de lo supuesto, a la
falsificación de palabras de quienes no tienen capacidad
ninguna para soplar aire fresco dentro de esta cámara
mortal donde hay que recrear las condiciones de la vida.
Simbolismo
La forma es tan importante
como el contenido. En muchas ocasiones la exploración de
la forma se sobrepone a la realidad aparente. Quien no
maneja la forma entierra pilares en lo inconsistente.
Una de las formas sustentables de la política es hacerla
capaz de generar realidad. Hay que notar que la agencia
publicitaria que se dedica a asesinar la política es
porque está descontenta con ella y quien está
descontento con la política en verdad está descontento
con todo, incluyéndose a sí mismo.
Lo real no puede separarse
de la forma. Cuando algo resiste a la mirada de quien
quiere transformar o sustituir hay que aprender a
superar la capacidad de resistencia que opone y ello
pasa por sembrar de manera tal que las posibilidades se
hagan muchas. Para ello se requiere creatividad, porque
cuando se riegan formas creativas se multiplican las
opciones y las alternativas.
Esto es, estamos ante
planteamientos que nos remiten a trasnochos que ya ni
siquiera pertenecen al siglo XIX sino que van más atrás,
a los orígenes mismos de la investigación sociológica
cuando comienza a analizar la agrupación de los hombres
en sociedad. Se quiere organizar este país sobre la base
de una solidaridad primitiva y para ello se le advierte
a los objetivos del experimento que allí en el horizonte
hay una preñez de peligros que sólo el gran organizador
puede conjurar con “camisas rojas”, con discursos que
mantienen a raya a los monstruos que se asoman.
La paradoja de este
planteamiento de regreso a lo cuasi-tribal
está, en primer lugar, en que arrastra a su oponente a
la misma atmósfera mental y, en segundo lugar, lo que
constituye lo más grande del ángulo paradójico, es que
hace imposible el regreso al pasado que se pregona desde
ambas partes. He allí el encierro en un alfabeto con
cuyos elementos no se sabe construir frases y conceptos:
no hay códigos sustitutivos, nadie sabe lo que es el
mañana, nadie tiene el manejo de lo que política se
llama “los tiempos”, nadie logra articular frases, la
forma, para hacerle entender a un país cohabitante con
un espasmo de retorno temporal y espacial, que la
palabra futuro aún se conserva en el diccionario y en el
campo de las posibilidades.