Lo
anecdótico es generalmente irrelevante, algo curioso, un
suceso circunstancial, algo sin importancia que contamos y
sobre el cual en no pocas oportunidades bromeamos. Este
gobierno venezolano que nos ha tocado en suerte
protagoniza anécdotas a diario. Veamos un par,
ilustrativas a más no poder, para luego ocuparnos de lo
opuesto: el “especialista en inteligencia” Ramón Rodríguez
Chacín dijo solemne en rueda de prensa que tenía las
coordenadas donde las FARC entregarían a los rehenes, pero
que no las diría a nadie ni siquiera a la Cruz Roja y que
sólo las entregaría al piloto del helicóptero ya en vuelo.
Una vez en el sitio de los acontecimientos prendió su
teléfono satelital para comunicarse con “su” comandante en
jefe. Después de la historia de Raúl Reyes a uno lo que le
queda por decir -a manera de anécdota- es que
absolutamente nadie se enteró de donde estaba Rodríguez
Chacín, nadie rastreó la llamada, nadie se enteró del
punto exacto donde las FARC estaban entregando a los
cuatro ex-parlamentarios en perfecto estado después de una
“caminata de 230 kilómetros”. Vaya “especialista en
inteligencia”. La otra curiosidad es la solemne perorata a
la nación del Ministro de la Defensa donde “informaba” de
la movilización militar para enfrentar los designios del
imperio. Luego se acusó a los medios de divulgar –en
“traición a la patria”- los secretos movimientos militares
venezolanos. El jefe del Comando Sur de los Estados Unidos
ha dicho que monitorea los movimientos de tropas
venezolanas y ecuatorianas, de manera que saben donde está
cada tanqueta, donde cada soldado, donde cada cañón.
Recuerdo perfectamente cuando seguía, desde Lisboa, la
guerra de Las Malvinas en la BBC de Londres, pues la
estación precisaba con detalles los movimientos de la
flota enviada por la señora Thatcher y anunciaba cada vez
que un avión argentino acertaba sobre un navío de la Real
Armada Británica.
Lo anecdótico forma parte diaria de la vida nacional. Como
la oferta de los airados grupos foquistas de Lina Ron de
colocar dos mil hombres en el “frente de batalla”. Ahora
sabemos que tienen dos mil armas, dos mil portadores, dos
mil guerrilleros urbanos. Lo anecdótico comienza a dejar
de serlo cuando vemos que los protagonistas controlan a un
gobierno. Lo anecdótico pasa a ser tragedia cuando
comprobamos que la guerra continúa, que la guerra es
contra la población de este país, que tenemos a un
gobierno en guerra contra su propia nación. Este asunto
deja de ser risible cuando tenemos a un gobierno observado
por las cancillerías del mundo con aprehensión,
conmiseración y asombro. Este asunto deja de ser tema de
broma cuando se plantea –independientemente de que
prosperen o no- que el Jefe del estado de este país será
acusado ante la Corte Penal Internacional y cuando
comienza a repetirse que Venezuela debe ser declarada un
estado narcoterrorista.
No, esto no forma parte de la anécdota, esto forma parte
del peligro. Esto no es asunto del Reader Digest con
aquello de “la risa remedio infalible”. Nadie puede reír
cuando un Jefe de Estado alega que él podría declarar
terrorista a Pedro Carmona Estanga y bombardear su
apartamento en Bogotá. Eso, en boca de un presidente, no
es una anécdota, es una amenaza de muerte.
Del peligro forman parte los constantes abusos a los que
se somete a nuestros militares. Del peligro forman parte
las incidencias internas de este descalabrado suceso que
la diplomacia internacional ha sabido meter en el
congelador, porque meter en el congelador lo caliente para
que se enfríe es el papel de la diplomacia. Y esas
incidencias internas son variadas y llenas de peligro: se
le ha dado un bofetón a la posibilidad de alternancia
democrática por vía electoral, lo que no debe desanimar,
en lo más mínimo, una participación total en los comicios
regionales de noviembre próximo. Aún así, el elemento está
presente. El gobierno ha sembrado, con sus maniobras
militares y su arrogancia bélica, ha sembrado como nunca,
la creencia colectiva de que no sale con votos, aunque sea
derrotado en elecciones regionales o parlamentarias. Esa
siembra es parte fundamental del peligro. Eso es jugar con
fuego y el que juega con fuego se hace pipí en la cama
(proverbio húngaro).
Disposiciones que violan la autonomía universitaria al ser
aplastadas sus propias normas de admisión, leyes que salen
–o mejor que entran-, desabastecimiento mientras el
gobierno muestra con orgullo en propaganda oficial –caso
insólito- que los puertos están abarrotados con alimentos
y que hay “cero escasez”. Las importaciones masivas de
alimento ahora son motivo de orgullo; francamente para
plantearse de nuevo si reír o llorar. Abuso oficial de
cadenas, discursos altisonantes, comportamiento desgreñado
en el plano internacional, aplicación de la reforma
derrotada por vía de la habilitación. Lo dicho: la guerra
es interna.
Este no es un país que vive plácidamente en democracia.
Este es un país en guerra, una interna, una despiadada,
una que no permite momentos de paz o concede segundos de
tregua. No estamos, pues, señores candidatos que llueven y
pululan como mariposas amarillas, en “una noche tan bella
como esta”. Aquí no se necesitan teléfonos satelitales
para saber que la noche es oscura y tempestuosa. Aquí hay
que ir a votar masivamente en noviembre y dejar de lado
los brotes abstencionistas que como plaga egipcia
comienzan de nuevo a surgir, pero hay que hacerlo bajo
conciencia de lo que realmente vivimos. Aquí no se trata
simplemente de “unidad y buenos candidatos”. Aquí se trata
simplemente de que aprovechamos los resquicios electorales
que el régimen permite, no más. Si no los aprovechásemos
seríamos estúpidos, como seríamos estúpidos si pensásemos
que el país transcurre en la “normalidad democrática”. Por
eso me molesta de manera especial la argumentación
jurídica ante el caso de los “inhabilitados” cuando ha
debido darse una contundente respuesta política. En México
López Obrador no se limitó a enunciados legalistas cuando
lo querían inhabilitar como candidato presidencial sino
que colocó una inmensa multitud forzando la barra e
imponiendo la pertinencia de su candidatura. Aquí los
“inhabilitados” proclaman que debe ser el Tribunal Supremo
el que debe decidir, mientras su presidenta sale de
asomada a proclamar lo bien que estuvo la movilización de
tropas, seguramente para evitar que la jubilen antes de
tiempo o la execren por haber votado “No” en contra de la
reforma constitucional. Tiene la señora facturas que
pagar.
En este país donde se entremezclan lo anecdótico y el
peligro, debemos saber que no saldremos del peligro con
anécdotas.
tlopezmelendez@cantv.net