Esta
batalla entre Hillary y Obama por la candidatura demócrata
es memorable y trascendente. Conozco bien New Hampshire.
Tuve, hace más años de los que quisiera recordar, la
oportunidad de seguir a un candidato demócrata a la Cámara
de Representantes por la geografía de ese estado
norteamericano fronterizo con Canadá. Se trataba de un
joven y promisorio abogado. Tanto yo como mis acompañantes
estuvimos preocupados por su suerte y cuando nos llegó la
noticia de su derrota lo lamentamos de veras. Éramos cinco
dirigentes estudiantiles de la UCV invitados por el
Departamento de Estado para familiarizarnos con el proceso
electoral norteamericano y, en general, con la política
interna de ese país. Visitamos alcaldes de diversas
ciudades, amén de gobernadores, y pasamos largas horas en
el capitolio conversando con senadores y representantes.
Vivimos con pasión las primarias de demócratas y
republicanos, asistimos a mítines, acompañamos aspirantes,
conocimos a los grandes líderes de ambos partidos para
entonces. Toda una experiencia que estoy rememorando ahora
porque esta batalla entre Hillary y Obama es especial. Mi
experiencia de la política norteamericana me hace pensar
que los problemas de la señora Clinton han estado en una
influencia excesiva de los asesores que la han
estereotipado. Habría que recordarle la anécdota de Luis
Herrera Campins en campaña por la presidencia de
Venezuela, cuando los jefes de su campaña le increparon
que estaba haciendo todo lo contrario de lo que los
asesores indicaban y le preguntaron que entonces para que
los tenían y el bueno de Luis les respondió: “Se tienen
para no hacerles caso”. No obstante, la derrota en Iowa
hizo que la señora Clinton dejara de ser un estereotipo y
se convirtiera en un ser humano, con lágrimas incluidas.
Otro detalle que me parece que la afecta es ser la señora
Clinton. Si bien su marido es altamente estimado el
ex-presidente participó en exceso en las primarias de
Iowa. Debe dejarla un poco, permitirle algo de soledad lo
que la ayudaría a encontrase a sí misma con mayor
claridad.
Por encima de todo, hay que recordar que la batalla
demócrata es entre una mujer y un afrodescendiente, caso
único en la historia norteamericana y que muestra un
cambio profundo, a una Norteamérica muy distinta de
aquella que vivimos los dirigentes estudiantiles
venezolanos, una donde era imposible pensar en un negro
presidente o en una mujer. Eran los tiempos de la
discriminación racial y la mujer no había llegado a los
grados de igualdad –superioridad diría yo- de que goza
hoy. Estados Unidos ha cambiado profundamente, y lo ha
hecho para bien. No se ha producido ninguna manifestación
relevante de discriminación racial ante la osadía de este
joven senador Obama, un auténtico líder que le permite a
uno -distante observador- escuchar sus discursos con gran
placer. Es una erupción de juventud que ha emocionado a
sus congéneres sin que se requieran explicaciones. Todo
país se cansa de los liderazgos tradicionales. La señora
Clinton misma está haciendo ahora esfuerzos desesperados
porque no se le identifique con el establishment. Hay un
ansia de nuevos procedimientos y hasta de una brutal
sinceridad en el abordaje de los temas públicos.
La lección es que la política se refresca y vive con la
irrupción de la juventud y de las mujeres. Recuerdo con
agrado la candidatura de Sègolene Royal que seguí con
especial interés. Obama es un atrevido que está haciendo
posible un sueño y su aspiración hace que Estados Unidos
sienta corrientes de aire fresco. Hillary ha hecho
despertar a plenitud a las mujeres y la prueba es un
análisis detallado de los resultados en New Hampshire,
donde hubiese también perdido si las damas no se hubiesen
embraguetado bajo el lema de que ahora le toca a ellas.
Si la señora Clinton gana en definitiva la candidatura
demócrata va a llegar a la gran contienda muy desgastada
por la resistencia de Obama, aunque ningún candidato
republicano parece poder hacerle mella. Si Obama se alza
con el trofeo va a llegar entero, pues la señora Clinton
no le ha hecho daño. El asunto estaría entonces en una
gran definición para la sociedad norteamericana: tendría
que elegir entre un afrodescendiente o entre un
republicano conservador. El otro elemento determinante
sería la escogencia de vicepresidente. La señora Clinton
podría ofrecerle el cargo a Obama. La gran pregunta es si
el gran líder negro y joven preferiría seguir su carrera
en el Senado, pues sabemos que el vicepresidente no tiene
una influencia determinante si no le es otorgada; el caso
más claro es el de la presidencia de Kennedy cuando redujo
a la nada al líder sureño que había tenido que integrar a
su fórmula por obligaciones electorales y que, por azar
del destino trágico, habría de sucederle en la
presidencia. Si Obama es el candidato creo que la señora
Clinton no aceptaría ser su compañera de fórmula, pero
estaría obligado a elegir a una mujer y la gran candidata
sería, a mi modo de ver las cosas, la actual presidenta de
la Cámara de Representantes.
Juventud y mujeres es la gran lección. Ojalá la
aprendiésemos en Venezuela.
tlopezmelendez@cantv.net