Decir
que esta semana que terminó fue gris es casi volver a
escribir el artículo del lunes pasado. Lo fue, porque los
estudiantes dieron un espectáculo bochornoso en la Plaza
de La Candelaria, porque el grueso insurrecto materializó
su llamado a la insurrección interponiendo una demanda
contra la reforma constitucional ante el Tribunal Supremo
de Justicia (vaya insurrección) y porque las encuestas
demuestran que se ha acortado la ventaja del No sobre el
Si.
Sobre el comportamiento de estas figuras públicas sólo
caben expresiones desdeñosas. Sobre la recuperación del
gobierno con su proyecto las razones son obvias: el
inmenso abuso propagandístico oficial, pero acompañado de
las contradicciones más rampantes por parte de esto que
llaman oposición, una de las palabras más desprestigiadas
de la Venezuela actual. Siguen inventando, ahora cosas
como la votación manual olvidando que en regímenes
autoritarios no hay negociación posible para obtener
concesiones, que se toma o se deja, como en los tiempos de
las elecciones perezjimenistas. En lugar de dedicarse a la
tarea pedagógica estos opositores siguen sacando conejos
del sombrero del prestidigitador. Es obvio que si el
porcentaje de gente que desconoce el proyecto es altísimo,
pues la obligación es llegar a explicárselos para que se
den cuenta de la magnitud del desafío. Si en lugar de ello
se visten para aparecer en el escenario no hay lugar a
dudas que el proyecto seguirá avanzando, especialmente si
Chávez lo convierte en una elección personal. Por su parte
la extrema sifrina da una colaboración estupenda al
gobierno, con sus imbecilidades acusatorias de “oposición
colaboracionista”, de “vendidos al régimen” y cuanta
sandez se les ocurre para defender un abstencionismo que
nos puede llevar a la pérdida final de la república.
Ahora mismo las cosas están difíciles electoralmente. Si
seguimos así el resultado va a ser parejo. Si los de la
extrema sifrina consiguen mantener, aunque sea un pequeño
porcentaje de abstencionistas, pues la reforma pasará. Si
el resultado es parejo tendrá, de todas maneras
consecuencias serias, pero el que no quiere ver es como el
ciego.
El asunto, sin embargo, es más profundo y atañe quizás
hasta la genética de los venezolanos. No nos preguntemos
desde el inicio, esto es, porqué los venezolanos eligen
para presidente a un teniente coronel golpista. Limitemos
las preguntas al ahora, al presente: frente a los
desvaríos, mentiras reiteradas, ineficacia, abusos y
trapacerías de este gobierno aún se mantiene un alto
porcentaje de aceptación. Frente a la pretensión de
convertir el proceso educativo en un proceso de
ideologización en reversa sólo se produce una tímida
reacción. Frente al planteamiento de una reelección
presidencial continua un alto porcentaje de compatriotas
responde ingenuamente que mientras no sea por la vía
dictatorial es aceptable.
La pregunta versa sobre que clase de sociedad es esta que
acepta la mentira como norma en las declaraciones de los
líderes de ambos bandos, que se entusiasma con los
planteamientos más estrambóticos y que son negados por el
mismo comportamiento de los proponentes. Como me gusta
hablar con la gente pregunto aquí y allá y la respuesta
que encuentro es que este aire gris que me he dado en
describir es el propio de las dictaduras, uno donde la
gente piensa que si no se mete en política nada le pasará.
Puedo aceptar parcialmente esa respuesta, pero la
mediocridad de quienes hacen vida pública no tiene una.
Recuerdo los dirigentes estudiantiles de mi época,
recuerdo a buena parte de los parlamentarios de otros
tiempos y oigo y miro a esto que tenemos hoy y me pregunto
sobre este proceso gigantesco de involución. Otra gente me
hace mirar los autos que circulan y me llama la atención
sobre la presencia de miles de ellos destartalados (al
lado de los nuevos de la bonanza revolucionaria) y me
señala que así está el país, como en los años 50.
No basta enumerar causas, como el fracaso del proceso
educativo, ni volver a explicar que el caudillo exterminó
a una generación de su partido o que lo mejor de la
juventud de izquierdas fue destruido por ese error trágico
de la guerrilla de los años 60. Hay algo más profundo
escondido en esa multitud que uno encuentra en el Metro o
en esa clase media que repite los absurdos más grandes. Lo
único que uno piensa es que esta mediocridad que nos
acogota es que se disolvieron los lazos que nos unían como
nación. El bueno de Rousseau diría que este contrato
social venezolano fue roto y echado a la basura.
Lo que vivimos es un proceso de disolución. Ese brote de
carajitos extremistas que repiten como loros la cartilla
llena de barbaridades, ese grupo de carajitos que no saben
ejecutar una política de defensa de los derechos civiles
para disolverse en juego de barajitas, esos “dirigentes”
que recurren a la verborrea adornada de guirnaldas para
enseñar los dientes en procura de alzarse con el botín,
esos funcionarios públicos que mienten con impudicia y
estulticia, esos “políticos” absolutamente ignorantes y
faltos de criterio que hemos parido, todos ellos, todo
este cuadro lamentable que es la Venezuela de hoy, lo que
indica, comprueba, deja por establecido, es que éramos una
nación pegada con saliva. Los lazos vinculantes eran
frágiles, los vasos comunicantes eran falsificaciones, los
hilos que nos ataban unos a otros estaban podridos.
La única posibilidad de salvar esto que todavía llamamos
Venezuela, más allá de la circunstancia política, es
rehacer los vínculos comunes, ofrecer un proyecto renovado
de nación, reencontrar un planteamiento que renueve este
contrato social (no sacando de la basura uno que está
roto). Como nunca se requiere un proyecto de país. El que
nos ofrece el teniente coronel es el de la disolución
nacional. Hay que fabricar, inventar, idear, uno de
reconstrucción nacional. No obstante, vemos como el
pensamiento se limita a las especulaciones grotescas, como
se nos dice que este no es momento de andar construyendo
idearios, como nos encontramos con un profundo vacío
existencial que nos convierte propia y exactamente en un
campamento de mineros.
La única diferencia con el pasado reciente es que esta vez
este país que ha sido sólo considerado como botín pretende
ser convertido en un botín para siempre. Mucho me temo que
deberé comenzar muchas columnas hablando de lo gris que
fue la semana que apenas termina.
tlopezmelendez@cantv.net