No
creo que haya ayudado para nada andar hablando de
referéndum de independencia. La política interna de
Cataluña parece hacerse a base de apuestas. Y, claro está,
pensando en las elecciones que tienen delante.
Un amigo me invita a su casa del barrio 22 arroba,
simpático nombre tomado de la web, en las vecindades de la
torre Agbar, el emblema moderno de esta ciudad, y me dice
que vota a un partido por la sencilla razón de que combate
a los nacionalistas con todos los hierros. Pregunto a
otros por ese partido y me dicen que es sospechoso, no sé
de que. Caminando por Barcelona recuerdo la teoría sobre
las nuevas tribus y me viene a la mente la afirmación de
Michel Maffesoli sobre la posmodernidad caracterizada y
cristalizada en la sinergia entre el desarrollo
tecnológico y el retorno de las formas arcaicas.
Presentación de mi libro en la bellísima Capilla de la
Universidad de Barcelona. Está terminando un acto previo y
se oyen las estrofas de la Internacional. Vaya
recibimiento. Todos nos miramos las caras entre sonreídos
y sorprendidos. Discursos y recital, con fuerza.
Fernando Clemot es un joven cuentista ya con una veintena
de premios. En realidad estamos felices porque la
principal agencia literaria de España ha aceptado leer su
primera novela. Ligamos que se la acepten mientras funge
de guía excepcional por el Barrio Gótico. La Catedral, las
callejuelas y subidas del antiguo barrio judío, los restos
de la muralla romana, las columnas de Augusto escondidas
inverosímilmente entre las casas del vecindario, Santa
María del Mar, el Museo de Picasso, la calle de Avignon
frecuentada por el genial pintor y que dio origen al
famoso cuadro “Las señoritas de Avignon”, en verdad las
prostitutas de un burdel de esa calle donde Picasso era
cliente asiduo y nada que ver con la ciudad francesa del
mismo nombre.
La comparecencia de Zapatero a la TVE apenas aflora. Nos
parece que estuvo muy flojo cuando respondió sobre la
pobreza crítica. La pregunta sobre el precio de un café
tenía como propósito determinar si el presidente del
gobierno estaba al día con lo que pasa en la calle. Su
respuesta en falso se la siguen restregando. Habrá un
programa similar con Rajoy, líder en funciones del PP.
Ciertamente mientras los políticos catalanes se enzarzan
en los dimes y diretes descritos entre la población no se
nota la tirantez. Me pasa por la mente que debería titular
este último artículo de esta serie “La serenidad de
Cataluña”, serenidad que un escritor extranjero, otra cosa
no soy, respira cuando marcha hacia Plaza de España y sube
pacientemente los muchísimos escalones que dan al Museo
d´Art de Catalunya. De allí al Montjuic un paso, o un
teleférico, si es que se desea bajar al puerto de donde
parte, desde donde los edificios modernos y los centenares
de veleros y yates indican prosperidad y cosmopolitismo.
Otra vez al mar, por la Vía Juan De Borbón, a comer con
Jon y sus amigos, a conversar con la gente de Ekaré (sí,
existe Ekaré de España), a estar un rato sentado en la
playa a verificar una escena que ya se nos hace cotidiana:
un padre ocupándose de sus hijos.
La serenidad de Barcelona es la de una bella dama que se
refocila con Europa en las aguas del Mediterráneo, segura
de lo que hace. La política catalana no es un buen
ejemplo, lo es la ciudad misma clavadas sus uñas en la
difusa posmodernidad. Ya hemos saludado a Gaudí, el
emblemático. A un restaurante a comer algo en esta
medianoche. Un camarero ecuatoriano reconoce nuestro
acento venezolano y jocoso nos grita “Viva Chávez, rojo
rojito”. No hay duda: el viaje ha terminado.
tlopezmelendez@cantv.net