Este
país cansa. Este país harta. Por si no bastara la
verborrea oficial –desatada, impúdica, contradictoria,
mediocre- , henos aquí con el lenguaje de los opinadores
–mediocre, contradictorio, impúdico, desatado- que azota a
los pobres lectores con un mar de galimatías, de floridos
esfuerzos iniciáticos, de intentos “artísticos” por
hacerse con la frase interesante, con el planteamiento que
nadie ha hecho, con una originalidad que no logran por la
muy sencilla razón de que toda la complejidad del problema
venezolano actual es extremadamente simple.
Frases revolcadas y eméritas nos hacen saber que la O es
redonda pero puede ser cuadrada. Afirmaciones tajantes nos
hablan sobre la “aprobación que el CNE dará a la reforma
constitucional”. Insólitas volteretas nos dicen que con la
“Operación Desierto Electoral” el gobierno caerá. El
aspirante a líder nos llama a la insurrección y la
insurrección –uno imagina- consistirá en ponerse a dieta.
No se les entiende, no se les puede leer sin un esfuerzo
de represión de movimientos incontrolados de los
intestinos. Las lenguas andan sueltas en onomatopeya con
un bandada de loros, hacen un ruido infernal que nada
significa a no ser confusión, enredo, desviación del tema
central, todo en medio de un inmenso pasticcio donde se
mezclan los sesudos constitucionalistas, los conspiradores
de botiquín, los innovadores de la opinión que consiguen
la quinta pata del gato después de denodados esfuerzos.
Este país es un desastre, para decirlo con más precisión,
este país es un bochinche. Se juega con el criterio de la
gente, se procura –seguramente de manera inconsciente,
pero igualmente dañina- ganar la atención a punta de zumo
de cerebro, cuando la escasez es tan manifiesta como la de
las naranjas, los huevos o la leche. Parecemos una jaula
de pericos en competencia por lograr el decibel más alto y
alzarse con un liderazgo fantasmal. Estos personajes que
lanzan peripatéticos “conceptos”, amenazas galopantes de
revueltas inventadas, me recuerdan el viejo adagio
“arrancada de caballo andaluz y parada de burro manchego”.
El oficio de opinar sobre una situación específica se
ejerce desde el respeto. Se dice la propia opinión y se
explaya el criterio propio partiendo de la base de que el
lector es autónomo y que uno apenas contribuye a
suministrarle elementos para que se haga su propia idea.
Cuando se lanzan cohetes paranoicos, luces de bengala
mañosas, tesis descabelladas, se induce a la confusión, al
desacierto, a la destrucción de la opinión pública
naciente sobre el asunto específico que está sobre el
tapete.
La semana que acaba de terminar ha sido particularmente
gris. Desde el gran sancocho que han armado sobre el nuevo
pensum escolar hasta las declaraciones induciendo a violar
la reforma aún no aprobada con eso de que “trabajen ocho
horas diarias y cuatro el viernes”. Desde la “caída del
gobierno con la `Operación Desierto Electoral” hasta las
insurrecciones que sólo existen en la imaginación de los
desbocados, pasando por la catarata de impropiedades
creadoras de confusión. Esta semana se ha avanzado poco en
la única tarea real que tenemos por delante, la de la
acción pedagógica, pues resulta absolutamente inadmisible
que un altísimo porcentaje de la población aún diga que
desconoce los planteamientos de la reforma constitucional.
La semana que acaba de terminar ha sido particularmente
fastidiosa. Desde los abusos de las cadenas diarias hasta
el aumento de la perplejidad en buena parte de la
población. La semana que acaba de terminar es una muestra
patética de lo que he llamado tiempo “de cuando los
engranajes se trancaron”. El país anda alelado,
pusilánime, harto, exhausto. Aún así las encuestas hablan
con números precisos: la abstención se redujo a un 26 por
ciento, el No está un diez por ciento por sobre el Sí,
pero si los abstencionistas se mantienen en ese número la
reforma será aprobada.
No hay una acción coherente. Lo único que se les ha
ocurrido es esperar. Aún con el mayor ejercicio de
paciencia y alargando a límites prohibitivos la
comprensión y la tolerancia, hay opiniones que lo hacen a
uno hablar de galimatías, de pretensiones absurdas de
originalidad, de cansancio ante tanto desparpajo, de
irritación mayor ante el abuso y de la desenvoltura de la
discordancia. Esto es un horror. Este país tiene que
arrancar la página de este libreto malsano y exigir nuevas
voces y las nuevas voces tienen que hacerse oír, dejando
de lado el desgano y la abulia.
Tenemos una especie de invasión de los bárbaros. El país
debe sacudirse de esta modorra inducida por los
conspiradores de botiquín, por los opinadores
desquiciados, por los pésimos ejecutantes del oficio de
darle a la gente los elementos para que decida. Esto
parece la Torre de Babel, pero no por la multiplicidad de
idiomas, sino por la abundancia de disparates, de
desquicios, de locuras hábilmente tejidas para seguir
ganando el buen dinero que produce ser antichavista, uno
seguramente no tan bueno y grande como serlo, pero siempre
muy bueno y que se produce a diario engendrando desatinos.
Quizás como Ulises el país deba taparse los oídos con cera
para no escuchar el canto de las sirenas, aquí de los
tiburones que aprendieron a cantar. La maga Circe debe
andar escandalizada, sorprendida, y quizás prepare una
poción para que los escualos dejen de rondar, con ganas de
morder, a esta pobre república en balsa.
tlopezmelendez@cantv.net