Hay
que aprender a deletrear el alfabeto, a conocer cada letra
en todas sus posibilidades, a formar sílabas y de allí
pasar a las oraciones. Analfabeta no es sólo quien no sabe
leer y escribir, analfabeta es el incoherente. Hablo de
política, claro está.
La forma es tan importante como el contenido. En muchas
ocasiones la exploración de la forma se sobrepone a la
realidad aparente. Quien no maneja la forma entierra
pilares en lo inconsistente. Una de las formas
sustentables de la política es hacerla capaz de generar
realidad. Hay que notar que la agencia publicitaria que se
dedica a asesinar la política es porque está descontenta
con ella y quien está descontento con la política en
verdad está descontento con todo, incluyéndose a sí mismo.
Lo real no puede separarse de la forma. Cuando algo
resiste a la mirada de quien quiere transformar o
sustituir hay que aprender a superar la capacidad de
resistencia que opone y ello pasa por sembrar de manera
tal que las posibilidades se hagan muchas. Para ello se
requiere creatividad, porque cuando se riegan formas
creativas se multiplican las opciones y las alternativas.
La creatividad no puede calificarse como una excelente
forma de defensa, porque la creatividad se convierte en un
cuchillo que corta el analfabetismo, lo paraliza y le
quita la iniciativa.
Lo que vivimos en Venezuela se asemeja cada día más a una
manifestación de fidelidad a la miseria. Esta realidad
tiene variantes psico-sociales y políticas. Este régimen
se encontró un país naturalmente propenso a ser
hipnotizado, es más, se encontró con un país que quería
ser hipnotizado. La protección que sobre él habían
ejercido los gobiernos democráticos se había
resquebrajado, diluido y evaporado. El gran padre es, en
la historia universal, el que restituye, el que venga, el
que tiende su manto asistencialista mediante el cambio de
nombre de todo y con la cobija verbal arropa y da calor.
Toda la escenografía converge a la creación del ambiente
de ilusión, siendo el teatro “Teresa Carreño” el ejemplo
más claro y preciso: ese espacio ha sido convertido en la
gran sala de ópera de la revolución. Lo que quiero decir
es que, ante la incapacidad de construir sus propios
escenarios, el proceso-cambia-nombres se apodera del
espacio de lo anterior porque ese espacio ya forma parte
de la imago colectiva y con banderas y el uso monótono de
un color transfiere a la masa la sensación episódica de
una aventura revolucionaria de la cual bien vale la pena
formar parte. Los códigos son simples, primitivos
diríamos, dado que se recurre más que al uso de las viejas
maneras de los fascismos del siglo XX a un ejercicio
propio de lo tribal, en el sentido de hacer entender a la
gente que hay un nuevo manto protector que para ser
adquirido sólo requiere pertenencia, llámese militancia.
La mejor prueba de este aserto es la constante afirmación
de que ser rico es malo: con esta afirmación lo que se
quiere es retrotraer a la población venezolana a unos
supuestos fundamentos del ser humano, a un supuesto estado
de carencia de las originarias construcciones humanas.
Esto es, estamos ante planteamientos que nos remiten a
trasnochos que ya ni siquiera pertenecen al siglo XIX sino
que van más atrás, a los orígenes mismos de la
investigación sociológica cuando comienza a analizar la
agrupación de los hombres en sociedad. Se quiere organizar
este país sobre la base de una solidaridad primitiva y
para ello se le advierte a los objetivos del experimento
que allí en el horizonte hay una preñez de peligros que
sólo el gran organizador puede conjurar con “camisas
rojas”, con discursos que mantienen a raya a los monstruos
que se asoman. Este país se convierte, entonces, en una
tribu apretujada de gente asustada-emocionada-ilusionada
que cree haber encontrado la protección requerida.
Para combatir este brote de sociología primaria se debe
aprender a deletrear el alfabeto. Hay que comenzar por
explorar los caminos de la posibilidad frente a los
caminos de la realidad. Si quienes resisten no tienen el
planteamiento adecuado es porque el estado mismo del país
genera su discurso. Así, quienes resisten, no pueden tener
la seguridad de convertirse en la nueva opinión dominante
sustitutiva de la protección otorgada por el piache que
administra alimentación, seguridad en la esperanza,
(aunque no en la práctica cotidiana), convencimiento de
que los monstruos viejos no volverán ni nuevos monstruos
procederán a liquidar la ilusión. Terminamos conviviendo
con el régimen co-hipócritamente y co-histéricamente.
El discurso, la forma, va pues a contracorriente del
medio, la realidad. Hemos regresado tanto que uno nota el
brote de los viejos conceptos para oponérselo al rebrote
de lo antiguo disfrazado con adjetivos supuestos de este
siglo. Si aquél habla de una especie de refundación de un
ismo, desde el otro lado se recurre a viejos preceptos del
siglo XIX como si la teoría social no hubiese
evolucionado, es más, como si no estuviera en la
obligación de evolucionar. Si en este análisis, que no
sabe deletrear el alfabeto, esto es izquierda, pues lo
lógico de oponerle es derecha. Si este dice que la
propiedad es mala el discurso de quienes resisten
responden reotorgándole valor absoluto al mercado.
La paradoja de este planteamiento de regreso a lo cuasi-tribal
está, en primer lugar, en que arrastra a su oponente a la
misma atmósfera mental y, en segundo lugar, lo que
constituye lo más grande del ángulo paradójico, es que
hace imposible el regreso al pasado que se pregona desde
ambas partes. He allí el encierro en un alfabeto con cuyos
elementos no se sabe construir frases y conceptos: no hay
códigos sustitutivos, nadie sabe lo que es el mañana,
nadie tiene el manejo de lo que política se llama “los
tiempos”, nadie logra articular frases, la forma, para
hacerle entender a un país cohabitante con un espasmo de
retorno temporal y espacial, que la palabra futuro aún se
conserva en el diccionario y en el campo de las
posibilidades. Si nadie sabe deletrear esta palabra, el
pueblo está y estará con la nueva ópera que se canta desde
el escenario robado del “Teresa Carreño” y desde el patio
de la Academia Militar. Hay que aprender a deletrear el
alfabeto.
tlopezmelendez@cantv.net