La
celebración de un desfile militar para conmemorar un
intento de golpe de Estado es ya, en sí, una afrenta.
Reservistas gritando “Patria, socialismo o muerte” y la
colocación en las puertas de los cuarteles de letreros con
esa consigna, tal como lo demuestra la fotografía
publicada por un diario nacional, nos hace ver que la
Fuerza Armada Nacional es tratada no como tal, sino
constreñida a ser el ejército de una facción en el poder,
o tal vez deberíamos decir de una “falange” en el poder, o
quizás deberíamos decir de un “fascio” en el poder. La
colocación, por vez primera desde Pérez Jiménez, de la
banda tricolor presidencial sobre un uniforme militar
elimina toda duda sobre esta realidad.
Leo Hitler, del historiador inglés Ian Kershaw y veo venir
la celebración de la Copa “América”. El paralelismo de
cómo el nacionalsocialismo del siglo XX utilizó las
Olimpíadas de 1936 para mostrar la “frescura” de Alemania,
la “felicidad” de Alemania, la “grandeza” de Alemania y
“los deseos de paz de Alemania”, me hace advertir que la
fiesta futbolística que se celebrará en Venezuela será
utilizada para mostrar “los avances del socialismo”, la
“felicidad de los venezolanos” y el “amor por el
comandante de la revolución”. Veremos pendones en todos
los estadios. Aquí habrá gente de todo el mundo, tal como
en las Olimpíadas del 36, en medio de grandes fastos, de
opulentas celebraciones, de grandiosos agasajos.
¿Desfile militar para celebrar un golpe fallido? Hitler lo
hacía cada año para “gloria” del fracasado de 1923. Leo en
el libro de Kershaw como, desesperados, los militares
alemanes se miraban los unos a los otros y argumentaban
“el pueblo está con Hitler”, para volver a la parálisis
total y a la resignación, aún a sabiendas de que el camino
que seguían conducía a la destrucción de Alemania. Este
libro del historiador inglés es el mejor ensayo que he
leído sobre la locura colectiva, de cómo se dejaron pasar
“pequeñas violaciones” en aras de la reconstrucción de la
grandeza alemana, de cómo se recurrió a la “vista gorda”
ante los “éxitos” de Hitler, perdonándole así sus
desvaríos. Leo aquí como la oposición al régimen fue
aplastada hasta convertirla en nada, proceso que comenzó
con la Ley Habilitante que Hitler hizo aprobarse en 1933
con el nombre de “Ley para la protección del Pueblo y el
Estado”, bajo el argumento de que era necesaria la rapidez
para avanzar con la revolución nacionalsocialista.
Estas más de 2.500 páginas del Hitler de Ian Kershaw,
originalmente publicado en inglés en el 2000 y en español
en el 2002, demuestran como 60 años después de la tragedia
alemana aún faltaba mucho por decir. Especial interés
revisten las contradicciones internas del régimen nazi,
las pugnas por la obtención de cuotas de poder, las
oportunidades desperdiciadas por los hitlerianos para
desembarazarse de Hitler. Cuando un régimen acumula tanto
poder y se centra en la figura de un caudillo, toca a las
propias fuerzas internas tomar decisiones. Lo que hay que
recordar es que esas fuerzas internas existen.
La declaración abierta la dio el general Müller Rojas: la
reserva existe para evitar un golpe de Estado. A la luz de
esta afirmación se concluye que el desfile del 4 de
febrero fue uno de advertencia a la Fuerza Armada
Nacional, uno contra la Fuerza Armada Nacional, uno de
temor frente a la Fuerza Armada Nacional, uno de intento
de imposición a la Fuerza Armada Nacional de obediencia
ciega bajo la amenaza de un ejército paralelo.
Con la lectura de Kershaw uno se da cuenta que el poder
totalitario no es una roca indestructible como
aparentemente luce. Las conspiraciones estaban al orden
del día y, una de las cosas más interesantes, a pesar de
la SS Hitler no se enteró, ni siquiera que el propio Jefe
del Estado Mayor, el fiel seguidor, era el líder de una de
ellas. Las implosiones vienen de la estructura misma del
poder totalitario, implosiones siempre vivas y al borde de
encenderse. Los éxitos sin disparar (Austria, los Sudetes)
mantuvieron al Führer en el prestigio. Después los
militares alemanes tuvieron que pelear y las docenas de
conspiraciones para derrocar a Hitler se fueron disipando.
Militar en guerra no conspira, a menos que la guerra
conduzca al suicidio.
Las contradicciones, los apetitos desatados, los deseos de
poner término a la situación indeseable, no son visibles
en el poder totalitario. Este parece, hacia fuera, una
roca inconmovible, pero adentro es una jaula donde las
pasiones siempre están al rojo vivo. Es, al menos, lo que
uno concluye leyendo Hitler de Ian Kershaw.
tlopezmelendez@cantv.net