Parafraseo
al poeta prerromántico Gustavo Adolfo Bécker: “No volverán
las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar”.
Un escritor chileno publica en su país un artículo para
lanzar sobre mí una “gravísima” acusación: “tercerista”,
me llama. Según él, quien no esté defendiendo a la
revolución de esta oleada de estudiantes es cómplice
antirrevolucionario. Por otra parte, quién no esté con el
gobierno deberá pertenecer a la resistencia oligárquica e
imperialista. No concibe el colega escritor que algunos
venezolanos nos propongamos otra cosa, una democracia del
siglo XXI.
Si no recuerdo mal, desde mi condición de abogado en
retiro, “tercerismo” es un término esencialmente jurídico.
Se refiere a quien tiene “una pretensión propia e
independiente”. Es, pues, lo acepto, perfectamente
trasladable al campo político, uno eminentemente jurídico
y, en efecto, es lo que estamos haciendo cada día más
venezolanos: tener una pretensión independiente, una
ajustada a los tiempos, una a la que no renunciaremos
jamás: decir que no aceptamos otra cosa que democracia,
que la democracia no es un cuerpo muerto sobre el cual ya
no se puede innovar, que tenemos ideas y conceptos para
nutrir a la democracia de la energía para seguir su camino
deslastrada de los vicios que dieron lugar a su caída en
Venezuela.
Un dirigente político amigo que ha ocupado altísimos
cargos en la vida nacional un día me increpó: “Ustedes los
intelectuales no sirven para políticos porque no les gusta
repetirse”. En verdad no nos gusta hacerlo en nuestras
novelas o en nuestros poemas, pero sabemos, cuando estamos
en la acción cívica, que la labor pedagógica pasa por
repetir. Además, soy un político, por la sencilla razón de
interesarme por la vida pública, de opinar sobre lo que
pasa, por ejercer mis derechos ciudadanos, por protestar
contra los abusos del poder y por intentar desarrollar un
cuerpo conceptual que he definido como una democracia del
siglo XXI. Todos deberíamos ser políticos, es decir,
ciudadanos.
Es necesario concretar una oferta. He dicho que lo que
sucede en el mundo apunta hacia el centro. Desde el centro
se abre el abanico hacia la izquierda y hacia la derecha.
Yo, en lo particular, creo que soy un hombre de
centroizquierda, pues en la teoría política que intento
desarrollar, tengo una honda preocupación social. Esto no
quiere decir que entre quienes parten del centro hacia la
derecha no la haya, sólo que creo que se aferran en
demasía a conceptos establecidos en lugar de innovar. En
cualquier caso, he dicho que una centroizquierda buena y
una centroderecha buena juntas pueden colaborar
activamente a eliminar una serie de contradicciones falsas
que es necesario exceptuar para hacer posible un mundo
mejor. Por otra parte he aseverado, y creo que la realidad
lo confirma, que en este mundo de hoy los cuerpos
doctrinarios cerrados sobre sí mismos carecen de validez,
de sostén y de futuro. Quizás es lo que se ha dado en
denominar “la muerte de las ideologías”, lo que no excluye
para nada que se tenga un cuerpo de pensamiento sólido y
organizado. En este sentido soy un pragmático y un
convencido de que la construcción de una democracia del
siglo XXI debe ser lo más antidogmática posible, pues creo
que esa democracia sólo es factible si parte del principio
esencial: la democracia se construye a su propio paso,
mediante el ejercicio continuo de la imaginación y de la
inteligencia, de la tormenta de ideas a las cuales no se
puede oponer resistencia indebida.
En estos muchachos que andan por las calles han abundado
los elementos que acabo de enunciar. En consecuencia, este
escritor que pretende dar nuevos elementos al Derecho y
que habla de las formas económicas que pueden
desarrollarse independientes dentro del capitalismo
abriendo las puertas a la inserción social y a la
justicia, tiene que ver en ellos una manifestación clara y
concisa de una democracia del siglo XXI. Es obvio, claro y
rampante, que estos muchachos no se identifican con el
pasado venezolano, a no ser en la idea de democracia y de
libertad. En su estupendo mensaje ante la Asamblea
Nacional secuestrada han dejado claro que no son ni
socialistas ni neoliberales. Lo que son, en verdad, es la
avanzada de esta democracia de quienes tenemos una
pretensión propia e independiente.
Hay muchas victorias que pueden enumerarse: el despojarse
de las camisas rojas ante los diputados oficialistas es un
gesto simbólico de altísima importancia, tan grande como
la del joven chino deteniendo una columna de tanques. Los
discursos de la presidenta de la Asamblea Nacional y del
señor Chávez –en cadena nacional de muchas horas- no
indican otra cosa que un pavoroso temor ante una
manifestación ya victoriosa: el país emergente no acepta
un pensamiento único, el país emergente no acepta una
dictadura, el país emergente es libre e impedirá que
avance este proceso de conculcación. Pero es mucho más
grave el mensaje, ante los discursos estereotipados de los
jerarcas del régimen y de los jóvenes adoctrinados que
repiten la cartilla: somos distintos, tenemos pensamiento
propio, somos la encarnación de la posibilidad de
construir de manera diferente, creemos en la democracia y
ni siquiera quienes la enlodaron nos han hecho cambiar de
opinión, somos la manifestación tangible de una democracia
aireada, no pueden acusarnos de los vicios en que
incurrieron nuestros antecesores, somos la manifestación
clara y contundente de una democracia emergente. Lo que
dice este humilde escritor: estos muchachos son la
expresión de la democracia del siglo XXI.
Es así, como el régimen se ve atolondrado y repetitivo,
acorralado y debilitado. Es así, como quienes no creemos
en que las sociedades paran viejos sino niños, le hacemos
saber a la democracia venezolana que “no volverán las
oscuras golondrinas”.
tlopezmelendez@cantv.net