Los
50 años del tratado de Roma, creador de la Comunidad
Europea, me atrapan temprano en mi desayuno madrileño. Los
símbolos de Franco y la Falange han vuelto a aparecer en
la capital de España, lo que provoca natural irritación en
algunos intelectuales amigos de izquierda. Quizás ello
explique el furor que mantienen con la derecha y que
tiendan a darle la razón al dueño de “El País”. Sin
embargo, me centro en la cumbre de Berlín y en la foto de
los 27 reunidos simbólicamente en la Puerta de
Brandemburgo. Hay que superar el No de Francia y Holanda a
la Constitución Europea y es precisamente una líder
alemán, la canciller Angela Merkel a quien toca presionar
en tal sentido. Tiempos de esta Europa del siglo XXI.
Polonia y República Checa lloran un poco, pero la señora
Merkel se muestra implacable; en junio se renegocia y
quiere un nuevo texto antes de las elecciones europeas del
2009. Benedicto XVI sigue reclamando una mención cristiana
y la canciller se muestra personalmente favorable, pero
advierte que eso no se incluirá pues se mantiene la
separación entre el círculo político y el círculo
religioso.
Javier Solana se muestra exuberante; hay problemas, pero
voluntad de resolverlos. Mientras tanto cada quien cumple
con su función y el marido de la Merkel, Joachim Sauer,
hace el suyo guiando a las esposas de los líderes europeos
en una gira por la hermosísima Berlín. Buena parte del
avance europeo depende ahora del resultado de las
presidenciales francesas. “Nada está garantizado -
advierte en tono admonitorio la lidereza alemana - pararse
es retroceder, el mundo no espera a Europa”.
Almuerzo en la calle de Atocha. La camarera habla en
perfecto y castizo madrileño, pero hay algo en sus rasgos
que me hace preguntarle de donde es. “Rumana”, me
responde. Mientras llega el café veo que Vladimir Putin
escribe un largo artículo en el “Frankfurter Allgemeine”
donde proclama la identidad de Rusia con la Unión Europea.
“Rusia es una parte irrenunciable de la civilización
europea”, asegura el líder ruso. De manera que Putin se ha
autoinvitado a la cumbre de Berlín.
Jean Monnet, De Gasperi, Konrad Adenauer y Robert Schuman,
los padres de Europa, me vienen a la mente mientras inicio
otra larga caminata en procura de digerir el almuerzo y la
larga historia que me cuenta Bianca, la camarera rumana.
El caso de Schuman es simbólico al máximo; nacido en
Lorena, una región que conoció diversas nacionalidades,
alemanes después de 1870; franceses después de 1918;
alemanes después de 1940; franceses después de 1945. Ese
extraordinario personaje que fue Robert Schuman lo tenía
todo para entender su misión. Mientras miro de nuevo la
foto de Berlín y a la Merkel halándoles las orejas a los
europeos me pregunto como va la campaña presidencial
francesa. Europa es la entente franco-alemana. Un camarero
boliviano me atiende en un café mientras me dirijo al
“Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía”, que es el
nombre largo y completo del museo que lleva el nombre de
la reina. España pidió en la capital alemana se
incorporara el tema de la inmigración ilegal y así se
hizo, pero en letras que satisfacen: “Y lo haremos
defendiendo las libertades y los derechos ciudadanos
incluso en el combate contra sus enemigos. Nunca más debe
dejarse abierta una puerta abierta al racismo y a la
xenofobia”. Pido otro carísimo café para observar el
comportamiento de los parroquianos con el mesonero, ahora
veo que bolivianos son todos los camareros del sitio, y
encuentro un trato respetuoso, más aún, los habitués los
saludan por sus nombres de pila. No hay racismo, ni
xenofobia, como piden los líderes europeos.
500 millones de habitantes en 27 países, eso es la Unión
Europea. Decir Europa es decir de dos mil años de
conflictos y de derramamientos de sangre, pero también de
las bases de esto que llamamos civilización occidental,
del esplendor del arte y de las letras. La explicación de
esta Europa de hoy la encuentro en Jeremy Rifkin, autor de
El sueño europeo: Como la visión europea del futuro está
eclipsando el sueño americano. Rifkin llama a Europa “el
primer espacio político transnacional del mundo” y explica
como salió de la Segunda Guerra Mundial decidida a empezar
un nuevo capítulo en las relaciones entre los seres
humanos y como lo ha conseguido. Rifkin es norteamericano,
pero ha vivido buena parte de su vida en Europa. La
diferencia la señala así: el Sueño Americano plantea
oportunidades individuales, que debemos lograr nuestros
propósitos en el mercado; los europeos sueñan con algo más
colectivo, tener una buena calidad de vida. Deja cuatro
mensajes: los europeos deben dar el ejemplo transformando
las relaciones internacionales y abandonando la lucha
geopolítica tradicional impuesta por la Paz de Westfalia
de 1648; tienen que demostrar que los seres humanos pueden
vivir juntos en este planeta; los países europeos deben
asegurarse que las virtudes de cada uno complementen los
puntos débiles del otro; por último, deben tener un papel
más importante en el escenario mundial y convertir su
modelo de paz y cooperación en ejemplo para el mundo.
El “Reina Sofía” está lleno, como todos los museos, de
niños en edad escolar a quienes sus maestros explican
pacientemente el significado de los cuadros. Es obvio que
las visitas escolares son obligatorias. Los arquitectos
han hecho un bellísimo trabajo, los ascensores exteriores
han sido colocados sobre la vieja estructura con maestría
sin par. Por momentos me parece estar en París saliendo
del Museo Pompidou, una plaza igual, rodeada de viejos
edificios, cafés muy similares, y el descubrimiento de la
tarde, la muestra individual de Darío Villalba.
Cuando uno se encuentra por vez primera con un artista que
lo conmueve quiere devorarlo, saberlo todo, meterse en su
técnica, averiguarle la vida. No comprendo cómo trabaja,
esto está hecho con emulsión fotográfica y lienzo. Iré
sobre este increíble artista, mientras tanto me siento en
las escaleras exteriores del museo, paso horas muertas
viendo a unos técnicos y a unas modelos afanándose en una
grabación que bien puede ser la de un comercial y veo la
desesperación de una maestra con un precioso niño
incontrolable. Lo llamo por su nombre y le ordeno que se
siente donde la maestra le ha señalado. El niño obedece,
pícaro y con sonrisa a flor de labios. La maestra me lo
agradece con una mirada de alivio.
tlopezmelendez@cantv.net