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La declaración de Berlín
por Teódulo López Meléndez  
miércoles, 11 abril 2007


Los 50 años del tratado de Roma, creador de la Comunidad Europea, me atrapan temprano en mi desayuno madrileño. Los símbolos de Franco y la Falange han vuelto a aparecer en la capital de España, lo que provoca natural irritación en algunos intelectuales amigos de izquierda. Quizás ello explique el furor que mantienen con la derecha y que tiendan a darle la razón al dueño de “El País”. Sin embargo, me centro en la cumbre de Berlín y en la foto de los 27 reunidos simbólicamente en la Puerta de Brandemburgo. Hay que superar el No de Francia y Holanda a la Constitución Europea y es precisamente una líder alemán, la canciller Angela Merkel a quien toca presionar en tal sentido. Tiempos de esta Europa del siglo XXI. Polonia y República Checa lloran un poco, pero la señora Merkel se muestra implacable; en junio se renegocia y quiere un nuevo texto antes de las elecciones europeas del 2009. Benedicto XVI sigue reclamando una mención cristiana y la canciller se muestra personalmente favorable, pero advierte que eso no se incluirá pues se mantiene la separación entre el círculo político y el círculo religioso.

Javier Solana se muestra exuberante; hay problemas, pero voluntad de resolverlos. Mientras tanto cada quien cumple con su función y el marido de la Merkel, Joachim Sauer, hace el suyo guiando a las esposas de los líderes europeos en una gira por la hermosísima Berlín. Buena parte del avance europeo depende ahora del resultado de las presidenciales francesas. “Nada está garantizado - advierte en tono admonitorio la lidereza alemana - pararse es retroceder, el mundo no espera a Europa”.

Almuerzo en la calle de Atocha. La camarera habla en perfecto y castizo madrileño, pero hay algo en sus rasgos que me hace preguntarle de donde es. “Rumana”, me responde. Mientras llega el café veo que Vladimir Putin escribe un largo artículo en el “Frankfurter Allgemeine” donde proclama la identidad de Rusia con la Unión Europea. “Rusia es una parte irrenunciable de la civilización europea”, asegura el líder ruso. De manera que Putin se ha autoinvitado a la cumbre de Berlín.

Jean Monnet, De Gasperi, Konrad Adenauer y Robert Schuman, los padres de Europa, me vienen a la mente mientras inicio otra larga caminata en procura de digerir el almuerzo y la larga historia que me cuenta Bianca, la camarera rumana. El caso de Schuman es simbólico al máximo; nacido en Lorena, una región que conoció diversas nacionalidades, alemanes después de 1870; franceses después de 1918; alemanes después de 1940; franceses después de 1945. Ese extraordinario personaje que fue Robert Schuman lo tenía todo para entender su misión. Mientras miro de nuevo la foto de Berlín y a la Merkel halándoles las orejas a los europeos me pregunto como va la campaña presidencial francesa. Europa es la entente franco-alemana. Un camarero boliviano me atiende en un café mientras me dirijo al “Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía”, que es el nombre largo y completo del museo que lleva el nombre de la reina. España pidió en la capital alemana se incorporara el tema de la inmigración ilegal y así se hizo, pero en letras que satisfacen: “Y lo haremos defendiendo las libertades y los derechos ciudadanos incluso en el combate contra sus enemigos. Nunca más debe dejarse abierta una puerta abierta al racismo y a la xenofobia”. Pido otro carísimo café para observar el comportamiento de los parroquianos con el mesonero, ahora veo que bolivianos son todos los camareros del sitio, y encuentro un trato respetuoso, más aún, los habitués los saludan por sus nombres de pila. No hay racismo, ni xenofobia, como piden los líderes europeos.

500 millones de habitantes en 27 países, eso es la Unión Europea. Decir Europa es decir de dos mil años de conflictos y de derramamientos de sangre, pero también de las bases de esto que llamamos civilización occidental, del esplendor del arte y de las letras. La explicación de esta Europa de hoy la encuentro en Jeremy Rifkin, autor de El sueño europeo: Como la visión europea del futuro está eclipsando el sueño americano. Rifkin llama a Europa “el primer espacio político transnacional del mundo” y explica como salió de la Segunda Guerra Mundial decidida a empezar un nuevo capítulo en las relaciones entre los seres humanos y como lo ha conseguido. Rifkin es norteamericano, pero ha vivido buena parte de su vida en Europa. La diferencia la señala así: el Sueño Americano plantea oportunidades individuales, que debemos lograr nuestros propósitos en el mercado; los europeos sueñan con algo más colectivo, tener una buena calidad de vida. Deja cuatro mensajes: los europeos deben dar el ejemplo transformando las relaciones internacionales y abandonando la lucha geopolítica tradicional impuesta por la Paz de Westfalia de 1648; tienen que demostrar que los seres humanos pueden vivir juntos en este planeta; los países europeos deben asegurarse que las virtudes de cada uno complementen los puntos débiles del otro; por último, deben tener un papel más importante en el escenario mundial y convertir su modelo de paz y cooperación en ejemplo para el mundo.

El “Reina Sofía” está lleno, como todos los museos, de niños en edad escolar a quienes sus maestros explican pacientemente el significado de los cuadros. Es obvio que las visitas escolares son obligatorias. Los arquitectos han hecho un bellísimo trabajo, los ascensores exteriores han sido colocados sobre la vieja estructura con maestría sin par. Por momentos me parece estar en París saliendo del Museo Pompidou, una plaza igual, rodeada de viejos edificios, cafés muy similares, y el descubrimiento de la tarde, la muestra individual de Darío Villalba.

Cuando uno se encuentra por vez primera con un artista que lo conmueve quiere devorarlo, saberlo todo, meterse en su técnica, averiguarle la vida. No comprendo cómo trabaja, esto está hecho con emulsión fotográfica y lienzo. Iré sobre este increíble artista, mientras tanto me siento en las escaleras exteriores del museo, paso horas muertas viendo a unos técnicos y a unas modelos afanándose en una grabación que bien puede ser la de un comercial y veo la desesperación de una maestra con un precioso niño incontrolable. Lo llamo por su nombre y le ordeno que se siente donde la maestra le ha señalado. El niño obedece, pícaro y con sonrisa a flor de labios. La maestra me lo agradece con una mirada de alivio.

tlopezmelendez@cantv.net

 
 

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