“Ópera”
es una palabra italiana que significa obra. Ya llamaban
así los italianos a las obras que se presentaban en el
siglo XV. La historia es larga, con momentos puntuales,
como el que marcó Monteverdi en el siglo XVII, no sé si en
su Cremona natal. Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi,
nombres que hacen de esta “Ópera” algo italiano, sin
desconocer, claro está, la irrupción de Haydn y Mozart y
lo que podríamos llamar el wagnerismo, sin olvidar que fue
Francia el segundo país en popularizar el género.
El único lugar de Europa donde he escuchado Ópera ha sido
en Italia, no he tenido la suerte de ir a otros lugares
con ese propósito. Recuerdos fabulosos y otros tristes.
Una Ópera en verano en las Termas de Caracalla en el
corazón de Roma; un Donizetti en ese templo que es el
Teatro San Carlos de Nápoles, un Verdi perdido en el
Teatro de la Ópera de Roma por el simple detalle de no
conseguir donde estacionar el auto; una “Aída” con mi hijo
mayor para entonces de siete años por lo que todos me
condenaron por llevar pues opinaban que se quedaría
dormido cuando el resultado fue un niño con los ojos
abiertos al máximo y expectante durante todo el bel canto;
un retardo de avión que impidió un acceso a La Scala de
Milano, un inolvidable concierto de Carrera en la Festa
dell´Unitá del Partido Comunista, siendo este al único de
los tres grandes tenores que logré escuchar en persona.
Admiración por los tres grandes tenores que tuvieron el
tupé de llevar la Ópera a las grandes masas, en una
operación condenada por los puristas quienes pensaban que
sacarla de los grandes escenarios era una especie de
sacrilegio y alabada por quienes pensaron que ponerla al
alcance de todos era una maravilla. Creo haber visto en
televisión casi todos los conciertos que dieron. Plácido
Domingo y Carrera eran muy diferentes. Carrera parecía que
no llegaba, pero lo hacía. Aún así, me permitía hablar de
Pavarotti simplemente como Luciano. Durante un tiempo me
lo tomé tan en serio que Luciano era parte de la
cotidianeidad. Insistía en que quería oírlo en La Scala
cantando “Otelo”, hasta que un pacienzudo amigo explicó a
este ignorante que eso era imposible, que Pavarotti no
estaba hecho para ese papel, que me conformara con ver esa
terrible Ópera de celos y venganzas con Plácido Domingo y,
servicial y con buenos deseos, se puso a buscar fechas y
escenarios.
Es curioso que siendo yo el único larense absolutamente
“sordo” –como nos llaman allí a quienes no sabemos
distinguir una nota de otra- siempre me haya sentido a
gusto en la Ópera. Jamás debe admitirse –y todavía me
irrita cuando lo oigo- que la Ópera es una pieza de museo.
Cómo puede serlo una pieza musical que revive conforme al
director, que toma nuevos ímpetus con la escenografía, que
vuelve a nacer por la voz de un tenor, de un barítono, de
una mezzosoprano. Si bien soy absolutamente “sordo” si
oigo un aria cantada por María Callas sé de quien se
trata; su voz era única, inconfundible. Al igual que la
del gran Luciano.
Como tuve la suerte de vivir en Nápoles –y de hacerme
fanático de las canciones napolitanas- cuando Luciano las
cantaba me parecía que estaba rugiendo el Vesubio. Jamás
escuché una versión de O Sole Mio como la de Pavarotti. En
la época de Caruso también habían tres gran tenores, pero
en mi desmemoria no puedo recordar los nombres de los
otros dos. A pesar de la escasa técnica de sonido de la
época de Caruso uno puede admirarlo, inclusive en algunas
filmaciones. Era simplemente un monstruo. Era histriónico,
porque un cantante de Ópera es también un actor. Pavarotti
lo era menos. Las comparaciones van a venir, siempre
odiosas, y comenzarán los críticos a preguntarse sobre la
grandeza de tantos y tantos espectaculares tenores. Creo
que es tan inútil como comparar los grandes de la
literatura en procura de estatura y trascendencia.
Al que escuchamos, al que vimos, al que vivimos, fue a
este grande hombre llamado Luciano Pavarotti, uno que
marcó el tiempo de la indispensable música, uno que estuvo
en la Catedral de Modena, de frac y de pañuelo en la mano,
esperando el momento de ser enterrado para encontrar la
inmortalidad. Uno que recordaremos mientras vivamos, hasta
un necio escritor de esta provincia llamada Venezuela, uno
empeñado en imposibles como el de despertar de una
conciencia nacional guiada por una inteligencia rediviva,
uno que no distingue una nota musical de otra, uno que
sólo puede escuchar a los grandes maestros imaginando una
pareja que danza para sustituir visualmente su absoluta
incultura en la música. Aún así –con un libreto en la
mano, ya que aunque hayamos visto una Ópera varias veces
nunca nos recordamos la trama- hemos seguido, simplemente
moviendo los labios, la maravillosa voz de Andrea Bocelli
para cantarle Panis Angelicus a unos de los escasos
hombres que logró emocionarnos en estos tiempos oscuros.
tlopezmelendez@cantv.net