Hay
que iniciar una operación de salvamento de los principios.
Hay que rescatarlos de las fauces voraces que los han
prostituido. Los principios correctos deben ser
rápidamente reivindicados. Hay que organizar con toda
rapidez la operación de salvamento antes que la nave se
hunda y pretenda llevarse al fondo del océano los
planteamientos correctos, de tanto haberlos degenerado, de
tanto haberlos utilizado incorrectamente, de tanto
haberlos extrapolado hacia la locura. Los básicos de la
libertad y de la democracia, entendidos no como parabas
hechos de granito, sino como un proceso permanente de
vuelo hacia la justicia y la equidad.
Hay que revalorizar los principios de una economía social
inclusiva, con diversas formas de propiedad conviviendo
pacíficamente. Hay que sacar a flote al Derecho, entendido
como una construcción jurídica que procura una
conformación social para la equidad. Hay que poner sobre
el salvavidas la concepción de ciudadano que interviene y
participa y recurre a toda forma de organización para
hacer sentir su voz.
Tenemos que utilizar agua y jabón para devolver su
transparencia prístina a todo lo verdadero que ha sido
enlodado con el menjurje de la equivocación, del pasticcio
ideológico mal asimilado, de la arrogancia unipersonal
elevada a calidad de dogma.
Hay que salvar la idea del cooperativismo, principio y
norma universal, ahora señalado como generador de empresas
que tienen aspiraciones capitalistas de obtener ganancias
y que, por ende, deben entrar en proceso regresivo. Hay
que reivindicar al cooperativismo, como forma de
asociación de ciudadanos en procura de objetivos comunes
de producción y de consumo. Hay que decirles a los
cooperativistas que el propósito de ahogarlos no responde
sino a una confusión mental del permanente confundido
mental y que la democracia del siglo XXI los rescatará
conforme a las normas correctas, que los apoyará y los
estimulará sin establecerle esos límites odiosos de cero
obtención de ganancias.
Hay que advertirle rápidamente a aquellos a quienes han
llamado demagógica y genéricamente “pueblo” que serán
elevados a una mejor condición, a la de poder ciudadano
que vigila, controla y castiga o premia las acciones de
sus gobernantes. Hay que aclararles que podrán participar
sin ponerse camisas de algún color determinado, hay que
suministrarles la explicación razonada de que los
demagogos que gritan “pueblo” no saben nada de la creación
de una República de Ciudadanos, que ser ciudadanos implica
un cúmulo de responsabilidades y decisiones compartidas.
Es la hora de aclarar meridianamente que aquí no hay
vuelta atrás, que aquí se construirá una televisión
pública sobre las bases del respeto, del equilibrio y del
sentido de Estado. Es menester llamar a la república a que
infle los salvavidas para que algunas cosas que se han
dicho bajo el manto de la arrogancia y del ataque contra
la libertad vuelvan a ser colocadas en su justa dimensión.
Hay que reformular la división político-territorial sobre
la base de una concepción sustentable de desarrollo. Hay
que buscar papel lija para quitarle a los conceptos toda
la herrumbre decimonónica. Hay que devolver el respeto a
la majestad presidencial, cambiar los discursos por obra
tangible. Hay que devolver a Bolívar a donde siempre
estuvo, en el corazón de los venezolanos, quitándole la
esquizofrenia y la utilización indebida. Hay que aprender
a leer la realidad histórica y darnos cuenta que tuvimos
hombres de carne y hueso que al lado de gestas heroicas
cometieron errores, como es el caso de Páez.
Hay que educar para la amplitud, para la comprensión de lo
que fuimos, somos y seremos. Hay que llamar a todos los
equipos de rescate. La limpieza general de mutilaciones,
equívocos, extrapolaciones, minestrones ideológicos y
corrupción de ideas apropiadas, deberá ser tarea de todos.
Hay que aprestar los útiles de limpieza, devolver el
brillo a las ideas, deslastrarlas de este óxido maligno
que levanta estatuas de cien metros, que compra sistemas
de misiles antiaéreos, que se lanza a adquirir la
producción de coca, que sueña con aviones no tripulados.
Galimatías como “la dictadura de la democracia verdadera”
deben ser echadas al barril de los elementos tóxicos para
ser sustituidas por pensamiento transparente conductor
hacia una democracia de ciudadanos en pleno ejercicio de
sus derechos. Los anuncios de supuesta oposición hecha por
algún trasvertido de carnaval deben ser olvidados, deben
ser recordados como muertos del 3 de diciembre, pues otra
cosa nunca fueron. Ya basta del espectáculo lastimoso que
algunos cadáveres dan procurando sobrevivir más allá de la
muerte.
De allí la confusión, de allí el desasosiego, de toda esta
amalgama de delirios oficiales y de opositores
disfrazados, de allí sólo puede brotar la desesperanza.
Este país parece un burdel; haría falta un Toulouse-Lautrec
para que pinte los rostros pintarrajeados, para que
refleje la decadencia, para que deje testimonio de esta
hora menguada. Hay que comprar toneles de cloro, coletos,
esponjas de metal y espátulas, para desinfectar, para
raspar, para desintoxicar el piso de esta república. O se
produce una reacción colectiva frente a los desatinos y
frente a las impudicias o nos iremos consumiendo bajo un
alzheimer colectivo. Hay que iniciar una operación de
salvamento, urgente, acelerada, de emergencia, antes que
esta mezcla fatídica de locura y bolsería nos convierta en
óxido insalvable en las profundidades de la corrosión y de
lo inaccesible.
tlopezmelendez@cantv.net