Una
encuesta demuestra que en un mes aumentó en un 11 por
ciento la intención de voto en el referéndum donde nos
jugaremos la vida como nación y que el rechazo a la
reelección tiene un diez por ciento de ventaja. Otra
indica que por vez primera Chávez llega a una elección sin
estar ganándola y que derrotarlo en la consulta sólo
requiere acción pedagógica y una dirección distinta de la
tradicional.
Frente a los números aún se alega que votar es una acción
cómoda. No, la acción cómoda es no salir a pelear
electoralmente lo que se tiene ganado. Sin embargo, lo que
los lectores me dicen vía correo electrónico es que no
puede haber esa dirección nueva que he pedido, y que
comienzan a señalar las encuestas, porque no existe la
reserva ética e intelectual a la que he apelado. Si no
existe pues tiremos los bártulos, abandonemos el juego,
corramos todos a abrazar la dictadura e introduzcámonos en
la paz de Juan Vicente Gómez, una, donde, por cierto,
existía esa reserva y la mitad de los más brillantes
intelectuales del país eran ministros, mientras la otra
mitad estaba en las cárceles o en el exilio. Hoy en día el
“intelectual” está refugiado en alguna lucrativa actividad
de la iniciativa privada, escurre el bulto en sus
artículos reseñando muestras pictóricas y actividades
urbanas y es alabado por los adláteres del régimen como un
hombre de “gran” pluma y exquisito proceder.
Insisto, no obstante, que la reserva civil existe. Lo que
pasa es que no tiene modo de expresarse, no es
“entrevistado predilecto”, no es “niño bonito” acariciado
por la alta capa social, no es heredero, no es el
prototipo que la bendita democracia creó con sus subsidios
y sus protecciones, no es ese “intelectual” blandengue
–alejado del pensamiento y refugiado en el aguardiente o
en la finura de procedimientos- que el período democrático
parió haciendo del escritor y del hombre de pensamiento un
pedidor de boletos aéreos o un burócrata exquisito, ad
nútum.
La reserva intelectual está regada por toda la república.
Mi experiencia de editor me señala gente extraordinaria
desde Ciudad Bolívar hasta Maracaibo. Gente profunda,
ensayistas de primera, estupendos hombres y mujeres al día
con el pensamiento. Sucede que entre ellos y la política
se creó una barrera insalvable, por ahora. La barrera la
crearon los mediocres, quienes los echaron de los partidos
porque su insignificancia no toleraba la luz; la creó el
país mismo con su desprecio por el pensamiento; la creo el
comportamiento de los “líderes partidistas” que se
dedicaron, día a día, a practicar este país como botín. No
pretendo crear una república contraria o a la imagen y
semejanza de la de Platón. Lo que exijo y requiero es que
esa vasta inteligencia se ponga al servicio de la
política. Este es el quid de la cuestión: lograr que la
vasta inteligencia nacional rompa la barrera y comprenda
que le corresponde el papel político de salvar nuestra
república. Si lográsemos ese paso clave ya no veríamos más
ministros como los de este gobierno.
“Hay mucha plata en la calle”, me dicen los lectores y yo
recuerdo que el factor final de la revolución francesa fue
el aumento del precio del pan. Volver a la política,
reconocerse en la política, decidirse a la política, mata
el dispendio y el ballet rosado del consumismo desesperado
en que la población se está refugiando. Admito que la
población inundada de bolívares –más no de Bolívar- es
incapaz de comprender los procesos económicos, de entender
el exceso de circulante con factor inflacionario,
comprender que ponerle la mano al Banco Central equivale a
dejar en unas manos regaladoras y dispendiosas el valor de
nuestra moneda, percibir que marchamos hacia un desastre
económico. Este juego de mitigar la inflación con más
circulante, de soñar que el petróleo nos permitirá la
fiesta continua e indefinida, admito encandila, hasta tal
punto que una de las verdaderas causas del lanzamiento de
la reforma constitucional en este momento es la aparición
del llamado bolívar fuerte, esto es, un juego macabro de
ilusión monetaria combinada con la ilusión de un poder
popular.
He admitido que diversos tipos de propiedad pueden y deben
convivir pacíficamente con la privada. He dicho que el
Poder Ciudadano debe ser asumido en el texto
constitucional. Sólo que en el proyecto de reforma la
propiedad privada es literalmente barrida y dejada a
merced de las trapisondas. El Poder Popular que se nos
pretende implantar no tiene nada que ver con la concepción
correcta de un país de ciudadanos, controlando y
participando activamente en la concreción de las políticas
públicas. Se trata, más bien, de un pastiche que va desde
la comuna de París hasta las emigraciones forzosas de
Camboya pasando por las concepciones maoístas de
revolución. Por ello se pretende que nuestra constitución
sea El libro rojo, para emular a Mao, cuando, en verdad,
lo único que logra imitar es El libro Gordo de Petete.
Entonces, ¿Dónde está la importancia política de exigir el
voto por separado de cada propuesta? Qué me digan cuales
serían las propuestas válidas que estos provisionales
dirigentes de provisionales partidos asumen como
“positivas” y factibles de votar afirmativamente. Esas
consideraciones no son más que distracciones, fábulas de
gente que no se atreve a tomar posición. La reforma viene
rechazada en bloque y punto.
Es hora de que suenen las campanas de la catedral de
Caracas llamando a cabildo. Es hora de que el pueblo se
reúna en torno a esos insurgentes integrantes de la Junta
Patriótica y le griten no a Emparan. Es hora de que le
impongan no al exceso de mando. Es hora de que todas las
campanas de todas las iglesias sigan el ejemplo que
Caracas dio o que suenen, mejor aún, las campanas de todas
las iglesias del interior, obligando a las campanas de la
catedral de Caracas a seguir su ejemplo, por la sencilla
razón de que es bastante probable que la salvación de la
república esté en la provincia, a medio despertar en las
ciudades y pueblos interioranos, en la inteligencia que
mira desde la provincia con calma momentánea como la
capital, una vez más, se hace escenario del Miss
Venezuela, para que el pueblo diga cual es la más bonita,
para que tome partido, para que apueste cual ganará, para
que calcule cual de ellas nos representará en la OEA ante
Insulza, para que el pueblo diga que debemos votar por
ellas por separado, para que el pueblo embriagado y con un
bolívar fuerte en la mano le diga Sí al Osmel Sousa que
tiene a esta vieja señora Venezuela convertida en una
bazofia llena de cirugías plásticas como la geopolítica
del poder, las intervenciones quirúrgicas en la geografía,
la jornada de seis horas como gran telón de fondo de este
teatro y, sobre todo que, como Osmel Sousa (director
eterno del concurso de belleza), dirija para siempre este
concurso de fealdad.
tlopezmelendez@cantv.net