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Entre
Churchill
y
Chamberlain
por Teódulo López Meléndez
martes, 27
junio 2006
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Quizás
no se pueda decir que el Primer Ministro Chamberlain era
un tipo sin buenas intenciones. Cuando toma el avión y
marcha a Berlín a reunirse con Hitler es un líder débil de
un país débil. Chamberlain está asustado cuando los
“pajaritos preñados” que llenaban su cabeza lo enviaban a
la negociación imposible. Cuando de regreso en el
aeropuerto de Londres bate, al pie de las escalerillas y
ante sus conciudadanos, el pedazo de papel que
supuestamente le garantiza la paz a Inglaterra, deja para
la historia una de las escenas más patéticas y
desconsoladoras de las que se tengan noticias. Chamberlain
había ilusionado a sus compatriotas con un imposible,
había negociado con quien no se podía negociar, había
pasado por encima de todas las expectativas razonables que
indicaban que, fracasados los halagos del nazismo a los
ingleses, tarde o temprano se dirigiría a declararles la
guerra. Él es Chamberlain, el que no le habló claro a su
pueblo, el que le cargó la cabeza con falsos presupuestos.
Tendría que venir Churchill, en una clara expresión de que
la vieja Albión era capaz de generar un líder que la
condujese cuando el agua le llegaba al cuello. Churchill,
como todo líder verdadero habló claro y se lo dijo a los
ingleses meridianamente, como hace todo líder cuando debe
dar un mensaje a su pueblo. Churchill dijo a sus
compatriotas que sólo podían esperar “sangre sudor y
lágrimas”. Él es Churchill, el que habló claro, el que no
le cargó la cabeza al pueblo inglés de falsos
presupuestos, el que preparó para lo inevitable.
El ejemplo de Inglaterra en el fondo parece sacado de una
tragedia shakesperiana y así como el gran poeta dejó
lúcidos estereotipos del drama, Inglaterra nos dejó éste
del siglo XX, un dilema hamletiano: “To be or no to be”.
Decir la verdad o engañar con falsas ilusiones. En todo
drama nacional parecen revivir Churchill y Chamberlain,
polos opuestos de una vieja malaventura. La dicha de
Inglaterra fue que Chamberlain fue sustituido por
Churchill. La dicha de Inglaterra consistió en tener un
líder equivocado sustituido por el líder apropiado para el
tenebroso momento.
El drama venezolano es entre Churchill y Chamberlain, sólo
que existen muchos Chamberlain y ningún Churchill. Los
Chamberlain criollos han estado engañando con falsas
ilusiones. Cuando los 14 aspirantes a presidente imitan
las cuñas de televisión de una tarjeta de crédito, dicen
frasecillas propias de la más profunda normalidad
democrática, se disfrazan de lobos feroces que tutean al
líder de la revolución, van a programas de televisión a
decir que “gobernarán con apego a la ley”, hablan de
“reconstruir la infraestructura”, presentan “programas de
gobierno económicos”, cuando dicen ser candidatos para
“proyectarse” hacia el futuro, están vistiendo los paños
de casimir de Arthur Neville Chamberlain. Igual los que
van a la TV a enumerar: “Es que controla la Fiscalía, la
Contraloría, las Fuerzas Armadas”. Son los llorones
apellidados Chamberlain. Los diagnosticadores son
Chamberlain, con sus apariciones inútiles en pantalla a
repetir lugares comunes y a aburrir quien tenga un gramo
de inteligencia. Chamberlain es el más grande vendedor de
paños ingleses vestidos por los “próceres” que nos
fastidian día a día.
Por el otro lado no existe Churchill. El que les diga a
los venezolanos que aquí lo que viene es candela pura,
truenos, relámpagos y lluvia ácida. El que sacuda al país
diciéndole que parece una nación rociada de burundanga,
pues ha perdido la voluntad y la intrepidez. El que hable
claro, que diga que en este país apenas se inicie el año
de 2007 van a ponerse en el firmamento nubarrones negros y
que, a medida que el año avance, el futuro se disipará,
que no hay futuro al cual proyectarse porque futuro no hay
y que la única manera de tener uno es embraguetándose y
que el primer paso para poner una pequeña piedra de ese
futuro es hablando claro, ofreciendo la única cosa que se
puede ofrecer: sacrificio, desventura, voluntad de
supervivencia.
Entre un país vacilante, mal informado, a ratos
desinformado intencionalmente, y un país consciente de lo
que se le viene encima, no existe la menor duda para la
escogencia. No se puede seguir con la falsa ilusión de
sacudir un papel falso ante los ojos de los ciudadanos. Es
necesaria la voz fuerte de Churchill diciendo la verdad y
ofreciendo sólo la única cosa posible. A Chamberlain hay
que dejarlo enterrado en el cementerio de Heckfield. Hay
que decir al dormido Sir Winston Leonard Spencer Churchill
que se le está esperando. Cabe preguntarse si una nación
atomizada como esta será capaz de despertarlo o seguirán
los Chamberlain. O si Churchill despertará por su cuenta,
por milagro de la fenomenología histórica, para decirles a
los venezolanos que se preparen pues hasta ahora no han
visto nada comparado con lo que viene.
Es la hora para Churchill. Es la hora de advertir que nos
faltará el oxígeno, que nos sentiremos impotentes como un
prisionero en un castillo medieval de la campiña inglesa
ante sus barrotes. Es necesario advertir que el propósito
es encender las hogueras, modificar la constitución, matar
la descentralización, limitar la libertad de expresión si
no hacerla desaparecer, reducir a su mínima expresión los
derechos políticos si no mandarlos al olvido. Es necesario
el Churchill que lo diga y prepare a su pueblo para lo
peor. Pero quizás haya que parodiar la célebre frase de
aquel dirigente sindical que nos advirtió que no éramos
suizos y decir: “No somos ingleses”.
Y como veo venir la pregunta insidiosa de quienes sólo ven
la política con gríngolas: “¿Y tú te consideras Churchill?”,
respondo de antemano: No, sólo soy el poeta que canta lo
que pasa ante sus ojos.
tlopezmelendez@cantv.net
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