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De la abundancia de malos ejemplos
por Teódulo López Meléndez  
jueves, 19 octubre 2006

 

Cuando uno pensaba que no había nada inferior a los políticos venezolanos he aquí que se topa con los candidatos presidenciales ecuatorianos. Escucharlos es entender todo el drama que ha sacudido a ese país en la última década. De sus bocas sólo salen improperios, sus parcialidades están claramente definidas entre una oligarquía insoportable y una izquierda estúpida, sus palabras carecen absolutamente de contenido, los discursos son vacíos e insultantes, carecen por completo de conceptos, ninguno tiene la menor idea de nada. 

En Ecuador comprobamos la nueva moda latinoamericana: la denuncia de fraude. El “izquierdista” Rafael Correa denuncia fraude desde hace meses y apenas los resultados no le son favorables insiste en el tema contra la opinión de todos los observadores internacionales. López Obrador sacrificó su futuro lanzando una resistencia absurda que se ha deshilachado a una velocidad increíble; llegó a los extremos de proclamar un gobierno alterno. A México le costó un grandísimo esfuerzo deshacerse del sistema imperial del PRI y crear instituciones, como las electorales. En Ecuador la inestabilidad de una sucesión interminable de presidentes le está costando el futuro. Esperemos que Rafael Correa no siga el ejemplo de lanzarse por el atajo del suicidio político. En toda elección se producen irregularidades, lo que no significa fraude. Esta moda peligrosa está conspirando directamente contra la estabilidad del continente. Ahora, y de antemano, se denuncia fraude; si nos vamos a ver a los perdedores en este continente no hay una sólo elección limpia. 

Mediocridad extrema y denuncia anticipada de fraude son dos elementos explosivos. En el fondo significan descreencia en las elecciones. De allí se buscan los atajos. Al declarar previamente la ilegitimidad de quien resultará electo se expone la democracia a continuos golpes de estado, como en Ecuador. La rueda sanguinolenta sigue su curso sin que pueda tomarse la senda del desarrollo. En México había centenares de caimanes en las bocas de los caños esperando su turno: movimientos guerrilleros, conspiradores de toda laya, agitadores profesionales. Para bien del pueblo mexicano todo parece encaminado, aunque nos falta el espectáculo que seguramente darán algunos en el acto de juramentación del presidente Calderón. 

Lo de Ecuador es, no obstante, patético. Allí no ha llegado la modernidad, allí no hay convivencia, los políticos que se nos han mostrado dan pena. La insignificancia preside la actividad política de este continente. Ese tipo de gesto, como el Álvaro Novoa, de anunciar que romperá relaciones con Cuba y Venezuela si gana –lo que parece que va a suceder- es absolutamente inadmisible. Tan inadmisible como las amenazas de Chávez de romper con Perú si ganaba García. Así no puede funcionar el continente. Se trata de manifestaciones extremistas obcecadas. Hay un sin sentido desgarrando la entrañas democráticas de América Latina. Mediocridad, más denuncia de fraude, más amenazas de rompimiento de relaciones, más exabruptos, constituyen un cocktail intragable. Hemos perdido la sindéresis. Apenas en Brasil no hemos visto la preparación de este bebedizo, lo que alienta, pues si los dos aspirantes nos hubiesen dado otro mal ejemplo ya casi hubiésemos proclamado que todo estaba perdido.  

La primera cosa que hay que admitir es que el adversario puede ganar limpiamente. Hacer lo contrario, plantarse tercamente en la línea de fraude, no es un comportamiento democrático o, en todo caso, imita el comportamiento antidemocrático de aquél a quien se enfrenta. Al menos la “resistencia” anunciada por López Obrador fue pacífica; generalmente cuando se sustenta esta tesis lo inmediato es un brote anárquico de violencia con saldo de muertos y heridos. Sobre este brote de mediocridad extrema lo único que cabe es una apelación a la gente serena y capacitada –que existe, como en Ecuador- a que no permita más los espectáculos bochornosos y se lance a la arena de la política. Ecuador tuvo, en un pasado no tan lejano, presidentes estupendos que merecían la pena, y algunos fueron derrocados; también algunos intragables. Tras de ellos ha venido una eclosión que nos deja estupefactos. Autoritarismo, insensatez e intolerancia parecen ser los signos de este tiempo latinoamericano. 

Hay que replantearse la política, en sus conceptos, en sus modos de ejercerla, en la garantía de que los mejores afloren a la conducción. Lo digo cuando apenas apago el televisor después de haber aguantado escasos minutos de dirigentes venezolanos denunciando repartos de armas y planes macabros, y a escasos momentos de recibir por Internet la bazofia de la violencia, de las armas y de sus costos. El retraso político de este continente ha brotado inconmensurable con la llegada del nuevo siglo. Si no fuésemos capaces de mantenernos firmes en nuestro empuje hacia delante por una actualización conceptual y de las formas políticas, tal vez utilizaríamos por vez primera esa palabreja “pesimismo”.

tlopezmelendez@cantv.net

 
 
 
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