Cuando
uno pensaba que no había nada inferior a los políticos
venezolanos he aquí que se topa con los candidatos
presidenciales ecuatorianos. Escucharlos es entender todo
el drama que ha sacudido a ese país en la última década.
De sus bocas sólo salen improperios, sus parcialidades
están claramente definidas entre una oligarquía
insoportable y una izquierda estúpida, sus palabras
carecen absolutamente de contenido, los discursos son
vacíos e insultantes, carecen por completo de conceptos,
ninguno tiene la menor idea de nada.
En Ecuador comprobamos la
nueva moda latinoamericana: la denuncia de fraude. El
“izquierdista” Rafael Correa denuncia fraude desde hace
meses y apenas los resultados no le son favorables insiste
en el tema contra la opinión de todos los observadores
internacionales. López Obrador sacrificó su futuro
lanzando una resistencia absurda que se ha deshilachado a
una velocidad increíble; llegó a los extremos de proclamar
un gobierno alterno. A México le costó un grandísimo
esfuerzo deshacerse del sistema imperial del PRI y crear
instituciones, como las electorales. En Ecuador la
inestabilidad de una sucesión interminable de presidentes
le está costando el futuro. Esperemos que Rafael Correa no
siga el ejemplo de lanzarse por el atajo del suicidio
político. En toda elección se producen irregularidades, lo
que no significa fraude. Esta moda peligrosa está
conspirando directamente contra la estabilidad del
continente. Ahora, y de antemano, se denuncia fraude; si
nos vamos a ver a los perdedores en este continente no hay
una sólo elección limpia.
Mediocridad extrema y denuncia
anticipada de fraude son dos elementos explosivos. En el
fondo significan descreencia en las elecciones. De allí se
buscan los atajos. Al declarar previamente la ilegitimidad
de quien resultará electo se expone la democracia a
continuos golpes de estado, como en Ecuador. La rueda
sanguinolenta sigue su curso sin que pueda tomarse la
senda del desarrollo. En México había centenares de
caimanes en las bocas de los caños esperando su turno:
movimientos guerrilleros, conspiradores de toda laya,
agitadores profesionales. Para bien del pueblo mexicano
todo parece encaminado, aunque nos falta el espectáculo
que seguramente darán algunos en el acto de juramentación
del presidente Calderón.
Lo de Ecuador es, no obstante,
patético. Allí no ha llegado la modernidad, allí no hay
convivencia, los políticos que se nos han mostrado dan
pena. La insignificancia preside la actividad política de
este continente. Ese tipo de gesto, como el Álvaro Novoa,
de anunciar que romperá relaciones con Cuba y Venezuela si
gana –lo que parece que va a suceder- es absolutamente
inadmisible. Tan inadmisible como las amenazas de Chávez
de romper con Perú si ganaba García. Así no puede
funcionar el continente. Se trata de manifestaciones
extremistas obcecadas. Hay un sin sentido desgarrando la
entrañas democráticas de América Latina. Mediocridad, más
denuncia de fraude, más amenazas de rompimiento de
relaciones, más exabruptos, constituyen un
cocktail intragable. Hemos
perdido la sindéresis. Apenas en Brasil no hemos visto la
preparación de este bebedizo, lo que alienta, pues si los
dos aspirantes nos hubiesen dado otro mal ejemplo ya casi
hubiésemos proclamado que todo estaba perdido.
La primera cosa que hay que
admitir es que el adversario puede ganar limpiamente.
Hacer lo contrario, plantarse tercamente en la línea de
fraude, no es un comportamiento democrático o, en todo
caso, imita el comportamiento antidemocrático de aquél a
quien se enfrenta. Al menos la “resistencia” anunciada por
López Obrador fue pacífica; generalmente cuando se
sustenta esta tesis lo inmediato es un brote anárquico de
violencia con saldo de muertos y heridos. Sobre este brote
de mediocridad extrema lo único que cabe es una apelación
a la gente serena y capacitada –que existe, como en
Ecuador- a que no permita más los espectáculos bochornosos
y se lance a la arena de la política. Ecuador tuvo, en un
pasado no tan lejano, presidentes estupendos que merecían
la pena, y algunos fueron derrocados; también algunos
intragables. Tras de ellos ha
venido una eclosión que nos deja estupefactos.
Autoritarismo, insensatez e intolerancia parecen ser los
signos de este tiempo latinoamericano.
Hay que replantearse la
política, en sus conceptos, en sus modos de ejercerla, en
la garantía de que los mejores afloren a la conducción. Lo
digo cuando apenas apago el televisor después de haber
aguantado escasos minutos de dirigentes venezolanos
denunciando repartos de armas y planes macabros, y a
escasos momentos de recibir por Internet la bazofia de la
violencia, de las armas y de sus costos. El retraso
político de este continente ha brotado inconmensurable con
la llegada del nuevo siglo. Si no fuésemos capaces de
mantenernos firmes en nuestro empuje hacia delante por una
actualización conceptual y de las formas políticas, tal
vez utilizaríamos por vez primera esa palabreja
“pesimismo”.
tlopezmelendez@cantv.net