José
Vicente Rangel pudiera estar iniciando, este domingo, una
etapa de su vida en la cual puede ser realmente útil a su
país. Tan útil, que nadie en su sano juicio podría calificar
de otro modo los resultados de su esfuerzo, ni un ciudadano
de buena voluntad puede condenarlo de antemano.
Partimos del principio de que Chávez ha sido dañino para
Venezuela. Pero también debemos decir que hubo polvos que
trajeron estos lodos. El daño que el chavismo le está
haciendo al país tiene su origen más allá del 4 de Febrero.
Propongo como fecha inicial aquel momento en que la
Secretaria Femenina de Acción Democrática descubrió a Louis
Vuitton, que parece se lo reveló la Secretaria Femenina de
Copei. Los dos grandes partidos nacionales cayeron en la
frivolidad y así dejaron de ser austeras comunidades de
ciudadanos comprometidos con un proyecto de país libre,
justo y próspero.
Como una es de cal y otra de arena, a Chávez hay que
acreditarle el retorno de la justicia social al primer plano
de la preocupación política. Lástima que tras el diagnóstico
acertado, nos resultara que el veguero barinés cree en
brujos. La medicina socialista, particularmente en la
versión fidelista recetada por el médico Chávez, es
estadísticamente indefendible a la luz de los resultados
obtenidos en pacientes tratados con ese brebaje.
Ahora bien, el gran daño que Chávez le ha hecho a Venezuela,
grave no sólo por su magnitud sino por lo difícil que será
revertirlo, es habernos dividido a los venezolanos, no
importa cuál mitad sea la más numerosa. Dentro de su
elementalidad, Hugo aplicó el método de Bolívar con su
oportuno Decreto de Guerra a Muerte. Por “españoles y
canarios” Hugo entendió no a la oligarquía -en la medida en
que ella existiera-, sino a todo el que supiera comer con
cubiertos. Y por “americanos”, no sólo a los excluidos por
el travestismo neo-liberal de Acción Democrática, sino a una
horda vandálica que se ha hecho con el país no para
reconstruirlo, sino para expoliarlo con la voracidad de los
hombres nuevos que arrastran hambres viejas. De modo que si
el Síndrome de Louis Vuitton produjo una mayoría de
excluidos que en 1999 tuvo motivos para votar por Chávez, el
Síndrome de Luis Tascón –así llamado por el autor de cierta
lista infame- está creando un bloque de neo-excluidos que en
su hora volteará la tortilla.
Dentro de su acomodaticia interperetación del ideario
bolivariano, Chávez olvidó la segunda parte de la Guerra a
Muerte, que fue su cancelación por el Tratado de
Regularización de la Guerra. Esa tarea indispensable para
construir un nuevo país la encomendó Bolívar al mejor y más
civilizado de sus generales, Antonio José de Sucre, fino
aristócrata cumanés a quien el visionario aristócrata
caraqueño preparaba para la sucesión. Por cierto que el
aristócrata Sucre tenía clara conciencia de la justicia
social, cual lo muestran las disposiciones que como
presidente de Bolivia impartió para redimir a la mayoría
indígena ahora encabezada por Evo Morales, un indio que sus
motivos tiene para portarse como se porta. Sin forzar las
analogías y recordando que las comparaciones no solamente
son odiosas sino inexactas, pero aprovechando que Chávez se
siente Bolívar, lo que José Vicente Rangel, aristócrata de
prosapia gomecista, parece en trance de intentar, es lo que
Sucre trató de hacer en el Sur, donde fue activo aunque
fracasado conciliador de los intereses que harían estallar
la Gran Colombia. ¡Sí! Al dialogar y conciliar, tarea que
ahora se impone, José Vicente trata de salvar a Chávez.
El propósito lo expresó Rangel en sus palabras durante el
apresurado cóctel conque Televén anunció el programa de
entrevistas dominicales realizadas por el ex vice, las
cuales comenzarán por el propio Chávez y seguirán con el
cardenal Urosa, representante de la Oposición real, que no
es la de los mangasmeadas que matan el tigre y después le
tienen miedo al cuero. El planteamiento que teñirá estos
programas, y se supone el resto de la actividad rangeliana
“de aquí en más” –como horrorosamente se dice en Argentina-,
será la introducción del diálogo para realizar “un cambio
social profundo en democracia y libertad”.
Rangel condena a los enemigos del diálogo, homologándolos
con un general fascista (Millán Astray), que dramatizó su
odio al pensamiento diciendo que cuando oía la palabra
inteligencia echaba mano a su pistola. Según él, los ocho
años, duros y tormentosos, que ha pasado al lado de Chávez,
le autorizan para esperar que el barinés reaccionará
positivamente a la posibilidad de un entendimiento que
conduzca a la solución de esta crisis que se ha vuelto
crónica. Recordó que a pocos días del 11 de abril de 2002,
cuando salvó el pellejo por un pelo, Chávez creó una
Comisión de Diálogo. Luego, el presidente es proclive a
entenderse.
No estamos en posición de saber si Chávez mira las cosas
como las ve Rangel. Debemos, sí, observar que a fines de
aquel abril Chávez no había recuperado el equilibrio. Tan
conciliador estaba, que me llamó a Madrid, donde cenaba con
unos socialcristianos, al celular de uno de ellos. Delante
de todos desarrollamos una conversación de viejos amigos, la
cual incluyó su intención de que dialogáramos. Cambió el
viento, Chávez enderezó la parada y toda esa intención
conciliadora se fue al mismísimo.
La ocasión vuelve a ser propicia al diálogo inteligente que
desagradaba al general fascista antes citado, no porque Hugo
se haya compuesto de las neuronas y de las hormonas, sino
porque el cuarto se le está llenando de agua. Dos planchas
de acero, la de los ingresos descendentes y la de los
egresos crecientes, se van acercando y amenazan aplastarlo
en medio. Ese fenómeno se cargó a Perón en 1953 y a Pérez
Jiménez en 1958, para citarle a dos homólogos no sólo en la
visión militar-fascista de la Historia, sino en el dispendio
como instrumento para mantenerse en el poder. Pero, como
hemos dicho en alguna otra ocasión, en nuestro sistema las
mejores cosas se hacen por los peores motivos. A uno le da
lo mismo que Chávez como político se salve, si al salvarse
él se salva Venezuela. Después de todo, en esta crisis de
hombres que vivimos (López Contreras lo dijo hace ya setenta
años), las alternativas tampoco son como para entusiasmarse.
Sólo que el diálogo no puede ser entre los mangasmeadas y el
Gobierno, sino entre el País Real y el Presidente. Ni sobre
la modalidad de socialismo que van a aplicarnos o sobre el
neo-liberalismo que el Imperio quiere, sino sobre la
solución del problema de la exclusión y la pobreza en los
términos de democracia y libertad que Rangel dijo en la
presentación de su programa.
Al final, Chávez decidirá. Rangel, que lo conoce, dice que
es capaz de hacerlo en función del interés nacional y no de
sus delirios. Mi pregunta es si la naturaleza del sujeto
permitirá semejante milagro.
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Artículo publicado originalmente en el semanario Zeta |