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La nueva vida del doctor Rangel
por Rafael Poleo
viernes, 2 marzo 2007


José Vicente Rangel pudiera estar iniciando, este domingo, una etapa de su vida en la cual puede ser realmente útil a su país. Tan útil, que nadie en su sano juicio podría calificar de otro modo los resultados de su esfuerzo, ni un ciudadano de buena voluntad puede condenarlo de antemano.

Partimos del principio de que Chávez ha sido dañino para Venezuela. Pero también debemos decir que hubo polvos que trajeron estos lodos. El daño que el chavismo le está haciendo al país tiene su origen más allá del 4 de Febrero. Propongo como fecha inicial aquel momento en que la Secretaria Femenina de Acción Democrática descubrió a Louis Vuitton, que parece se lo reveló la Secretaria Femenina de Copei. Los dos grandes partidos nacionales cayeron en la frivolidad y así dejaron de ser austeras comunidades de ciudadanos comprometidos con un proyecto de país libre, justo y próspero.

Como una es de cal y otra de arena, a Chávez hay que acreditarle el retorno de la justicia social al primer plano de la preocupación política. Lástima que tras el diagnóstico acertado, nos resultara que el veguero barinés cree en brujos. La medicina socialista, particularmente en la versión fidelista recetada por el médico Chávez, es estadísticamente indefendible a la luz de los resultados obtenidos en pacientes tratados con ese brebaje.

Ahora bien, el gran daño que Chávez le ha hecho a Venezuela, grave no sólo por su magnitud sino por lo difícil que será revertirlo, es habernos dividido a los venezolanos, no importa cuál mitad sea la más numerosa. Dentro de su elementalidad, Hugo aplicó el método de Bolívar con su oportuno Decreto de Guerra a Muerte. Por “españoles y canarios” Hugo entendió no a la oligarquía -en la medida en que ella existiera-, sino a todo el que supiera comer con cubiertos. Y por “americanos”, no sólo a los excluidos por el travestismo neo-liberal de Acción Democrática, sino a una horda vandálica que se ha hecho con el país no para reconstruirlo, sino para expoliarlo con la voracidad de los hombres nuevos que arrastran hambres viejas. De modo que si el Síndrome de Louis Vuitton produjo una mayoría de excluidos que en 1999 tuvo motivos para votar por Chávez, el Síndrome de Luis Tascón –así llamado por el autor de cierta lista infame- está creando un bloque de neo-excluidos que en su hora volteará la tortilla.

Dentro de su acomodaticia interperetación del ideario bolivariano, Chávez olvidó la segunda parte de la Guerra a Muerte, que fue su cancelación por el Tratado de Regularización de la Guerra. Esa tarea indispensable para construir un nuevo país la encomendó Bolívar al mejor y más civilizado de sus generales, Antonio José de Sucre, fino aristócrata cumanés a quien el visionario aristócrata caraqueño preparaba para la sucesión. Por cierto que el aristócrata Sucre tenía clara conciencia de la justicia social, cual lo muestran las disposiciones que como presidente de Bolivia impartió para redimir a la mayoría indígena ahora encabezada por Evo Morales, un indio que sus motivos tiene para portarse como se porta. Sin forzar las analogías y recordando que las comparaciones no solamente son odiosas sino inexactas, pero aprovechando que Chávez se siente Bolívar, lo que José Vicente Rangel, aristócrata de prosapia gomecista, parece en trance de intentar, es lo que Sucre trató de hacer en el Sur, donde fue activo aunque fracasado conciliador de los intereses que harían estallar la Gran Colombia. ¡Sí! Al dialogar y conciliar, tarea que ahora se impone, José Vicente trata de salvar a Chávez.

El propósito lo expresó Rangel en sus palabras durante el apresurado cóctel conque Televén anunció el programa de entrevistas dominicales realizadas por el ex vice, las cuales comenzarán por el propio Chávez y seguirán con el cardenal Urosa, representante de la Oposición real, que no es la de los mangasmeadas que matan el tigre y después le tienen miedo al cuero. El planteamiento que teñirá estos programas, y se supone el resto de la actividad rangeliana “de aquí en más” –como horrorosamente se dice en Argentina-, será la introducción del diálogo para realizar “un cambio social profundo en democracia y libertad”.

Rangel condena a los enemigos del diálogo, homologándolos con un general fascista (Millán Astray), que dramatizó su odio al pensamiento diciendo que cuando oía la palabra inteligencia echaba mano a su pistola. Según él, los ocho años, duros y tormentosos, que ha pasado al lado de Chávez, le autorizan para esperar que el barinés reaccionará positivamente a la posibilidad de un entendimiento que conduzca a la solución de esta crisis que se ha vuelto crónica. Recordó que a pocos días del 11 de abril de 2002, cuando salvó el pellejo por un pelo, Chávez creó una Comisión de Diálogo. Luego, el presidente es proclive a entenderse.

No estamos en posición de saber si Chávez mira las cosas como las ve Rangel. Debemos, sí, observar que a fines de aquel abril Chávez no había recuperado el equilibrio. Tan conciliador estaba, que me llamó a Madrid, donde cenaba con unos socialcristianos, al celular de uno de ellos. Delante de todos desarrollamos una conversación de viejos amigos, la cual incluyó su intención de que dialogáramos. Cambió el viento, Chávez enderezó la parada y toda esa intención conciliadora se fue al mismísimo.

La ocasión vuelve a ser propicia al diálogo inteligente que desagradaba al general fascista antes citado, no porque Hugo se haya compuesto de las neuronas y de las hormonas, sino porque el cuarto se le está llenando de agua. Dos planchas de acero, la de los ingresos descendentes y la de los egresos crecientes, se van acercando y amenazan aplastarlo en medio. Ese fenómeno se cargó a Perón en 1953 y a Pérez Jiménez en 1958, para citarle a dos homólogos no sólo en la visión militar-fascista de la Historia, sino en el dispendio como instrumento para mantenerse en el poder. Pero, como hemos dicho en alguna otra ocasión, en nuestro sistema las mejores cosas se hacen por los peores motivos. A uno le da lo mismo que Chávez como político se salve, si al salvarse él se salva Venezuela. Después de todo, en esta crisis de hombres que vivimos (López Contreras lo dijo hace ya setenta años), las alternativas tampoco son como para entusiasmarse. Sólo que el diálogo no puede ser entre los mangasmeadas y el Gobierno, sino entre el País Real y el Presidente. Ni sobre la modalidad de socialismo que van a aplicarnos o sobre el neo-liberalismo que el Imperio quiere, sino sobre la solución del problema de la exclusión y la pobreza en los términos de democracia y libertad que Rangel dijo en la presentación de su programa.

Al final, Chávez decidirá. Rangel, que lo conoce, dice que es capaz de hacerlo en función del interés nacional y no de sus delirios. Mi pregunta es si la naturaleza del sujeto permitirá semejante milagro.

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  Artículo publicado originalmente en el semanario Zeta


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