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Chávez por el camino de Mugabe
por Manuel Malaver  
miércoles, 10 diciembre 2008


Que el dictador, Robert Mugabe, haya terminado hartando a la Unión Europea, y a países de África y América como Sudáfrica y Estados Unidos que claman en este momento por su desalojo del poder aun recurriendo a la medida extrema de la fuerza, no es detalle que parece inquietar a su émulo tropical y caribeño, Hugo Chávez, quien, no solamente convoca  a elecciones cada vez que amanece aburrido, sino que manda a sus seguidores a boicotear el mandato de los candidatos opositores que desplazan a los suyos después que las autoridades electorales han confirmado sus victorias.

 

Chávez, en efecto, ha tomado nota del extraño comportamiento del modelo “mugabista” que empezó cuando el actual presidente de la ex Rodesia lideró la independencia de los zimbawuenses de uno de los sistemas de apartheid más crueles que conoce la historia, pero en absoluto para que fueran libres y se organizaran socialmente de acuerdo a los principios democráticos por los que tanto habían luchado, sino para que pasaran a ser esclavos suyos y se resignaran a ser los súbditos de un sátrapa que les ordena hasta los detalles más elementales de sus vidas.

 

No se piense, sin embargo, que para lograrlo, Mugabe, echara mano a las herramientas de rutina que desde que el mundo es mundo se asocian a los dictadores,  tales como violencia extrema, muertes, fusilamientos y torturas, sino a través de un mecanismo electoral que comienza con unas autoridades eleccionarias secuestradas por el dictador, convocan elecciones cada dos por tres, y si bien algunas veces dan resultados imparciales, no hacen nada para que “el hombre fuerte” los respete.

 

Otra característica del sistema es que durante los procesos electorales se permite que “el siempre electo” use todas las ventajas que le permiten el ser el dueño del poder ejecutivo, que abuse de la televisión y la radio para “aplastar” a los oponentes, amenazar a los electores si no siguen sus diktat y aun con quitarle los recursos a las  entidades políticas si no votan por sus candidatos.

 

Un clima de violencia, en fin, que si bien no llega a las decenas de muertos, los cientos de heridos y miles de detenidos que quedan atrapados en las redes electorales de Mugabe, si actúa como un elemento disuasor que intimida y aun aterra a quienes se plantean la vuelta a la legalidad.

 

En los dos casos, para producir “victorias” y “derrotas” perfectamente administradas, en cuanto que, los opositores siempre alcanzan unas posiciones minoritarias y los oficialistas mayoritarias, pero en la idea de que estos últimos siempre conserven el máximo poder, y los primeros un segmento que los desactiva para decir que las elecciones son fraudulentas y deben desconocerse.

 

Claro, hay situaciones en que, como sucedió en Zimbawe en las elecciones legislativas de marzo pasado y en Venezuela en diciembre del 2007 y en noviembre del año curso, las derrotas oficialistas resultan tan abultadas, que a los dictadores no les queda otro recurso que reconocerlas, pero siempre para buscar atajos, que en el caso de Mugabe fue una segunda vuelta que no existía en la constitución y, en el de Chávez, desconocer los resultados de un referendo que le prohíbe la reelección indefinida, pero para procurársela de todas formas, ya que su máximo empeño, como el de Mugabe, es ser “dictador constitucional”, por “la voluntad del pueblo”.

 

Reto que podría aceptársele si fuera un autócrata con propensión a admitir  que en democracia las derrotas se acatan y no queda otro camino que esperar a que las dificultades se despejen, y no un militar psicópata que va administrando dosis progresivas  de violencia, en aumento, y dirigidas a traspasar un límite después del cual no sigua otro resultado que la imposición de la autoridad a sangre y fuego.

 

Síndrome que desde hace tiempo se le viene observando a Mugabe y que, dados los visos de incurabilidad, está llevando a la comunidad internacional a desalojarlo aun con medidas extremas y que ojalá no se le aplique a Chávez, pues a nadie le gusta ver a su país invadido… aunque sea para curarlo de una peste.

 

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  Artículo publicado en el vespertino El Mundo.

 
 

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