Cómo
no fue anunciado el regreso de Aló Presidente a su horario
habitual de los domingos, me cuento entonces entre el
tumulto de venezolanos que se enteró de la reaparición del
“talk show” por los extras de los canales privados de
televisión.
Todo lo cual no me impide hacer algunas conjeturas sobre
las causas que provocaron el nuevo cambio en el día y hora
de transmisión del programa y de cómo no es verdad que por
tratarse de Hugo Chávez, el todopoderoso comandante en
jefe de los medios venezolanos, es indiferente desplazarlo
de un punto a otro del espacio radioeléctrico para que su
teleaudiencia siga contándose de a millones.
En cuanto al primer asunto, es evidente que el cambio de
Aló Presidente del horario dominical sin duración
preestablecida (algunas veces llegó a quemar hasta 8
horas), al de los jueves en la noche con hora y media de
duración, se debió a una caída estrepitosa en el rating, y
a una búsqueda desesperada por recuperar el share sin el
cual, un jefe de estado para quien las multitudes y los
aplausos lo son todo, se ahoga.
Pero de igual manera podría decirse que el cambio del
domingo, el del regreso del jueves al horario habitual, se
debió a que los puntos no llegaron, que después de un mes
de recuperación fallida, la teleaudiencia estaba tan, o
más desenganchada, que antes.
Y aquí cabe reflexionar en cómo no se necesita ser un
Renny Ottolina, un Amador Bendayán, ni un Gilberto Correa
para campear en un horario que en el caso de los domingos,
no tiene platos fuertes del peso de las telenovelas, los
noticieros, los programas de opinión, o temas que
desplieguen al polarizado ambiente político nacional.
Todo lo contrario a lo que ocurre en el horario estelar de
los jueves en la noche, en el hueso duro que corre de 8 a
10, y donde el presidente se encontró atravesadas, como
espinas en la garganta, a la antropológica “Ciudad
Bendita” de Leonardo Padrón en el 4 (Venevisión) y/o a la
transgresora “Prueba de Amor”, del brasileño Tiago
Santiago en el 10 (Televen), dos tramas sin relación
posible, pero que en la inspiración de dos grandes
escritores dejan un tapiz de la Venezuela y el Brasil
actuales, muy diferente del que nos traducen, vía
arrebatos políticamente incorrectos, Hugo Chávez y Lula da
Silva.
Pero era todo cuanto se necesitaba para volver añicos el
tan alardeado rating de Chávez, del comunicador que
presuntamente nació para demostrar cómo se conduce y ancla
un programa, pues según mediciones confiables, ni en un
solo día del mes que pasó con el bacalao a cuestas, superó
los 13 puntos.
Pero dejemos que sea el propio Chávez quien, by the way,
nos cuente que fueron los números los que dinamitaron al
fallido experimento: “Yo me río mucho” contó el domingo en
el Aló Presidente recambiado “yo me río mucho porque hay
quienes hicieron apuestas de que el Aló Presidente de los
jueves no duraría un mes. ¿Cuánto duró? Duró un mes, me
convencieron, hicieron encuestas, le preguntaron a la
gente y nadie o casi nadie defendía el Aló Presidente de
los jueves y como yo estoy cuadrado con ustedes, pues
estamos aquí en el Aló Presidente de los domingos, el
número 276”.
O sea, en el “talk show” que es casi emblema del
presidente y su revolución, entre cosas porque transcurre
sin límite de tiempo, disgrega sobre los temas sin
detenerse en nada, es diván del paciente y del psiquiatra,
y usa y abusa de la técnica telenovelérica, que, desde
Félix B. Caignet, hasta José Ignacio Cabrujas, se
considera inescapable para pegar un dramón: la cenicienta
que humillada, maltratada y ofendida por madrastra y
hermanastras va de incógnito al baile, consigue su
príncipe azul, se lo levanta y después regresa implacable
a pasar factura.
Claro que en política la técnica debe administrarse,
simularse, maquillarse, y no hacerse tan evidente, burda,
descosida, ni frecuente, pues corre el riesgo de ser
aplastada por las reinas de los espacios estelares, sobre
todo si son escritas por ingenios de la originalidad y
diversidad de Leonardo Padrón y Tiago Santiago.
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Artículo
publicado en el vespertino
El Mundo. |