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Introducción al 2007
por Manuel Malaver  
miércoles, 27 diciembre 2006



     Si bien no apostaré a que el 2007 sea el año de la recuperación de la paz social en Venezuela, tampoco lo haré a que se comporte como la puerta de ingreso por donde se despeñe la  extrema confrontación y la guerra civil.

        De modo que un país en el cual la ingobernabilidad teja el viaje a saltos de proyectos que se inician y nunca se terminan, de planes en sentido inverso a los objetivos que se procuran, o de hartazgos apenas cumplidas las primeras fases de los propósitos, es el que sin duda veremos borroneado tan pronto despleguemos el nuevo calendario.

        Purgatorio en el que, no obstante, prosperará el único proyecto serio y viable del actual gobierno, que no es otro que el establecimiento de una autocracia cada vez más concentrada y despótica, con un poder personal incontrolado e indesafiado.

        Todo lo cual puede percibirse en la urgencia de aprobar como sea la reforma constitucional que, tal como escribió el domingo pasado el constitucionalista, Gustavo Linares Benzo, en El Universal, “no tiene otro propósito que permitir la reelección indefinida”.

        “No hay ninguna necesidad para cambiar la Constitución” explicita Linares Benzo en el artículo “Hugo I”. “Mejor dicho, el chavismo sí necesita cambiar la Constitución, pero por las peores razones: romper una de las últimas barreras a la autocracia, el límite de Chávez en el poder. Porque el resto de la Constitución del 99, tal como ha sido aplicada, tiene un solo artículo: el principio de exclusividad en la conducción del Estado”.

        Pero con la reforma a la Constitución, correrá  pareja una reforma del estado, y ella no buscará otra cosa que complementar la “reelección indefinida” con un sistema electoral como el que existió en México durante los tiempos del PRI y que logró el milagro de establecer lo que historiadores y politólogos llamaron “la dictadura perfecta”.

        Un reino de 70 años de dominio donde una élite corrupta y populista se repartía el poder y todo a nombre de los principios de una “sacrosanta” revolución.

        Habrá, sin embargo, una novedad y es que  Chávez, a diferencia de los dictadores quinquenales mexicanos, querrá todo el poder para si, dentro de la mayor concentración y duración posibles,  no con uno, sino varios partidos opositores y sin duda que en la idea de fundar una dinastía.

        En paralelo, el intento de implementar el llamado “Socialismo del  Siglo XXI”, amasijo de nuevas estatizaciones, cooperativas, y empresas de promoción social, cogestionarias y autogestionarias, en la ilusión de crearle una alternativa al único sistema económico productivo y reductor  de la pobreza y la desigualdad en la historia: el capitalismo democrático.

        Con una longevidad de casi 500 años, adoptado por un cada vez mayor número países que se rinden ante la evidencia de que, solo adoptando la economía de mercado y la sociedad abierta, de todo lo que hoy se llama globalización, las sociedades conquistan la utopía de ser libres, ricas y justas.

        China e India son  los últimos países en demostrarlo, así como otras sociedades de Asia y Europa Oriental que practicaron con resultados catastróficos el colectivismo que Chávez quiere imponerles a los venezolanos.

        Y que tendrá alguna viabilidad mientras los precios del petróleo se mantengan altos por el ciclo alcista del auge actual de la economía capitalista, y no porque los neodiscípulos de Marx, los monjes Chávez, Giordani, Merentes y Parra Luzardo consiguieron la fórmula que el sabio alemán les escondió a Lenin, Stalin, Mao, Kim Il Sung y Castro.

        En otras palabras, que en cuanto los precios del petróleo se desplomen –y ya empezaron a hacerlo según reportan los mercados del último medio año- la fantasía del “Socialismo del Siglo XXI”, se caerá como un castillo de naipes, con precios por las nubes y mercados sin capacidad adquisitiva, intercambiando chatarra a velocidad menos cero.

        De modo que el “paraíso de tontos”  por el que tantas palabras ha derramado Chávez en  los últimos 8 años, culminará en lo que realmente es: una ficción fantasmórica que condensa las peores predicciones para el futuro de Venezuela y de la región.

        Y por esa vía si podría Chávez y quienes lo secundan en Venezuela y América del Sur  aspirar algún reconocimiento histórico, como es el experimentar criminalmente con profecías que se sabía de sobra no iban a fracasar.
 

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  Artículo publicado en el vespertino El Mundo.

 
 

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