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Chávez y el miedo a debatir
por Manuel Malaver
miércoles, 25 octubre 2006

 

Es típico…pero yo creí que el padre de la democracia participativa y protagónica, el fundador del socialismo del siglo XXI y el único venezolano destinado por la providencia a conducir el país por los próximos 25 años, bajaría de su pedestal y debatiría con un simple mortal como Manuel Rosales.

Sobre todo en circunstancias que tiene 8 años gobernando, y dice que cuenta con más del 60 por ciento en las encuestas y  el liderazgo necesario para conducir los ejércitos planetarios a  la derrota de las huestes infernales que dirige George Bush.

Sin embargo, el líder de la revolución latinoamericana y mundial arrugó ante la invitación de Rosales a debatir; tembló, huyó, se escabulló frente un desafío infinitamente más modesto, frente a una voz del pueblo que le va a pedir cuentas de su gestión, a dejarlo en evidencia frente a sus fiascos, y demostrarle, cifras en manos, que sencillamente la realidad marcha en sentido contrario a los resultados  que dice haber logrado.

Y ahí es donde caemos en cuenta cómo los liderazgos en los regímenes populistas, autoritarios y de izquierda son literalmente prefabricados, forjados y falsificados en operaciones fraudulentas de laboratorio que, dirigidas por especialistas en el ramo, dan  los pasos para que surjan estos robots de la vacuidad y de la nada.

A este respecto siempre me he preguntado lo que habría sucedido si en la Cuba de los 60, no en los periódicos, sino en los mitines, asambleas y manifestaciones que convocaba Castro, alguien hubiera alzado la mano para decirle que estaba equivocado, que nada de cuanto afirmaba se relacionaba con la verdad y que lo retaba a un debate donde los dos defendieran sus posiciones.

Igual en la China de los años 50 cuando Mao impuso el Gran Salto Adelante, o en la Rusia de finales de los 20 cuando Stalin fue liquidando la vieja guardia bolchevique para seguir adelante con el socialismo en un solo país y la colectivación, o en la Alemania de los 30 cuando Hitler maniobró para que el pueblo alemán aceptara y participara en una conflagración que casi lo hace desaparecer.

Pues que no habrían existido los “grandes líderes”, los caudillos indiscutidos, los profetas de la historia, los comandantes y timoneles que hasta ahora hacen llorar a los militantes de los partidos prelógicos, borregiles y tribales.

Por eso los caudillos, los jefes, los comandantes de las revoluciones quieren hablar solos, sin que nadie les interrumpa, quieren llevar siempre la única e incontrovertida voz, como si fueran los dueños de las palabras y los demás  apenas oídos para oír y manos para aplaudir.

De modo que al negarse a debatir con Manuel Rosales, Chávez no solo y principalmente está pensando en los puntos que puede ganar o perder en las encuestas, sino en este ejercicio que se le debe negar a los otros, en este “atrevimiento” que no se le debe permitir a un simple mortal.

Debatir con él, el líder que adoran, veneran y adulan Noam Chomski, Hans Dieterich, Ignacio Ramonet, Danny Glover y Harry Belafonte, el que se reúne con el Papa Benedicto XVI, Vladimir Putin, Hu Jintao y Jacques Chirac, el único que ha visto 5 veces a Fidel Castro en su lecho de muerte y tuvo el coraje, la valentía y el genio de desafiar a George Bush desde su podio en la ONU.

Muy difícil, le queda grande a Rosales, tendría que graduarse primero, debatir con un niño de 8 años a ver si le gana, tomar el camino de la diferencia que solo marcan los líderes, los genios, los grandes, y olvidarse de que él, por ser ciudadano, venezolano, maracucho y hombre de a pie va inclinarse donde solo se acercan los nacidos para hacer historia.

Puro totalitarismo pues, que es como decir miedo a la democracia, a la pluralidad, al diálogo, a la libertad de oír a los demás, que es la forma más  hermosa y funcional de la libertad.
 

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  Artículo publicado en el vespertino El Mundo, 25 octubre 2006

 
 
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