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La madre Candelaria
por Macky Arenas
lunes, 28 abril 2008


Si bien es cierto que no era pobre de solemnidad, también lo es el que, luego de la muerte de su padre la familia quedó estrecha económicamente; y luego de la muerte de su madre, aquella jovencita que a partir de este fin de semana veneramos como Beata de la Iglesia Católica, se las vio más que negras para ocuparse de su numerosa familia. Sin embargo, aún así, lograba atender a todos aquellos a quienes les faltaba más que a ella.

Si bien es cierto que era una dama de la estirpe de los Bolívar, también lo es el que, en una Venezuela devastada por las guerras continuas, a nadie se le habría ocurrido exhibir el “pedigrée” como excusa para no arremangarse y poner manos a la obra. Mucho menos a ella quien, probablemente sin sospecharlo en sus comienzos, recorrería el nada sencillo camino de la vida religiosa y sería una fundadora.

Si bien es cierto que era mujer en un mundo de hombres en conflicto, eso no fue obstáculo para que levantara hospitales y escuelas en varios lugares de Venezuela, en épocas en que no existían ni el petróleo, ni las multimillonarias “misiones”, ni los ministerios, ni los Fondos sin fondo, ni los bancos populares. Nada de eso. Eran esas hermanitas, recogiendo limosnas y rezando, quienes penetraban, de verdad, barrio adentro y cerro arriba, sin maletines, chequeras ni escoltas, con una mística y una determinación que son la única explicación para que seres tan indefensos pudieran haber llevado a cabo una labor tan gigantesca.

Si bien es cierto que vivían en la extrema pobreza, también lo es el que jamás se les escuchó un “no se puede”. El ejemplo de vida de la Madre Candelaria infundía valor en sus compañeras. No tenían quirófanos privados, ni aparatos sofisticados, mucho menos veloces ambulancias. Pero si no había algodón, lo arrancaba ella misma de la mata. Si pedían bálsamo, ella misma traía del árbol la sangre de drago. Si a media noche un agonizante quería un vaso de leche, a esa hora iba y ordeñaba la vaca. Pero jamás se le escuchó contestar a un enfermo: “No hay”.

Si bien es cierto que le tocó desarrollar su vocación en tiempos de persecución para la Iglesia en Venezuela, cuando los conventos tuvieron que cerrar y emigrar, dejando un profundo vacío en aquellos corazones que, como el de la entonces aspirante, se encontraron huérfanos de referencias institucionales, también lo es el que Susana Paz Castillo supo sobreponerse, mantener y defender su fe, aportando valiosas iniciativas e impulsando congregaciones religiosas, aún sin asidero ni reconocimiento formal. Ella desafió la adversidad y el golpe que significó el positivismo guzmancista, con celo, coraje y búsqueda de la perfección evangélica.

El 31 de enero de 1940 murió en la ciudad de Cumaná. Y tanto tiempo después su obra sigue viva en un país donde todo dura poco. Tanto tiempo después llena el estadio universitario y, lo más significativo por estos días de soborno y simulación, ¡la gente pagó por ir! Tanto tiempo después el implacable escrutinio de Roma reconoció en ella cualidades y merecimientos para ser elevada a los altares. Definitivamente, hay cosas que pasan, se extinguen, mueren. El poder, la soberbia, el lujo, sucumben. Pero las hazañas del espíritu no son enajenables y regresan y se imponen, más allá del tiempo y por encima de cualquier miseria.

mackyar@gmail.com


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