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¡El socialismo soy yo…!
por Liko Pérez
lunes, 7 mayo 2007


A diferencia del magnífico film de Luís Armando Roche “El cine soy yo”, donde Asdrúbal Meléndez personifica la magia de lo virtual, a Chávez le es muy difícil hacer valer las virtualidades del supuesto socialismo del siglo XXI dentro del caos político, social y administrativo en que ha hundido al país. 

El esgrimir que  “El que está contra el Partido Unido está contra Chávez”  (y Chávez no está desarmado), es una represión execrable, una amenaza distanciada de cualquier legitimidad ética (siempre y cuando no existan éticas del mal que en nombre del bien propendan las bondades de un absolutismo total- y perdonen la redundancia). 

El totalitarismo en sí, cuando se descubre a sí mismo, es una obviedad absoluta y nada tiene de raro que logre persistir si no existe una contraparte que logre contraponer otro tipo de solución. 

En “El hombre rebelde” de Albert Camus, apunta el filósofo (no el escritor literario Camus) algunas de las metas del totalitarismo en boca de  Mussolini: 

Nada fuera del Estado, nada por encima del Estado, nada contra el Estado, todo para el Estado, y todos por el Estado en el Estado. 

Comencemos entonces por olvidarnos de una oposición, llámese esta partido comunista o partido liberal, si Chávez nos logra imponer la filosofía del nacional-socialismo. 

Chávez, en su alocución con motivo de la instauración del partido único expresó sin pelos en la lengua lo que Mussolini había retratado como la esencia del nacional-socialismo (quiero decir fascismo): 

“el Partido Socialista Unido tiene que ser un poderoso instrumento moral y si algún rico quiere formar parte de él debe comenzar por destinar su riqueza a la lucha contra la miseria y la pobreza” (todo para el Estado). 

Ya lo hemos entendido muy bien, ya no tenemos necesidad de describir más sino que el totalitarismo castro-chavista se ha quitado la careta y está anclado en el mero corazón de nuestra ex-república democrática. Sin embargo, es necesario dejar en claro que lo que hace falta es que nuestra sociedad entienda sus consecuencias y las contraponga a las ventajas del secuestrado orden democrático. 

Indiscutiblemente existen inmensas lagunas a llenar: ¿podríamos decir que la democracia de las dos últimas décadas satisfacía las necesidades de una sociedad crecientemente segregacionista? 

No, mientras no analicemos los inmensos errores que hicieron posible la peligrosa situación en la que nos encontramos hoy, no lograremos descubrir las bondades democráticas que hubiéramos podido disfrutar (y que esperábamos disfrutar con cualquier tipo de cambio político). 

Como bien decimos en nuestro país: ¡a llorar al valle…!. 

Aquí lo que hace falta ahora es entender que ya Venezuela no es la misma de antes (incluyendo los casi nueve terribles años de despilfarro humano y económico que nos ha dejado el castro-chavismo).  

En vez de seguir por el derrotero de un totalitarismo jamás experimentado (ni soñado) por nuestra población (a pesar de los idiotas abusos de una cuarta republica chucuta y avariciosa), lo que está en juego, para decirlo en criollo, es que ya ni siquiera nos queda el derecho a pataleo. Y pronto, más pronto que tarde, no nos quedará ni siquiera la posibilidad de no estar con el proceso para poder sobrevivir. 

Venezuela ya no es la misma. Venezuela, con el esfuerzo de todos, puede llegar a cristalizar esa otra que está por nacer. 

Siempre y cuando entendamos el abismo tenebroso que un nacional-socialismo (fascismo), puede acarrearle al país.


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