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País sin dibujo
por Lucy Gómez  
sábado, 22 diciembre 2007


La situación en la que vivimos la Navidad en Venezuela es la de habitantes de un país capitalista, que lleva máscara de socialista duro. Todo el mundo se comporta o quiere comportarse como si viviera en Nueva York, mientras el gobierno proclama que quisiera que viviéramos en La Habana o en Berlín oriental en la época de la postguerra. En realidad, apenas sobrevivimos en la periferia del mundo globalizado, a los efectos prácticos.

Por eso sufrimos todos los defectos, pocas ventajas y mucha de la habladera de paja que conllevan los vecinos de las grandes metrópolis. Oímos discursos sobre salvar a los pobres, acerca de la libertad y los derechos humanos, nos rodea mucho dinero que obtienen las élites del narcotráfico, de la la política y sus servidores. Las muertes “de la inseguridad” se hacen cada vez más trágicas, inútiles y numerosas.

La indefensa clase media sobrevive apenas y a los marginales, como siempre, le tira el gobierno migajas, en largas colas que arman todas las semanas en las grandes avenidas, para hacer ver que se preocupan porque coman los niños pobres. Música de fondo: salsa caribeña, hip hop, aguinaldo y gaita.

Tradicionalmente, la Navidad implica fiestas para la mayoría de nuestra gente, católicos en su mayoría y si no, influenciados por el rito y por la propaganda. Como vecinos del capitalismo, estamos inundados de san nicolases, de niños jesuses, de pinos canadienses, de nacimientos, de la última moda en ropa, lentes, zapatos, juguetes, cámaras, carros, computadoras, muñecas y muñecos de alta tecnología. Y que para regalar… Quién no los tiene o no los puede tener, se los arrebata al otro.

Mientras, el gobierno, que nos quiere educar, impide la producción de los capitalistas criollos, con amenazas y trabas que boicotean el abastecimiento básico. En vez de eso, fortalece importaciones espasmódicas. Ya todas sabemos: una vez llega mortadela de las islas del caribe, otras leche colombiana, de repente carne argentina, otras no llega nada. Se producen accidentes graves mientras tanto. Por ejemplo, importaron 1700 reses brasileñas en un barco de bandera libanesa que llegó a Puerto Cabello y cuando las reses llegaron, se produjo un accidente, el barco empezó a irse de lado y una tras otra, como en una película de horror, las vacas se quebraron las patas, empezaron a ser sacrificadas y a la mayoría las hicieron ahogar cuando la capitanía de puerto ordenó el hundimiento final del buque. Durante tres meses, los cadáveres fueron llegando tiesos y malolientes a las costas del centro del país, con alertas periódicas de contaminación.

Los supermercados en general, no tienen leche desde hace meses. Se señala como casos puntuales las peleas entre consumidores cada vez que llega una remesa. Los dueños de los supermercados han tenido que tomar medidas, como el ingreso de sólo ocho clientes por vez, el vender sólo a clientes comprobados, el ocultamiento de las remesas y la venta solo por encargo. Las medicinas tampoco llegan. Hay que peregrinar por lo menos por 10 farmacias antes de conseguir enjuagues bucales antibacterianos, para no hablar de los medicamentos específicos para crónicos, los antibióticos, las pastillas para el dolor de cabeza. Si usted quiere emborracharse, tiene que hacerlo a un precio setenta por ciento mas caro que hace cuatro meses, si quiere rasurarse, el vendedor le dice que compre ahora, porque en enero, las hojillas valdrán cuatro veces el valor de hoy.

La tesis del gobierno es que el socialismo se impondrá al final. El año que viene se cumplen 160 años de esta amenaza. (1) Mientras, nuestra vida económica se ha vuelto un desorden peligroso. Lo mas seguro es que quién sabe.

A esto se añade que las autoridades, enfrentadas a su fracaso, sobre todo en esta época de grandes gastos, de grandes esperanzas y de conciliación de presupuestos, no tienen como explicar que la erosión de los sueldos nos convirtió en un país de gente que debe tener dos y tres trabajos para poder sobrevivir. Se hace gimnasia bancaria, pagando con una tarjeta la otra, pagando con tarjeta el gasto básico de luz y gas, se vende el cupo de la tarjeta de crédito para obtener bolívares extra, se intenta a toda prisa gastar el dinero de hoy para que no desaparezca mañana.

En ese cuadro, la solución es la represión. Se nos anuncia que el gobierno no “concederá” más tarjetas de crédito prepagadas, porque se producen “grandes fraudes” con ellas. Quiénes tengan tarjetas mediante créditos normales aprobados por los bancos, tendrán que encontrar las facturas hasta de los cafés y del metro de Ciudad de México, si se les ocurre el gran pecado de viajar con dinero a precio oficial.

Olvida el gobierno, que no le da dólares a nadie. Que las tarjetas, los créditos, los dólares para viaje, son dinero que nosotros ganamos y que compramos al gobierno. .El gobierno es nuestro gran vendedor de dólares, porque los ha acaparado todos mediante su terrorismo legal. La última escena de esta obra teatral nacional es la de llamar a juicio a miles que compraron y vendieron legítimamente su dinero, para obtener la moneda de cambio, mundial, el dólar, que nos permite viajar y ejercer un derecho ciudadano, comprar bienes que no existen en nuestra economía o que son de difícil acceso, como libros o maquinaria, o sacar de Venezuela las ganancias legítimas que se quieren disfrutar en otra parte. Nos limitan la libertad de tránsito, la propiedad privada y el derecho a vivir donde nos de la gana.

No quiere decir que nos convirtamos por eso en pinches tiranos. Solamente, anotaremos que es lo que no hay que hacer para que este país se convierta en una nación civilizada y sin revancha. Debemos sacar del juego a los salvajes, a los mafiosos y a los enfermos de la política, sin muerte ni sangre. Ah, me olvidaba, y a los obsecuentes.

Esta mañana, me encontré en el metro a una vieja amiga, compañera de clases de la universidad. Después de abrazarla y hacerle la pregunta ritual: “¿y tú donde estás?”, me dijo que iba a buscar trabajo en enero, porque al haber trabajado para el gobierno, “como se dice que a lo mejor se cae”, alguien podía tacharla de comunista y “colgarla de un poste”. La abracé y le dije con una risa: “Niiiiiña, ¿que es eso? Yo te defiendo”.

Es posible que lo que mas la sorprendió por la cara que puso, fue mi confesión de ser opuesta, de esperar la caída y al mismo tiempo pensar tranquilamente en un después. La única manera de tener un país, es desterrando el horror de la revancha y usando la ley para que no haya impunidad. Son los dos filos de una misma espada.

Los errores sin fin que cometieron quiénes gobernaron en nuestro nombre, desde la independencia en Venezuela, no nos pueden convertir en monstruos devoradores de la Navidad, en estos parias que devoran lentamente a sus vecinos. No querida, todavía tenemos amor para tí. Y mucho. Todos somos víctimas de un país erróneo. Hay que volverlo a dibujar.

Notas
1) El Manifiesto Comunista. Carlos Marx. 1848.

lucgomnt@yahoo.es

 
 

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