La
situación en la que vivimos la Navidad en Venezuela es la
de habitantes de un país capitalista, que lleva máscara de
socialista duro. Todo el mundo se comporta o quiere
comportarse como si viviera en Nueva York, mientras el
gobierno proclama que quisiera que viviéramos en La Habana
o en Berlín oriental en la época de la postguerra. En
realidad, apenas sobrevivimos en la periferia del mundo
globalizado, a los efectos prácticos.
Por eso sufrimos todos los
defectos, pocas ventajas y mucha de la habladera de paja
que conllevan los vecinos de las grandes metrópolis. Oímos
discursos sobre salvar a los pobres, acerca de la libertad
y los derechos humanos, nos rodea mucho dinero que
obtienen las élites del narcotráfico, de la la política y
sus servidores. Las muertes “de la inseguridad” se hacen
cada vez más trágicas, inútiles y numerosas.
La indefensa clase media
sobrevive apenas y a los marginales, como siempre, le tira
el gobierno migajas, en largas colas que arman todas las
semanas en las grandes avenidas, para hacer ver que se
preocupan porque coman los niños pobres. Música de fondo:
salsa caribeña, hip hop, aguinaldo y gaita.
Tradicionalmente, la Navidad
implica fiestas para la mayoría de nuestra gente,
católicos en su mayoría y si no, influenciados por el rito
y por la propaganda. Como vecinos del capitalismo, estamos
inundados de san nicolases, de niños jesuses, de pinos
canadienses, de nacimientos, de la última moda en ropa,
lentes, zapatos, juguetes, cámaras, carros, computadoras,
muñecas y muñecos de alta tecnología. Y que para regalar…
Quién no los tiene o no los puede tener, se los arrebata
al otro.
Mientras, el gobierno, que nos
quiere educar, impide la producción de los capitalistas
criollos, con amenazas y trabas que boicotean el
abastecimiento básico. En vez de eso, fortalece
importaciones espasmódicas. Ya todas sabemos: una vez
llega mortadela de las islas del caribe, otras leche
colombiana, de repente carne argentina, otras no llega
nada. Se producen accidentes graves mientras tanto. Por
ejemplo, importaron 1700 reses brasileñas en un barco de
bandera libanesa que llegó a Puerto Cabello y cuando las
reses llegaron, se produjo un accidente, el barco empezó a
irse de lado y una tras otra, como en una película de
horror, las vacas se quebraron las patas, empezaron a ser
sacrificadas y a la mayoría las hicieron ahogar cuando la
capitanía de puerto ordenó el hundimiento final del buque.
Durante tres meses, los cadáveres fueron llegando tiesos y
malolientes a las costas del centro del país, con alertas
periódicas de contaminación.
Los supermercados en general,
no tienen leche desde hace meses. Se señala como casos
puntuales las peleas entre consumidores cada vez que llega
una remesa. Los dueños de los supermercados han tenido que
tomar medidas, como el ingreso de sólo ocho clientes por
vez, el vender sólo a clientes comprobados, el
ocultamiento de las remesas y la venta solo por encargo.
Las medicinas tampoco llegan. Hay que peregrinar por lo
menos por 10 farmacias antes de conseguir enjuagues
bucales antibacterianos, para no hablar de los
medicamentos específicos para crónicos, los antibióticos,
las pastillas para el dolor de cabeza. Si usted quiere
emborracharse, tiene que hacerlo a un precio setenta por
ciento mas caro que hace cuatro meses, si quiere
rasurarse, el vendedor le dice que compre ahora, porque en
enero, las hojillas valdrán cuatro veces el valor de hoy.
La tesis del gobierno es que
el socialismo se impondrá al final. El año que viene se
cumplen 160 años de esta amenaza. (1) Mientras, nuestra
vida económica se ha vuelto un desorden peligroso. Lo mas
seguro es que quién sabe.
A esto se añade que las
autoridades, enfrentadas a su fracaso, sobre todo en esta
época de grandes gastos, de grandes esperanzas y de
conciliación de presupuestos, no tienen como explicar que
la erosión de los sueldos nos convirtió en un país de
gente que debe tener dos y tres trabajos para poder
sobrevivir. Se hace gimnasia bancaria, pagando con una
tarjeta la otra, pagando con tarjeta el gasto básico de
luz y gas, se vende el cupo de la tarjeta de crédito para
obtener bolívares extra, se intenta a toda prisa gastar el
dinero de hoy para que no desaparezca mañana.
En ese cuadro, la solución es
la represión. Se nos anuncia que el gobierno no
“concederá” más tarjetas de crédito prepagadas, porque se
producen “grandes fraudes” con ellas. Quiénes tengan
tarjetas mediante créditos normales aprobados por los
bancos, tendrán que encontrar las facturas hasta de los
cafés y del metro de Ciudad de México, si se les ocurre el
gran pecado de viajar con dinero a precio oficial.
Olvida el gobierno, que no le
da dólares a nadie. Que las tarjetas, los créditos, los
dólares para viaje, son dinero que nosotros ganamos y que
compramos al gobierno. .El gobierno es nuestro gran
vendedor de dólares, porque los ha acaparado todos
mediante su terrorismo legal. La última escena de esta
obra teatral nacional es la de llamar a juicio a miles que
compraron y vendieron legítimamente su dinero, para
obtener la moneda de cambio, mundial, el dólar, que nos
permite viajar y ejercer un derecho ciudadano, comprar
bienes que no existen en nuestra economía o que son de
difícil acceso, como libros o maquinaria, o sacar de
Venezuela las ganancias legítimas que se quieren disfrutar
en otra parte. Nos limitan la libertad de tránsito, la
propiedad privada y el derecho a vivir donde nos de la
gana.
No quiere decir que nos
convirtamos por eso en pinches tiranos. Solamente,
anotaremos que es lo que no hay que hacer para que este
país se convierta en una nación civilizada y sin revancha.
Debemos sacar del juego a los salvajes, a los mafiosos y a
los enfermos de la política, sin muerte ni sangre. Ah, me
olvidaba, y a los obsecuentes.
Esta mañana, me encontré en el
metro a una vieja amiga, compañera de clases de la
universidad. Después de abrazarla y hacerle la pregunta
ritual: “¿y tú donde estás?”, me dijo que iba a buscar
trabajo en enero, porque al haber trabajado para el
gobierno, “como se dice que a lo mejor se cae”, alguien
podía tacharla de comunista y “colgarla de un poste”. La
abracé y le dije con una risa: “Niiiiiña, ¿que es eso? Yo
te defiendo”.
Es posible que lo que mas la
sorprendió por la cara que puso, fue mi confesión de ser
opuesta, de esperar la caída y al mismo tiempo pensar
tranquilamente en un después. La única manera de tener un
país, es desterrando el horror de la revancha y usando la
ley para que no haya impunidad. Son los dos filos de una
misma espada.
Los errores sin fin que
cometieron quiénes gobernaron en nuestro nombre, desde la
independencia en Venezuela, no nos pueden convertir en
monstruos devoradores de la Navidad, en estos parias que
devoran lentamente a sus vecinos. No querida, todavía
tenemos amor para tí. Y mucho. Todos somos víctimas de un
país erróneo. Hay que volverlo a dibujar.
Notas
1) El Manifiesto Comunista. Carlos Marx. 1848.
lucgomnt@yahoo.es