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Viviendo con la mafia
por Lucy Gómez
sábado, 14 octubre 2006

 

El distrito Metropolitano en el primer trimestre de 2006 registró  once mil delitos. El estado Carabobo lo sigue, con una concentración de casos  evidente en Valencia, con 5.281. Luego viene Aragua    con 4.612, Miranda con 4.449 y Bolívar con 4092. El aviso de media página  es  una estadística del ministerio del Interior y Justicia,   que se ha convertido en una pieza de propaganda electoral.  

Los habitantes de Caracas, Valencia, Maracay, Maracaibo,  sufren una ola de violencia abierta y cotidiana que aumenta desde hace veinte años. 26 muertos en un fin de semana en Valencia  o en Caracas, no son cosa rara.  Los reporteros de sucesos  redactan títulos que incluyen   cifras de muertos “de las últimas doce horas” y notas  donde se  expone  como causas del deceso, el    “enfrentamiento entre bandas” o la “resistencia al atraco”. La víctima se cruzó en la línea de fuego, se asomó a la ventana en mala hora , se movió de una manera que no le gustó al ladrón. Iba a buscar una medicina a la farmacia y  lo encontraron muerto de una puñalada. Ya la cosa se siente hasta normal. Como estrategia de supervivencia individual elemental, uno puede esconder los objetos de valor, no asomarse a la ventana, olvidarse de ponerse anillos,  pulseras, cadenas o   zarcillos, pero ¿que hay cuando la estrategia consiste en  conocer las bandas de la cuadra, saber cuando tienen “ una culebra”  para no atravesarse en un enfrentamiento y evitar cuidadosamente llegar a casa después de las siete de la noche?. Los toques de queda en los barrios como Nueva Tacagua empiezan mas temprano, a las cuatro de la tarde. 

Las características de la incontrolable violencia venezolana vienen siendo estudiadas  por Luis Pedro España, quién  en 1993 explicaba en SIC  sus características:  tiene un alto componente ritual, es decir que  se ejerce como un fin en si misma y no solamente para alcanzar objetivos económicos o políticos, es caótica, por lo cual carece de sentido estratégico o de modalidades de organización en torno a ejes que  la regularicen. Es impredecible, puede sorprender en cualquier lugar  o tiempo y   desproporcionada, tanto por  que la reacción es desmedida comparada con el estimulo inicial o porque aparece sin explicación. Cada vez menos hay  mecanismos  sociales  que resulten efectivos para contenerla .  Es mas, el crimen, la ilegitimidad, la ilegalidad, el tráfico de drogas  se han vuelto  mecanismos de ascenso social  mas rápidos y efectivos que la educación si se le entiende  vinculado solamente a la posesión de bienes. 

La convivencia con el criminal declarado  es  cosa de todos los días, tanto como con quiénes se mueven entre la legalidad y la complicidad: el aguantador, el policía que chapea al inocente y comparte ganancias con el asaltante, el empleado que da pistas para que roben un depósito, los “campaneros”  que avisan cuando llega la policía, el vecino  que se presta para guardar droga o armas. 

Se trata de la violencia cotidiana que se subregistra porque no snos conmueve como los  grandes crímenes. Esta violencia diaria tiene otros efectos: mina la capacidad de respuesta social, sustituyéndola por el miedo, el aislamiento, la incomunicación, la desconfianza. 

Hay respuestas básicas en nuestras grandes ciudades. En los sectores populares se acentúa el encierro territorial, la vida en los guettos en los que a veces se convierten los barrios superpobres. donde  cuesta demasiado dinero salir, el trabajo no compensa los gastos del pasaje, los zapatos, la ropa, la comida. Muchas de las mujeres  de estas zonas, embarazadas tempranamente y con dos o tres hijos a los veinticinco años,  se quedan dentro de la casa y del barrio. para siempre.  

Las  jóvenes que se mudan a la periferia que provienen de grupos pobres en ascenso o clase media empobrecida, y trabajan en la ciudad,  son otro grupo que paga un alto costo  de salud  mental y  física, por el tiempo eterno que se les va en  su traslado  al trabajo, la disminución el tiempo libre y  el aislamiento de su familia. Su relación es más con los compañeros de trabajo y con los intereses y metas  que con ellos comparten,  que  con los problemas de  su casa. 

En estos dos grupos  que se encuentran con frecuencia fragmentados, separados uno del otro, aunque vivan al lado,  en las ciudades y su periferia, aumentan los venezolanos que   no están unidos por  la idea de la pertenencia a una nacionalidad, por el respeto a un conductor político, por la  búsqueda de la libertad o de la igualdad, sino por  la  idea fija  de  encontrar estrategias inmediatas que le permitan  ganar dia a dia una hora mas de sueño, una hora menos de colas, un cupo para sus hijos, un  “tigre” que les permita redondear la quincena, un aumento que le permita mudarse del centro de Caracas,  comprarse una nevera nueva, reparar los baños o pagar una deuda. 

La moneda corriente en las grandes ciudades venezolanas  es  la frustración, la agresión, la incredulidad en el manejo honrado de las instituciones por ningún gobierno y la  creencia  en que es imposible que alguna vez  alguien pueda lograrlo  en Venezuela , aunado a  una honda  desilusión  del país. En realidad ese asunto se les está haciendo cada vez  mas lejano, un problema del que no hay necesidad de ocuparse , porque no hay posibilidad de que se pueda cambiar.  

Hay  un tercer fragmento de población  en situación en situación de increíble carencia y desgracia, los damnificados, sector en crecimiento  por los deslaves, el colapso del viaducto a La Guaira, las lluvias o el simple desplome  de  estructuras.  A ellos, las tensiones, el desarraigo, la segregación por el rechazo de muchos a la marginalidad, los han hecho reaccionar como cualquiera que se enfrente a una emergencia vital , disparándoles  todas las alarmas y haciendo que condicionen apoyos, organización  y metas generales a  la solución de su inmediato problema personal. 

Son ellos, a quiénes los conductores politicos de hoy  se dirigen para pedirles el voto. Los ofrecimientos crudos  de  esta campaña, que ofrecen simplemente supervivencia,  dan cuenta de que saben  con quiénes tratan. Lo que no parece tan claro es que sepan  a lo que se enfrentan. 

Para el año 1936, de las cincuenta ciudades mayores de Venezuela, solo tres tenían más de

50.000 habitantes. En el 55, sesenta y cinco por ciento de la población se ubicaba en ciudades de sólo 8000 habitantes. En el año noventa, las cincuenta ciudades venezolanas más grandes   tenían más de 50.000 habitantes. Hoy  92% de la población venezolana vive en ciudades de mas de  10.000 habitantes y según el último censo,  hace seis años,   hay cuatro ciudades que tienen mas de un millón  de habitantes, sometidos  a vivir en sitios precarios, con infraestructuras deterioradas. La mitad de los trabajadores de esas ciudades pertenecen al sector informal, es decir que viven sin prestaciones, sin seguridad social, muchos en la calle, vendiendo mercancía. Todos, sometidos  a la violencia, la declarada y la soterrada, viviendo con la mafia.

lucgomnt@yahoo.es    

 
 
 
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