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Irán y Venezuela: caimanes de un mismo pozo
por Gonzalo Iribarren
jueves, 5 abril 2007


El actual gobierno de Venezuela nos ha acercado a Irán de una manera impensable hace sólo unos diez años, lo cual hace necesario examinar algunos aspectos relevantes de nuestro nuevo socio preferencial. Materia aún más importante por las crecientes tensiones internacionales creadas por el programa nuclear que este país petrolero está empeñado en llevar adelante.

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Un impactante reportaje del 11 de diciembre del 2006 en la revista Business Week1 puede servir de punto de partida. De acuerdo con estudios recientes, la falta de inversión, mano de obra calificada y gerencia especializada, pueden provocar que la exportación de crudo iraní se reduzca a cero en los próximos diez años. Un país que en 1974, cinco años antes de la Revolución Islámica, producía 6,1 millones de barriles diarios ahora no llega a satisfacer la cuota OPEP con una producción de 3,9 millones.

La creciente deficiencia en producción petrolera no se debe a la falta de reservas, que son las segundas a nivel mundial, detrás de Arabia Saudita. Se debe a la negligencia con que se ha manejado la industria y a su continua utilización como alcancía de un gobierno populista. A esto se agrega que Irán es un importador neto de gasolina, cuyo consumo interno se ha disparado por su altísimo subsidio, y que por ende requiere de enormes cantidades de divisas.

El programa nuclear iraní, como generador de electricidad, es una respuesta a los problemas petroleros y ha estado en pie desde hace ya algunos años. Pero el enriquecimiento de uranio y los experimentos con plutonio han apoyado las sospechas que lo que realmente está detrás es la construcción de una bomba atómica.

Pese a todo lo que se dicho en contra por las autoridades iraníes, la inmensa mayoría de los especialistas coincide en que Irán está decidida a tener armas nucleares. El presidente iraní Mahmud Ahmadinejad ha declarado reiteradamente que “su país continuará trabajando para lograr su derecho a la tecnología nuclear en el menor tiempo posible”. Los expertos estiman que les tomará entre tres y siete años llegar a ser una potencia nuclear.

Irán quiere ser al menos una potencia regional, como parte del club nuclear junto con la India y China, y con influencia decisiva sobre el futuro de Israel, también ésta una potencia nuclear (no declarada). Además tiene aspiraciones sobre yacimientos petroleros en Irak y hasta posiblemente en el Noroeste de Arabia Saudita. Irán está consciente de que sus problemas internos –desempleo, inflación, descontento de la juventud, caída de producción petrolera, prostitución, drogas- no le dan mucho tiempo para posicionarse como desea; con el agravante que estudios demográficos indican que su fuerza laboral –y militar- se reducirá en una tercera parte dentro de una generación a medida que la población envejece.

La confrontación bélica entre los Estados Unidos e Irán parece acercarse inevitablemente
(2). Algunos analistas mantienen que el programa nuclear iraní frente a la política de seguridad nacional Norteamericana no tiene salida pacífica; otros que mientras más se espere Irán estará cada vez más débil (mientras no haya conseguido construir una bomba) y el actual liderazgo podría haber sido reemplazado por uno más moderado y más inclinado a la negociación. Entretanto los iraníes han sabido explotar las diferencias entre las potencias del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Rusia desea seguir haciendo negocios (actualmente está construyendo un reactor nuclear en Bushehr) y las naciones europeas (salvo Gran Bretaña) en su acostumbrada pasividad, esperan por soluciones diplomáticas.

Durante los próximos meses se verán los resultados de los esfuerzos diplomáticos y las sanciones aplicadas por las Naciones Unidas. Lo cierto es que para el mundo en general, y para los Estados Unidos e Israel en particular, sería catastrófico que Irán se convierta en una potencia nuclear. Tal como lo razona Caroline Glick en un fenomenal artículo (
3): aún en el caso más optimista, en que Irán no atacara a ningún país con su arsenal nuclear, lo utilizaría como instrumento internacional de influencia. Amenazando las rutas petroleras del Golfo Pérsico haría subir los precios de tal manera que devastaría las economías de los países consumidores. Bajo la protección de la amenaza nuclear cesarían todas las sanciones internacionales y los grupos terroristas, como Hezbullah y Al-Qaeda, llevarían a cabo una avanzada sin precedentes. Además, la exportación de la revolución Chiíta khomeinista hacia toda la región desestabilizaría a los país árabes moderados que se verían envueltos en una escalada armamentista jamás vista para tratar de sobrevivir.

Si las naciones occidentales democráticas están convencidas de la existencia del programa nuclear bélico de Irán no pueden permitir que éste se desarrolle. Tarde o temprano tendrán que enfrentarlo. Esta tarea le quedará inevitablemente a los Estados Unidos y probablemente también a Israel. Aunque no parece que esto contemple una invasión al estilo Irak, todo indica que la fuerza militar estará involucrada
(4).

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En este escenario el gobierno venezolano ha decidido convertirse en aliado, socio y apoyo de Irán. Las similitudes de los dos regímenes son muchas, también las ventajas mutuas de su alianza. Ambos están firmemente en el camino de la estatización de sus economías, de la planificación centralizada y del deseo de convertirse en potencias regionales enfrentadas a los Estados Unidos y a cualquiera de sus aliados. Esto sin mencionar el rechazo a la democracia y a los derechos humanos.

En el aspecto energético tanto Venezuela como Irán han utilizado sus industrias petroleras como apoyo irrestricto al populismo gubernamental. En ambos casos la caída de la producción es notoria, producto de la mala gerencia y operación. PDVSA todavía tiene acceso fácil al crédito y continúa endeudándose para acometer proyectos de inversión, que ya no puede financiar con fondos propios porque han sido utilizados para el gasto social. Venezuela ya va por el mismo camino de Irán importando gasolina para el consumo interno y, poco a poco, también ahuyentará a las empresas extranjeras que han sido las responsables de mantener los niveles de producción a medida que PDVSA ha reducido los suyos (
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1. “Surprise: Oil Woes in Iran” Business Week, December 11, 2006.
2. “Next stop Iran?” The Economist, February 8, 2007.
3. “If Iran gets the Bomb” Caroline Glick – Real Clear Politics, March 3, 2007.
4. “A countdown to confrontation” The Economist, February 8, 2007.
5. “El futuro de PDVSA” José Guerra – Tal Cual, 27 de marzo, 2007.


gonzalo.iribarren@gmail.com


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