Por
poco observador que uno sea, vivir en una sociedad decadente
lo va volviendo cada día más sensible al repetido
espectáculo del anacronismo. En el París actual, por
ejemplo, basta echar a andar por las calles con los ojos
bien abiertos y el oído atento, y siempre se acaban
detectando los signos de la ciega persistencia del ayer en
el hoy. No otra cosa denotan continuamente un sinfín de
conversaciones, hábitos, mensajes, actitudes e ideas; no
otra cosa connotan las diversas figuras y formas que puede
tomar la imagen de un país manifiestamente desfasado en el
tiempo. Recuerdo que, hace apenas un par de semanas, un
ceñudo funcionario galo me hablaba en el Salón del Libro de
“la universalidad de la cultura francesa” mientras en un
pasillo adyacente, varias pantallas proyectaban escenas de
los combates entre la policía y los jóvenes de origen
magrebí y subsahariano que quemaron más de cinco mil autos
en los suburbios parisinos el pasado otoño. Sin ir tan
lejos, basta hojear el suplemento literario de Le Monde
un par de veces al mes, para constatar que Philippe Sollers
sigue siendo un escritor de vanguardia, o que el
psicoanálisis lacaniano es todavía una respetable y
promisoria ciencia. Supongo que aquellos que vivieron en la
Alejandría de Kavafis o en la Viena de Klimt deben de haber
pasado por cosas semejantes y de seguro sentían más o menos
lo mismo que los que hoy vivimos en París. Me refiero a un
sutil clima de nostalgia que no dice su nombre, en parte,
porque lo ignora y, en parte, porque prefiere ignorarlo.
Quizás a eso se refería el grafito que un artista indonesio
pintó hace varios años en una de las paredes de la Ciudad
Universitaria: “París ya no existe: ha entrado en la
eternidad”. En el fondo, tenía razón, pues, desde hace un
par de décadas, pareciera que el tren de la historia dejó
atrás a la capital francesa y a lo mucho que representó,
durante tres siglos, dentro y fuera de Occidente.
Pero no hay
mal que por bien no venga, reza el dicho. Como si fuera un
involuntario homenaje que la postmodernidad le rinde a la
modernidad, en el París actual el anacronismo pone al
desnudo el pasado ante el presente, pero, al mismo tiempo,
levanta un mirador desde el cual se ven con más precisión
algunos aspectos de nuestro mundo contemporáneo. En este
sentido, creo que pocas experiencias resultan más
aleccionadoras para entender la tradición extraterritorial
de nuestra literatura que acercarse una tarde de éstas a
esos cafés de Saint-Germain o del Barrio Latino donde aún
hace tertulia un pequeño grupo de nuestros compatriotas,
diez o doce hispanomericanos ya muy parisinos y que parecen
sacados de una novelita de Bryce Echenique. Algunos vienen
de Colombia, otros del Perú, de Argentina o Centroamérica.
Muchos llegaron a Francia hace más de veinte años y ya rayan
en los cincuenta, pero siguen considerándose “jóvenes
escritores” y “esperanzadoras promesas”. Casi todos han
publicado uno o dos libros a cuenta de autor en las
distintas editoriales creadas por ellos mismos, o han
tratado de darse a conocer en las revistas que el grupo ha
ido fundando y cerrando, al ritmo que han dictado las
finanzas (o la paciencia de algún banquero). No hace falta
decir que ninguno ha perdido la fe en sí mismo y que todos
están convencidos de ser geniales. Si no han tenido éxito,
es simplemente porque nadie los ha descubierto todavía, un
error que tarde o temprano alguien en París se ocupará de
enmendar. “Mira, si no, lo que les pasó a Cortázar y a
Vargas Llosa: años y años escribiendo en sus buardillas,
dándole y dándole a la maquinita, hasta que un día...¡boom!”
No se cuántas
veces les oído repetir este mismo cuento u otros muy
parecidos. Pero es inútil tratar de explicarles que ya nada
de eso ocurrirá, pues sus sueños han ido adquiriendo un
perfecto blindaje quijotesco, a prueba de argumentos e
incluso de evidencias. Tanto es así que, al final, exhausto,
uno acaba dejándose arrastrar por su entusiasmo y les dice
que es verdad, que tienen razón, que todos y cada uno de
ellos no sólo son los herederos del Boom sino de las
tres o cuatro generaciones de escritores hispanoamericanos
que, de Darío a Sarduy, se han sucedido en París. Y me temo
que lo peor es que no hay nada de que reírse. Bien visto, es
cierto: ellos son los herederos de esa tradición aunque
hayan llegado demasiado tarde y ya no representen un eslabón
más en la gloriosa cadena sino una suerte de fin de linaje.
No en vano, aludiendo al último de los Austrias, un amigo
andaluz los bautizó con buen tino como “la peña de los
hechizados”. Cualquiera que pase por París, si se informa
con anticipación, puede asistir a alguna de sus curiosas
reuniones. Resulta fácil ver en ellos hoy una anacrónica
caricatura de lo que hemos sido, un vestigio o una imagen
congelada de nuestro pasado: el mito de la Ciudad Luz como
la Meca de nuestra literatura. Pero lo realmente complejo e
interesante es atreverse a comprobar que, de unos años acá,
la peña pareciera tener ramificaciones fuera de Francia,
digamos en Madrid, en Barcelona o en Nueva York. Y es que,
si le ponemos un poco de atención al presente, no tardaremos
en descubrir que mucho de lo que pasa en la actualidad por
nuestra literatura joven en el extranjero repite discursos,
gestos e ideas que corresponden, vaya sorpresa, al viejo
patrón de los hechizados.
Efectivamente, a los unos y a los otros pareciera que el
siglo XX se les ha prolongado demasiado y que la sombra de
los mayores se les ha vuelto casi como una segunda piel.
Pongamos por ejemplo el tema del papel que desempeña el
escritor latinoamericano en el extranjero, o, si se
prefiere, el asunto del lugar de enunciación desde el que
habla ante los otros. Históricamente, las respuestas a esta
cuestión han sido bastante diversas. Todos recordamos aún
aquella frase de Jacques Vaché que Cortázar estampó como
epígrafe al frente de Rayuela: “Nada te mata tanto a
un hombre como tener que representar a un país”. Por lo
general, se tiende a ver en ella una reivindicación del
individualismo y la independencia creadora por parte del
argentino, pero esto no excluye que se la pueda leer a la
par como una silenciosa crítica contra la actitud de tantos
y tantos escritores latinoamericanos que, al llegar a París,
solían transformarse de inmediato en improvisados
embajadores de sus repúblicas, cuando no en especiosos
aborígenes transplantados. Baste pensar en aquel Miguel
Angel Asturias que, sin saber maya, quería hacerse pasar por
el Gran Lengua de Guatemala, o en aquel Alejo Carpentier
que, en los cenáculos vanguardistas de la rive gauche,
fungía de apóstol de la negritud cubana. Varios de los
hechizados se sienten todavía llamados a asumir esos roles y
a arrogarse así una representatividad como portavoces de una
cultura, que hoy resulta difícil de justificar. Porque si es
verdad que, allá por los años treinta, e incluso por los
sesenta, se podía creer todavía que el escritor tenía el
privilegio de encarnar el alma de la nación y que la
escritura era el instrumento idóneo para darla a conocer, en
estos tiempos globalizados y multimedia sabemos que ya nadie
puede aspirar a totalizar la experiencia de una cultura y
menos con un sólo instrumento por muy rico y versátil que
sea. Ya sé que al humanista que todos llevamos dentro le
gustaría que las cosas fueran de otra manera. Pero lo cierto
es que en este presente nuestro al escritor le ha tocado un
lugar simbólicamente más modesto que a sus predecesores,
quizás como al libro le va correspondiendo un espacio cada
vez más limitado en esas librerías que se han ido
convirtiendo también en tiendas de discos, y luego de
películas y videos, y luego de comics y hasta de
juegos electrónicos.
Pero, a mi
modo de ver, el problema no reside sólo en el caracter
anacrónico de este papel de portavoz de una cultura sino
también en el anacronismo del tipo de discurso que, como en
el teatro tradicional japonés, ya está asociado a esa
máscara. Se trata de una vieja cancioncilla que todos
conocemos porque alguna vez la hemos cantado. En ella se
confunden nuestros más distintos paradigmas culturales, del
arielismo al realismo mágico, y del mundonovismo al
indigenismo. Juntos conforman el heróico y legendario relato
de una América Latina eternamente joven y que, como
cualquier adolescente, todavía anda buscándose a sí misma.
Al parecer, se nos habría perdido un espejo en alguna parte
y, como no lo encontramos, pues no sabemos quiénes somos y
es eso justamente lo que nos vuelve tan especiales e
interesantes. Simplifico y exagero, por supuesto, pero no
veo mejor manera de dar a entender la irritación que hoy
suscita este discursillo en el extranjero cuando se asiste a
una mesa redonda con nuestros jóvenes escritores y se le
vuelve a oír por enésima vez. Como me dijo con sorna una
periodista francesa en cierta ocasión, “ustedes, los
latinoamericanos, tienen tanto tiempo buscándose a sí mismos
que a lo mejor el día que se encuentren, ya ni siquiera se
reconocen...” No es improbable que esto ya haya ocurrido, o
ya esté ocurriendo. No es improbable incluso que ya estemos
desconociendo el propio mundo en que vivimos, pues, como
muchos saben, el corolario de nuestro famoso relato es
siempre la aparición del mestizaje, la palabrita mágica que
al final nos pone un rostro y sería como la solución
definitiva de nuestros conflictos históricos. No voy a
repetir los argumentos que actualmente ponen en tela de
juicio esta interpretación de nuestra cultura desde campos
tan distintos como la antropología o la sociología. Baste
pensar en lo que significa seguir pretendiendo hoy que el
mestizaje es un hecho específicamente nuestro cuando se
habla ante un público extranjero en ciudades como París,
Madrid, Londres o Los Angeles. Y es que cualquiera que se
asome a sus calles no puede menos que comprobar que allí
mestizaje es lo que hay, lo que está habiendo y lo que
habrá. Efectivamente, en menos de veinte años, los
movimientos de población generados por la globalización han
hecho de este fenómeno, que hasta ayer nos parecía tan
idiosincrático, una realidad planetaria y algo que se
perfila en breve como el horizonte común de la especie.
Todos seremos una sola raza de bronce.
Por ésta y
por otras razones, creo que la tradición extraterritorial de
nuestra literatura atraviesa en el presente por una crisis
de identidad que, a menos que se quiera seguir en la
anacrónica tertulia de los hechizados, exige que muchos de
nuestros escritores trasfugas, viajeros o trasterrados
revisen la idea que se han hecho de sí mismos. A todas
luces, los problemas que hoy se les plantean no son ya los
de antaño ni pueden resolverse con antiguas recetas. Tampoco
es igual su situación ni la manera como se les ve y se les
valora. Sabemos, por ejemplo, que, gracias al Boom,
la novela latinoamericana ha logrado conquistar y consolidar
una posición privilegiada en el mercado internacional de la
traducción. Y como el español es en la actualidad una de las
cinco lenguas más traducidas, resulta que nunca antes se
habían traducido tantas novelas latinoamericanas a otras
lenguas en todo lo que va de nuestra historia literaria.
Así, que escriba en Madrid o en Buenos Aires, en Nueva York
o en México, un escritor latinoamericano tiene hoy la
posibilidad de que lo lean en los sitios más alejados y en
idiomas que ni siquiera se imagina. Pero el reverso de la
medalla es menos brillante: si es cierto que nunca les
habían leído tanto afuera, no lo es menos que probablemente
nunca les habían leído tan poco adentro. Aunque carecemos
todavía de estadísticas generales sobre los hábitos de
lectura en Hispanoamérica, los estudios del CERLALC y las
quejas de la mayoría de los editores permiten adelantar un
diagnóstico: la demanda de ficción narrativa adulta es
débil, el mercado, estrecho y los tirajes, necesariamente
bajos. Hoy menos de la mitad de la población hispanomericana
lee y los que lo hacen, leen periódicos, documentos, libros
de autoayuda y, sí, a veces una obra de ficción, pero de
preferencia extranjera: Dan Brown o Stephen King.
¿Qué nos
dicen estos datos? Básicamente, dos cosas. La primera que,
en realidad, los novelistas latinoamericanos tienen cada vez
más como horizonte de recepción principal el horizonte
extranjero. La segunda que, si aquellos que están adentro ya
tienen dificultades para encontrar un público en el país,
aquellos que están afuera pueden ver cómo los vínculos con
su literatura nacional se vuelven más y más aleatorios a la
falta de lectores que reciclen sus obras a un nivel local.
Desde esta doble perspectiva, pareciera haber envejecido de
un golpe la conocida hoja de ruta de nuestro cursus
honorum, según la cual, como nadie es profeta en su
tierra, para ser reconocido en Lima, Santiago o Caracas, es
necesario triunfar en París o en Nueva York. Hoy puede
ocurrir esto sin que ocurra obligatoriamente aquello.
También son cada vez más numerosos los escritores
latinoamericanos radicados en Europa o en los Estados Unidos
cuyos libros son prácticamente desconocidos en sus países
respectivos, una situación que hace aún más complejo el
problema de la representatividad o la etiqueta nacional que
ostentan ante los otros. Porque si es verdad que representar
a un país puede matarte a un hombre, a veces nada te lo mata
tanto como no poder representarlo. No me refiero sólo a este
fenómeno reciente. Los escritores del exilio cubano, que han
visto cómo se les exluye de las antologías y se les borra de
las historias literarias nacionales, saben perfectamente de
qué estoy hablando.
Quizás
una de las grandes paradojas que nos traiga la globalización
sea esa transformación de las expectativas y los valores de
nuestro campo literario que haga que el verdadero desafío no
esté ya sólo en ser leído en el extranjero sino en
reconquistar al lector nacional. Pero esto supondría la
implementación en Latinoamérica de una vasta política
pública de apoyo a la lectura, algo que, hasta la fecha,
casi siempre ha fracasado. Y es que hay que decirlo: los
principales responsables de que en nuestros países se lea
tan poco no son los escritores ni los editores, ni los
distribuidores ni los libreros. Son nuestros estados y
nuestros ineficientes sistemas educativos. Pero más
preocupante aún es que, sobre sus fallas y carencias, se
alzan hoy los distintos populismos que traen en sus agendas
el proyecto de redimensionar nuestra cultura e introducir
criterios ideológicos y néo-etnicistas en la definición de
nuestras artes y nuestras letras. Ya le he oído decir a
algún colega norteamericano que la única literatura
propiamente peruana es la indígena o la indigenista. También
he oído decir que la única literatura venezolana que merece
estar presente en el extranjero es la literatura
bolivariana.
En los
antípodas de tales posturas, yo sigo creyendo que una de las
conquistas más importantes de las últimas generaciones
latinoamericanas es el derecho a escribir sobre lo que les
dé la gana y donde les dé la gana. Que Rey Rosa ponga a sus
personajes en Tánger, o Méndez Guedes en Canarias, o Volpi
en Berlín es algo que celebro y defiendo. Como Christopher
Dominguez Michael, pienso que el porvenir de nuestras
literaturas nacionales es desaparecer tarde o temprano en
esa vasta literatura flotante que hoy se escribe en lengua
española a un lado y otro del Atlántico. Pero, por
desgracia, también sé que, cuando le tenemos miedo al mundo,
nos da por volver a meternos en la cueva y que, entre
nosotros, la regresión está a la vuelta de la esquina. Por
ello no sólo me parece importante sino a la vez necesario
insistir actualmente en que la ya larga tradición
extraterritorial de la literatura latinoamericana constituye
una de las expresiones más abiertas, ricas y exitosas de
nuestra cultura. Gracias a ella, desde hace más de dos
siglos, diálogamos con los otros y con nosotros mismos. A
ella le debemos, entre otras muchas cosas, la cohesión y la
unidad del campo literario hispano, y la continua red de
relaciones que se teje dentro de nuestra lengua literaria
desde el modernismo hasta el presente. Servirla de cara a
este tiempo globalizado supone, en mi sentir, exigirle una
capacidad de renovación cada vez mayor. Y es que nadie
vendrá a descubrir a los hechizados ni ha de repetirse el
Boom ni hace falta disfrazarse del brujo de la tribu o
andar por el mundo de portavoz o de agente viajero en la
época de internet y del turismo de masas. Muy otros son los
retos que en la actualidad se les plantean a nuestros
extraterritoriales. Y quizás no sea el menor de ellos darle
una forma inédita a ese espíritu aventurero y cosmopolita
que, en el París de las vanguardias o en la Barcelona del
Boom, supo hacer de nuestra literatura un cuerpo vivo y
orgánico, algo más que una mera suma de libros, ambiciones e
individualidades. Dossiers como éste muestran que existe hoy
esa inquietud y también la voluntad de empezar a elaborar
una respuesta.
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Gustavo Guerrero es editor y crítico literario
venezolano
Artículo publicado en
Cuadernos Hispanoamericanos de Madrid (n° 674) |