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El discreto encanto del anacronismo
por Gustavo Guerrero
miércoles, 25 octubre 2006

 

     Por poco observador que uno sea, vivir en una sociedad decadente lo va volviendo cada día más sensible al repetido espectáculo del anacronismo. En el París actual, por ejemplo, basta echar a andar por las calles con los ojos bien abiertos y el oído atento, y siempre se acaban detectando los signos de la ciega persistencia del ayer en el hoy. No otra cosa denotan continuamente un sinfín de conversaciones, hábitos, mensajes, actitudes e ideas; no otra cosa connotan las diversas figuras y formas que puede tomar la imagen de un país manifiestamente desfasado en el tiempo. Recuerdo que, hace apenas un par de semanas, un ceñudo funcionario galo me hablaba en el Salón del Libro de “la universalidad de la cultura francesa” mientras en un pasillo adyacente, varias pantallas proyectaban escenas de los combates entre la policía y los jóvenes de origen magrebí y subsahariano que quemaron más de cinco mil autos en los suburbios parisinos el pasado otoño. Sin ir tan lejos, basta hojear el suplemento literario de Le Monde un par de veces al mes, para constatar que Philippe Sollers sigue siendo un escritor de vanguardia, o que el psicoanálisis lacaniano es todavía una respetable y promisoria ciencia. Supongo que aquellos que vivieron en la Alejandría de Kavafis o en la Viena de Klimt deben de haber pasado por cosas semejantes y de seguro sentían más o menos lo mismo que los que hoy vivimos en París. Me refiero a un sutil clima de nostalgia que no dice su nombre, en parte, porque lo ignora y, en parte, porque prefiere ignorarlo. Quizás a eso se refería el grafito que un artista indonesio pintó hace varios años en una de las paredes de la Ciudad Universitaria: “París ya no existe: ha entrado en la eternidad”. En el fondo, tenía razón, pues, desde hace un par de décadas, pareciera que el tren de la historia dejó atrás a la capital francesa y a lo mucho que representó, durante tres siglos, dentro y fuera de Occidente.

Pero no hay mal que por bien no venga, reza el dicho. Como si fuera un involuntario homenaje que la postmodernidad le rinde a la modernidad, en el París actual el anacronismo pone al desnudo el pasado ante el presente, pero, al mismo tiempo, levanta un mirador desde el cual se ven con más precisión algunos aspectos de nuestro mundo contemporáneo. En este sentido, creo que pocas experiencias resultan más aleccionadoras para entender la tradición extraterritorial de nuestra literatura que acercarse una tarde de éstas a esos cafés de Saint-Germain o del Barrio Latino donde aún hace tertulia un pequeño grupo de nuestros compatriotas, diez o doce hispanomericanos ya muy parisinos y que parecen sacados de una novelita de Bryce Echenique. Algunos vienen de Colombia, otros del Perú, de Argentina o Centroamérica. Muchos llegaron a Francia hace más de veinte años y ya rayan en los cincuenta, pero siguen considerándose “jóvenes escritores” y “esperanzadoras promesas”. Casi todos han publicado uno o dos libros a cuenta de autor en las distintas editoriales creadas por ellos mismos, o han tratado de darse a conocer en las revistas que el grupo ha ido fundando y cerrando, al ritmo que han dictado las finanzas (o la paciencia de algún banquero). No hace falta decir que ninguno ha perdido la fe en sí mismo y que todos están convencidos de ser geniales. Si no han tenido éxito, es simplemente porque nadie los ha descubierto todavía, un error que tarde o temprano alguien en París se ocupará de enmendar. “Mira, si no, lo que les pasó a Cortázar y a Vargas Llosa: años y años escribiendo en sus buardillas, dándole y dándole a la maquinita, hasta que un día...¡boom!”

No se cuántas veces les oído repetir este mismo cuento u otros muy parecidos. Pero es inútil tratar de explicarles que ya nada de eso ocurrirá, pues sus sueños han ido adquiriendo un perfecto blindaje quijotesco, a prueba de argumentos e incluso de evidencias. Tanto es así que, al final, exhausto, uno acaba dejándose arrastrar por su entusiasmo y les dice que es verdad, que tienen razón, que todos y cada uno de ellos no sólo son los herederos del Boom sino de las tres o cuatro generaciones de escritores hispanoamericanos que, de Darío a Sarduy, se han sucedido en París. Y me temo que lo peor es que no hay nada de que reírse. Bien visto, es cierto: ellos son los herederos de esa tradición aunque hayan llegado demasiado tarde y ya no representen un eslabón más en la gloriosa cadena sino una suerte de fin de linaje. No en vano, aludiendo al último de los Austrias, un amigo andaluz los bautizó con buen tino como “la peña de los hechizados”. Cualquiera que pase por París, si se informa con anticipación, puede asistir a alguna de sus curiosas reuniones. Resulta fácil ver en ellos hoy una anacrónica caricatura de lo que hemos sido, un vestigio o una imagen congelada de nuestro pasado: el mito de la Ciudad Luz como la Meca de nuestra literatura. Pero lo realmente complejo e interesante es atreverse a comprobar que, de unos años acá, la peña pareciera tener ramificaciones fuera de Francia, digamos en Madrid, en Barcelona o en Nueva York. Y es que, si le ponemos un poco de atención al presente, no tardaremos en descubrir que mucho de lo que pasa en la actualidad por nuestra literatura joven en el extranjero repite discursos, gestos e ideas que corresponden, vaya sorpresa,  al viejo patrón de los hechizados.

Efectivamente, a los unos y a los otros pareciera que el siglo XX se les ha prolongado demasiado y que la sombra de los mayores se les ha vuelto casi como una segunda piel. Pongamos por ejemplo el tema del papel que desempeña el escritor latinoamericano en el extranjero, o, si se prefiere, el asunto del lugar de enunciación desde el que habla ante los otros. Históricamente, las respuestas a esta cuestión han sido bastante diversas. Todos recordamos aún aquella frase de Jacques Vaché que Cortázar estampó como epígrafe al frente de Rayuela: “Nada te mata tanto a un hombre como tener que representar a un país”. Por lo general, se tiende a ver en ella una reivindicación del individualismo y la independencia creadora por parte del argentino, pero esto no excluye que se la pueda leer a la par como una silenciosa crítica contra la actitud de tantos y tantos escritores latinoamericanos que, al llegar a París, solían transformarse de inmediato en improvisados embajadores de sus repúblicas, cuando no en especiosos aborígenes transplantados. Baste pensar en aquel Miguel Angel Asturias que, sin saber maya, quería hacerse pasar por el Gran Lengua de Guatemala, o en aquel Alejo Carpentier que, en los cenáculos vanguardistas de la rive gauche, fungía de apóstol de la negritud cubana. Varios de los hechizados se sienten todavía llamados a asumir esos roles y a arrogarse así una representatividad como portavoces de una cultura, que hoy resulta difícil de justificar. Porque si es verdad que, allá por los años treinta, e incluso por los sesenta, se podía creer todavía que el escritor tenía el privilegio de encarnar el alma de la nación y que la escritura era el instrumento idóneo para darla a conocer, en estos tiempos globalizados y multimedia sabemos que ya nadie puede aspirar a totalizar la experiencia de una cultura y menos con un sólo instrumento por muy rico y versátil que sea. Ya sé que al humanista que todos llevamos dentro le gustaría que las cosas fueran de otra manera. Pero lo cierto es que en este presente nuestro al escritor le ha tocado un lugar simbólicamente más modesto que a sus predecesores, quizás como al libro le va correspondiendo un espacio cada vez más limitado en esas librerías que se han ido convirtiendo también en tiendas de discos, y luego de películas y videos, y luego de comics  y hasta de juegos electrónicos.

Pero, a mi modo de ver, el problema no reside sólo en el caracter anacrónico de este papel de portavoz de una cultura sino también en el anacronismo del tipo de discurso que, como en el teatro tradicional japonés, ya está asociado a esa máscara. Se trata de una vieja cancioncilla que todos conocemos porque alguna vez la hemos cantado. En ella se confunden nuestros más distintos paradigmas culturales, del arielismo al realismo mágico, y del mundonovismo al indigenismo. Juntos conforman el heróico y legendario relato de una América Latina eternamente joven y que, como cualquier adolescente, todavía anda buscándose a sí misma. Al parecer, se nos habría perdido un espejo en alguna parte y, como no lo encontramos, pues no sabemos quiénes somos y es eso justamente lo que nos vuelve tan especiales e interesantes. Simplifico y exagero, por supuesto, pero no veo mejor manera de dar a entender la irritación que hoy suscita este discursillo en el extranjero cuando se asiste a una mesa redonda con nuestros jóvenes escritores y se le vuelve a oír por enésima vez. Como me dijo con sorna una periodista francesa en cierta ocasión, “ustedes, los latinoamericanos, tienen tanto tiempo buscándose a sí mismos que a lo mejor el día que se encuentren, ya ni siquiera se reconocen...” No es improbable que esto ya haya ocurrido, o ya esté ocurriendo. No es improbable incluso que ya estemos desconociendo el propio mundo en que vivimos, pues, como muchos saben, el corolario de nuestro famoso relato es siempre la aparición del mestizaje, la palabrita mágica que al final nos pone un rostro y sería como la solución definitiva de nuestros conflictos históricos. No voy a repetir los argumentos que actualmente ponen en tela de juicio esta interpretación de nuestra cultura desde campos tan distintos como la antropología o la sociología. Baste pensar en lo que significa seguir pretendiendo hoy que el mestizaje es un hecho específicamente nuestro cuando se habla ante un público extranjero en ciudades como París, Madrid, Londres o Los Angeles. Y es que cualquiera que se asome a sus calles no puede menos que comprobar que allí mestizaje es lo que hay, lo que está habiendo y lo que habrá. Efectivamente, en menos de veinte años, los movimientos de población generados por la globalización han hecho de este fenómeno, que hasta ayer nos parecía tan idiosincrático, una realidad planetaria y algo que se perfila en breve como el horizonte común de la especie. Todos seremos una sola raza de bronce.

Por ésta y por otras razones, creo que la tradición extraterritorial de nuestra literatura atraviesa en el presente por una crisis de identidad que, a menos que se quiera seguir en la anacrónica tertulia de los hechizados, exige que muchos de nuestros escritores trasfugas, viajeros o trasterrados revisen la idea que se han hecho de sí mismos. A todas luces, los problemas que hoy se les plantean no son ya los de antaño ni pueden resolverse con antiguas recetas. Tampoco es igual su situación ni la manera como se les ve y se les valora. Sabemos, por ejemplo, que, gracias al Boom, la novela latinoamericana ha logrado conquistar y consolidar una posición privilegiada en el mercado internacional de la traducción. Y como el español es en la actualidad una de las cinco lenguas más traducidas, resulta que nunca antes se habían traducido tantas novelas latinoamericanas a otras lenguas en todo lo que va de nuestra historia literaria. Así, que escriba en Madrid o en Buenos Aires, en Nueva York o en México, un escritor latinoamericano tiene hoy la posibilidad de que lo lean en los sitios más alejados y en idiomas que ni siquiera se imagina. Pero el reverso de la medalla es menos brillante: si es cierto que nunca les habían leído tanto afuera, no lo es menos que probablemente nunca les habían leído tan poco adentro. Aunque carecemos todavía de estadísticas generales sobre los hábitos de lectura en Hispanoamérica, los estudios del CERLALC y las quejas de la mayoría de los editores permiten adelantar un diagnóstico: la demanda de ficción narrativa adulta es débil, el mercado, estrecho y los tirajes, necesariamente bajos. Hoy menos de la mitad de la población hispanomericana lee y los que lo hacen, leen periódicos, documentos, libros de autoayuda y, sí, a veces una obra de ficción, pero de preferencia extranjera: Dan Brown o Stephen King.

¿Qué nos dicen estos datos? Básicamente, dos cosas. La primera que, en realidad, los novelistas latinoamericanos tienen cada vez más como horizonte de recepción principal el horizonte extranjero. La segunda que, si aquellos que están adentro ya tienen dificultades para encontrar un público en el país, aquellos que están afuera pueden ver cómo los vínculos con su literatura nacional se vuelven más y más aleatorios a la falta de lectores que reciclen sus obras a un nivel local. Desde esta doble perspectiva, pareciera haber envejecido de un golpe la conocida hoja de ruta de nuestro cursus honorum, según la cual, como nadie es profeta en su tierra, para ser reconocido en Lima, Santiago o Caracas, es necesario triunfar en París o en Nueva York. Hoy puede ocurrir esto sin que ocurra obligatoriamente aquello. También son cada vez más numerosos los escritores latinoamericanos radicados en Europa o en los Estados Unidos cuyos libros son prácticamente desconocidos en sus países respectivos, una situación que hace aún más complejo el problema de la representatividad o la etiqueta nacional que ostentan ante los otros. Porque si es verdad que representar a un país puede matarte a un hombre, a veces nada te lo mata tanto como no poder representarlo. No me refiero sólo a este fenómeno reciente. Los escritores del exilio cubano, que han visto cómo se les exluye de las antologías y se les borra de las historias literarias nacionales, saben perfectamente de qué estoy hablando. 

      Quizás una de las grandes paradojas que nos traiga la globalización sea esa transformación de las expectativas y los valores de nuestro campo literario que haga que el verdadero desafío no esté ya sólo en ser leído en el extranjero sino en reconquistar al lector nacional. Pero esto supondría la implementación en Latinoamérica de una vasta política pública de apoyo a la lectura, algo que, hasta la fecha, casi siempre ha fracasado. Y es que hay que decirlo: los principales responsables de que en nuestros países se lea tan poco no son los escritores ni los editores, ni los distribuidores ni los libreros. Son nuestros estados y nuestros ineficientes sistemas educativos. Pero más preocupante aún es que, sobre sus fallas y carencias, se alzan hoy los distintos populismos que traen en sus agendas el proyecto de redimensionar nuestra cultura e introducir criterios ideológicos y néo-etnicistas en la definición de nuestras artes y nuestras letras. Ya le he oído decir a algún colega norteamericano que la única literatura propiamente peruana es la indígena o la indigenista. También he oído decir que la única literatura venezolana que merece estar presente en el extranjero es la literatura bolivariana.

En los antípodas de tales posturas, yo sigo creyendo que una de las conquistas más importantes de las últimas generaciones latinoamericanas es el derecho a escribir sobre lo que les dé la gana y donde les dé la gana. Que Rey Rosa ponga a sus personajes en Tánger, o Méndez Guedes en Canarias, o Volpi en Berlín es algo que celebro y defiendo. Como Christopher Dominguez Michael, pienso que el porvenir de nuestras literaturas nacionales es desaparecer tarde o temprano en esa vasta literatura flotante que hoy se escribe en  lengua española a un lado y otro del Atlántico. Pero, por desgracia, también sé que, cuando le tenemos miedo al mundo, nos da por volver a meternos en la cueva y que, entre nosotros, la regresión está a la vuelta de la esquina. Por ello no sólo me parece importante sino a la vez necesario insistir actualmente en que la ya larga tradición extraterritorial de la literatura latinoamericana constituye una de las expresiones más abiertas, ricas y exitosas de nuestra cultura. Gracias a ella, desde hace más de dos siglos, diálogamos con los otros y con nosotros mismos. A ella le debemos, entre otras muchas cosas, la cohesión y la unidad del campo literario hispano, y la continua red de relaciones que se teje dentro de nuestra lengua literaria desde el modernismo hasta el presente. Servirla de cara a este tiempo globalizado supone, en mi sentir, exigirle una capacidad de renovación cada vez mayor. Y es que nadie vendrá a descubrir a los hechizados ni ha de repetirse el Boom ni hace falta disfrazarse del brujo de la tribu o andar por el mundo de portavoz o de agente viajero en la época de internet y del turismo de masas. Muy otros son los retos que en la actualidad se les plantean a nuestros extraterritoriales. Y quizás no sea el menor de ellos darle una forma inédita a ese espíritu aventurero y cosmopolita que, en el París de las vanguardias o en la Barcelona del Boom, supo hacer de nuestra literatura un cuerpo vivo y orgánico, algo más que una mera suma de libros, ambiciones e individualidades. Dossiers como éste muestran que existe hoy esa inquietud y también la voluntad de empezar a elaborar una respuesta.  
 

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  Gustavo Guerrero es editor y crítico literario venezolano
   Artículo publicado en
Cuadernos Hispanoamericanos de Madrid (n° 674)

 
 
 
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