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Alborozo en La Habana
por Fernando Luis Egaña
lunes, 15 enero 2007


En estos días recordaba Robert Bottome en uno de los editoriales radiales de Veneconomía, que Fidel Castro siempre trató de subordinar a Venezuela a su proyecto de poder, lo que no pudo conseguir sino a partir de 1999.

Y hoy en día la dependencia recíproca de la "revolución cubana" y la "revolución bolivarista" es un hecho indiscutible. El señor Chávez necesita la estrategia de Fidel, y para Raúl es indispensable el petrodólar venezolano. Pero toda reciprocidad tiene su tiempo finito.

Por ello tuvo plena razón el mayor de los Castro Ruz al escribir que el futuro de la revolución cubana dependía de la aprobación de la enmienda continuista, es decir de la posibilidad de permanencia de Chávez en Miraflores. Obvio que el destino incierto del castro-comunismo se habría hecho aún más espeso de no haberse consagrado la reelección indefinida en Venezuela.

Y para lograrlo, a contracorriente de la percepción generalizada a finales del año pasado, el mentor cubano y su principal discípulo debieron delinear una estrategia de ataque y avasallamiento que terminó por favorecer sus pretensiones. El señor Chávez suele calificarlas de "perfectas", y acaso no haya otro habitante del planeta tierra con más credenciales en las artes de la supervivencia política que, precisamente, el saurio cubano.

Ya ni escandaliza, por tanto, que antes, durante y después de las iniciativas o campañas que emprende nuestro oficialismo, el mandatario venezolano acuda al santuario habanero en busca de luces y dirección. Y entre pidiendo línea y rindiendo cuenta, todavía tiene el tupé de alegar que Venezuela era una colonia extranjera antes de 1999.

Pero el gran aporte de Fidel Castro no se ha limitado solamente a compartir su habilidosa sapiencia, también ha desplegado en Venezuela un verdadero ejercito funcionarial que se encarga de disciplinar la informalidad criolla en aras de fortalecer el proyecto de dominación en marcha. Casi no hay vertiente administrativa en la que el acento cubano no sea la máxima instancia.

¿La contrapartida? Todos la conocen aunque pocos puedan dar cuenta de su exacta dimensión cuantitativa: una transferencia masiva de recursos financieros a través del subsidio petrolero, y su multiplicación en todos los órdenes de la gestión gubernativa del Estado cubano. Desde la electrificación de La Habana, hasta el apertrechamiento militar, pasando por el costeo burocrático y la reventa de petróleo.

En pocas palabras, la sustitución de la tradicional subvención soviética desmoronada a comienzos de los años 90, por la bolivarista iniciada a finales de esa misma década. Cosa curiosa: el camino chino de la revolución cubana pavimentado con dólares venezolanos. De allí la inusual confesión fidelista sobre la importancia existencial del continuismo chavista.

Sin embargo, las bases de la mutua dependencia son, para decir lo menos, precarias. Por un lado, Fidel con más de 80 años y una salud deteriorada, y por el otro, un derrumbe de los precios petroleros en el mercado internacional cuya evolución es difícil de predecir. El alborozo de la reciente reunión en La Habana puede, más temprano que tarde, dar paso a un clima harto distinto.
 

flegana@gmail.com

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 Columnista, profesor universitario y ex-Ministro de Información


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