Barack
H. Obama no parece conocer mucho de América Latina, y ese
desentendimiento que sin duda no es una novedad para un
candidato con grandes posibilidades de llegar a la Casa
Blanca, en su caso se refuerza porque su ascendencia keniana
y su crianza indonesa lo vinculan más con África y Asia que
con nuestra parte del mundo. Quizá el primer Bush sea el más
reciente de los presidentes estadounidenses que al arribar
al poder tenían una cierta compenetración con las realidades
latinoamericanas.
Por fortuna Obama cuenta a su lado con Bill Richardson,
actual gobernador de Nuevo México, y antiguo secretario de
Energía y embajador en la ONU cuando su tocayo Bill Clinton.
Richardson si está familiarizado con los asuntos de América
Latina, y no sólo por su veteranía diplomática y gubernativa
en la región sino también por ser lo que en Washington
llaman un "hispano articulado". Especial conocimiento tiene,
por cierto, de la realidad venezolana desde por lo menos la
década de los años 90.
Durante la precampaña por la nominación demócrata, Obama
coqueteó con los sindicatos disparándole al Nafta y en
general a las iniciativas de tratados de libre comercio con
países o subregiones americanas. Hasta Hillary Clinton le
secundó en esas concesiones a la demagogia electoral.
Después se supo que algunos de sus colaboradores principales
matizaron los argumentos ante representantes de Canadá y
México.
El neo-proteccionismo gringo no es una buena noticia al sur
del Río Bravo, y particularmente preocupante en Brasil. En
todo caso, de ganar Obama las elecciones de noviembre no
parece muy probable que Estados Unidos varíe
significativamente su política de integración comercial.
Recordemos que los mandatarios republicanos Reagan y Bush
(padre) impulsaron el tratado con México pero fue el
presidente demócrata Clinton quien lo redondeó y firmó.
Lo que sí podría ocurrir es un mayor activismo político,
incluso a nivel presidencial. El diálogo directo con la Cuba
de Raúl Castro, por ejemplo, se sopesaría con atención, y
quizá habría un renovado interés en lidiar con Chávez de
manera que las traumáticas relaciones políticas se
correspondieran más con las rentables relaciones económicas.
Han habido algunas declaraciones al respecto, un tanto
contradictorias, es cierto, pero que sugieren la intención
de encontrar un "modus vivendi" político que no prescinda de
las legitimas aspiraciones democráticas de la sociedad
cubana, y de la lucha tenaz que libra la sociedad venezolana
para impedir la perpetuación del régimen imperante.
En una eventual administración Obama habría que cruzar los
dedos para que el Centro Carter no tuviese un papel
determinante en la política hacia América Latina. Y es que
tan desaconsejable para nosotros es la visión
neo-conservadora de Bush como la condescendencia
seudo-académica de la "gauche-caviar" norteamericana, con
todo y sus simplismos hollywoodenses.
Pero claro, para que todo esto importe tiene Obama que
ganarle los comicios a John McCain, quien, aparte de haber
nacido en la entonces Zona del Canal de Panamá hace 71 años,
tampoco luce engarzado en los intríngulis latinoamericanos.
Al igual que la inmensa mayoría de sus connacionales,
infinitamente más preocupados por el precio de la gasolina o
por el futuro de la presencia bélica en Irak que por
cualquier tema relacionado con las relaciones hemisféricas.
De lo que sí hay poca duda es de las simpatías que despierta
Barack Obama en la opinión pública de nuestros países. Ojalá
y ello impacte favorablemente en la orientación del voto
"hispano" en Estados Unidos, cuya importancia puede ser
decisiva para elegir al 44° Presidente de aquella gran
nación.
flegana@movistar.net.ve
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Columnista,
profesor universitario y ex-Ministro de Información |