Uno de los
temas favoritos de la retórica gubernativa es la
“independencia”. Pero no sólo la independencia como el
proceso de emancipación a comienzos del siglo XIX, sino
sobre todo la supuesta “nueva independencia” que Venezuela
habría conquistado, claro está, gracias a la “revolución
bolivarista”.
Sin
embargo, un examen objetivo de los hechos y evidencias
demuestran que la realidad del presente venezolano se
distancia tanto pero tanto de la retórica, que ésta en
verdad resulta de signo diametralmente opuesto. Y esa
realidad se caracteriza por la presencia asfixiante de un
conjunto de cadenas que refuerzan dependencias tradicionales
y que además establecen otras de factura netamente
“revolucionaria”.
La primera
de ellas es la dependencia castrista o la subordinación
general del Estado nacional al control directo o indirecto
que se ejerce desde La Habana. Una dependencia que abarca
numerosos aspectos que van desde la cubanización de
organismos administrativos, hasta la supervisión de tareas
sensibles como la identificación y la policía política.
Acaso la principal de todas sea la dependencia personal y
política del “comandante-presidente” al influjo de los
hermanos Castro Ruz y en particular de Fidel Castro.
Otra de las
dependencias potenciadas es la petrolera. Tradicional de
muchas décadas, es cierto, pero ahora llevada a la máxima
expresión. Y no en sentido figurado sino exacto: más del 95%
de los ingresos del país provienen del petróleo, y no como
actividad productiva capaz de crecer sino más bien
dependencia de los altos precios del mercado internacional.
Somos más dependientes porque producimos menos y en la
práctica hemos perdido la capacidad de producir más.
Está
también una dependencia sobrevenida en estos años: la
dependencia despótica. Vale decir, el montaje de un aparato
de poder cada vez más personalista, centralista y
concentrador de facultades, que ha terminado de vaciar al
Estado democrático, hoy en día transmutado en fachada
formal, y que así mismo promueve una dominación creciente
sobre todas las áreas de vida económica, política, social y
comunicacional de la nación.
Y desde
luego no podía faltar la dependencia estatista o populista,
en virtud de la cual gran parte de la población depende
directamente de la subvención estatal para más o menos
mantener su sobrevivencia personal y familiar. Dependencia
que se concibe y ejerce como instrumento de condicionamiento
político hacia los sectores más necesitados.
¿Nueva
independencia? Al revés. Las cadenas de la dependencia están
haciendo de Venezuela y los venezolanos, un país atado a un
poder hegemónico y continuista.