En su enfrentamiento con
Bogotá, el gobierno Chávez ha asumido la tesis de que los
hechos de violencia fronteriza, muchos de ellos de carácter
estrictamente delincuencial, son ejecutados por
“paramilitares”. Estos “paramilitares”, según Caracas,
actuarían según un plan mayor concertado por los gobiernos
de EEUU y Colombia. La tesis fue esgrimida esta semana por
el canciller de Chávez, Nicolás Maduro y está siendo
repetida por múltiples voceros oficiales en lo que pareciera
ser una campaña comunicacional. Incluso las altas tasas de
criminalidad que presentan las principales ciudades del
país, y que constituye uno de los temas que más erosionan la
popularidad presidencial, está siendo achacado a “los
paramilitares” por publicistas de mensajes oficialistas.
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Uno de los objetivos de la
campaña comunicacional oficial sobre el paramilitarismo
sería abrir un proceso contra el gobernador del fronterizo
estado Táchira, el opositor Cesar Pérez Vivas, cuya victoria
no ha sido asimilada por el oficialismo. En uno de sus
usuales programas televisivos, el presidente Chávez auguró
que Pérez Vivas tendría que pedir asilo en Perú, lo cual ha
sido interpretado en la oposición venezolana como el
arranque de una ofensiva oficialista para defenestrar al
electo gobernador del Táchira.
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A juicio de analistas
consultados en Caracas y Bogotá, pareciera que la acción de
Venezuela hacia Colombia se ha encasillado en la hipótesis
de un conflicto incluso de carácter bélico.
En el alto gobierno
colombiano se tiene la impresión de que Chávez ha optado
por no mejorar las relaciones con el vecino y, en contrario,
está ordenando acciones específicas contra Colombia. La más
reciente de ella habría sido la suspensión de las revisiones
fito-sanitarias a los productos colombianos en trámite de
ingreso a Venezuela, con lo cual esas mercancías rápidamente
perecederas ven imposibilitado su ingreso al país. Ante la
ausencia de instancias bilaterales para tratas estos temas,
Colombia optó por llevarlo a consideración de la
Organización Mundial de Comercio.
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La zona fronteriza
venezolano colombiana, en su sección Táchira - Norte de
Santander, se ha convertido en los últimos años en escenario
para la acción de pequeños ejércitos de diverso signo y
propósitos, que ya abiertamente compiten por hegemonías
territoriales.
Una lista parcial de esas
organizaciones incluye a las guerrillas del ELN y las Farc
(alabadas esta semana por diputados oficialistas
venezolanos); la guerrilla pro chavista de las Fuerzas
Bolivarianas de Liberación, exguerrilleros colombianos
organizados en grupos delincuenciales, grupos herederos de
las liquidadas Autodefensas de Colombia entre los cuales se
menciona en la prensa colombiana a la organización “Águilas
Negras”, mafias binacionales asociadas al comercio ilegal de
gasolina, bandas de delincuentes comunes y, por supuesto,
las líneas locales del narcotráfico internacional. A todo
ello se debe sumar la inmensa masa de población dedicada al
comercio fronterizo, a las hormigas (caleteros, maleteros,
pimpineros, trocheros, etc.) que viven del transporte local
de mercancías, los cuales se han convertido en ilegales de
la noche a la mañana, debido a las restricciones que Chávez
ha impuesto al comercio con Colombia.
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El texto del acuerdo
“complementario para la cooperación y asistencia técnica en
defensa y seguridad” entre Colombia y EEUU fue difundido por
el gobierno colombiano esta semana. El documento establece
en su Preámbulo que los dos países se disponen a “enfrentar
amenazas comunes a la paz, la estabilidad, la libertad y la
democracia”. El terrorismo, las drogas, la “delincuencia
organizada transnacional” y el comercio ilegal de armas son
parte de los blancos del acuerdo. El acuerdo, que permite el
uso de bases militares colombianas a fuerzas de EEUU, se
inscribe en lo que el propio texto define como una “relación
estratégica de seguridad”. El acuerdo transciende, según los
más diversos analistas, el combate al narcotráfico y al
terrorismo interno colombiano.
La difusión del acuerdo ha
desatado una nueva ola de críticas por parte de Venezuela,
Cuba, Nicaragua y Bolivia, así como muestras de malestar
desde Brasilia. Venezuela se propone mantener viva su
campaña contra este acuerdo: el viernes la cancillería
venezolana logró incluir el tema en la agenda del Grupo de
Río que deberá reunirse el próximo mes de febrero en México.
Colombia calificó la decisión del Grupo de Río como un acto
de injerencia.
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Las numerosas
adquisiciones militares y pactos militares entre países de
la región y con potencias extraregionales, están caldeando
el escenario suramericano. De la aparente armonía que
privaba en el 2008 que permitió la creación de un Consejo de
Defensa Suramericano para adelantar tareas comunes, al cabo
de un año la situación es radicalmente distinta. Perú siente
que Chile se está armando en su contra y que apoya el
armamentismo ecuatoriano. Venezuela acusa a Colombia porque
el pacto con EEUU, a juicio de Caracas, es para atacar la
revolución bolivariana. Además, Venezuela denuncia los
acuerdos militares de Colombia con Israel. Colombia, por su
parte, señala los acuerdos de Hugo Chávez con Rusia, Irán,
Bielorrusia y China como amenazas. Brasil, en tanto,
adelanta su acuerdo estratégico militar con Francia y Rusia
amplia su clientela bélica en la región con recientes
anuncios de compras por parte de Ecuador y Bolivia.
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Dos iniciativas paralelas
están circulando en Suramérica para la firma de un acuerdo
que limite los riesgos de un escenario bélico regional. Perú
está insistiendo en el marco de Unasur en la firma de un
compromiso en esa dirección. El texto inicial propuesto por
el peruano Alan García se denominaba “Pacto de No Agresión”,
nombre que poco gustó en Santiago de Chile. Perú cambió su
propuesta al de “Protocolo de paz y de cooperación”.
Simultáneamente Brasil está promoviendo su propia versión
de un “Pacto de No Agresión” que debería ser debatido y
asumido en el contexto de Unasur. A juicio de la cancillería
brasileña, el “pacto” debería aliviar las tensiones surgidas
en Suramérica tanto por el acuerdo de Colombia con EEUU como
los firmados por Venezuela con Rusia e Irán. Brasil propone
un compromiso según el cual los países firmantes no atacarán
a sus vecinos apoyados en alianzas militares con potencias
extraregionales. Aparte del acuerdo para el uso de bases
militares colombianas por EEUU, la diplomacia brasileña se
ha referido a los temores que provocan los acuerdos de
Chávez con países ajenos a la región y que no cuentan con
garantías de no agresión a los vecinos. Brasil está
promoviendo la idea de que los acuerdos militares firmados
por los países suramericanos sean consignados ante el
Consejo de Defensa Suramericano para conocimiento de todos
los miembros.
Como se recordará, Venezuela y Rusia suscribieron en julio
del 2009 un “Estatuto” que rige la cooperación militar entre
ambos países. El contenido de dicho “Estatuto” permanece en
secreto.
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Artículo publicado originalmente en el diario El
Nuevo País |