Cada
vez que me preguntan cómo veo la cosa en Venezuela
respondo “como una borrachera a la que seguirá una resaca
espantosa”. Las estragos etílicos los conozco bien: mi
hígado es cobarde ante el alcohol y más de una vez amanecí
anhelando desatornillarme la cabeza. Hoy en día bebo poco
y en la fiestas me divierto con los beodos hasta que sus
historias repetidas terminan por aburrirme. En el caso de
la pea venezolana no encuentro divertimento sino horror,
porque a todas luces es evidente que la historia va a
repetirse: la promesa de un hombre y un orden nuevo
terminará siendo, en el mejor de los casos, un mal sueño.
Esta embriaguez colectiva
comienza por la sed de poder del gobierno, pasando por el
apetito voraz de dinero circulante que tiene todo aquel
con dos bolsillos en el pantalón, y termina en la
militancia voluntariosa que ha transformado el culto a la
personalidad en un estilo de vida. Desde Miraflores, Hugo
Chávez intenta poner orden en la pea pero la tarea no es
fácil: por un lado los disidentes le aguan el trago y por
otro la realidad le amarga el coctel. Aún así hay que
reconocerle sus dotes de barman mayor: ha sido capaz de
intoxicar a más de medio país con su guarapita roja, a
pesar de los nuevos impuestos al alcohol.
Lo más grave de esta rasca
será el ratón inevitable cuando salga el sol.
Especialmente el ratón moral, que es el peor de todos.
Millones de dólares desaparecidos, una generación
desencantada y las ganas de recoger lo dicho en medio de
la euforia. Porque amanecerá y veremos que en el pico de
la borrachera esa sensación de ser invencible y de estar
cambiando el curso de la historia era en realidad la
ilusión que arrojaba un caudal de dinero con los bríos de
un discurso duro e incendiario.
El descorche de la reforma es
una botella más en el camino. Los vapores espirituosos del
debate nublan la realidad que por terca terminará
revelándose: el Progreso Bolivariano es una reedición de
la Venezuela Saudita donde el blanco es ahora granate y si
antes la receta era neoliberal, la cartilla de ahora es
socialista. Todo con el agravante de que mientras los más
zaratacos disfrazan sus excesos bajo una moral
revolucionaria, los camaradas de rumba condonan en nombre
de la causa todo abuso y corrupción.
Son las dos y media en una
enloquecida noche de farra. Amanecerá y veremos.
ebravo@unionradio.com.ve