¿Por
qué alguien mata a 32 personas? La respuesta inmediata es
porque tiene la capacidad de hacerlo: en Estados Unidos
comprar un arma es tan fácil que los medios están a la
mano. Pero si vamos más allá, está la débil conciencia y
torcida moral del asesino que justifica el crimen y
responsabiliza a los demás por su violenta explosión.
También podemos hablar de las frustraciones que se maceran
a la sombra del aislamiento social. Si seguimos
escarbando, aparecen las enfermedades mentales que derivan
en conductas extremas y un cerebro que funciona mal y
reacciona peor. Aunque nos ayudaría a digerir la noticia,
no hay una explicación definitiva para la masacre de
Virginia. Cho Sueng Hui fue un átomo letal en la materia
de los días, impulsado por múltiples factores que
terminaron jalando el gatillo.
Como todos, he pasado los días
buscando una respuesta al horror. Lo primero es controlar
la tenencia de armas entre la ciudadanía y entender que
una cultura de violencia genera individuos violentos. Los
argumentos constitucionales de libertad individual que
esgrime la Asociación Nacional del Rifle para mantener las
armas en las calles, autos y casas tienen que caer ante la
realidad de los hechos: Estados Unidos es el país
desarrollado con el mayor índice de muertes a causa de las
balas.
Pero quizás la respuesta más
de fondo sea también la más idealista: abrir el corazón.
El teniente de la policía de Miami Joe Schillaci me decía
que la mejor manera de lidiar con los sentimientos es
liberarlos antes de que se descompongan en odios y
resentimientos. Para un hombre que se enfrenta al crimen
diariamente, negocia situaciones de rehenes y conversa con
jóvenes sobre la prevención del crimen, la mejor
estrategia contra la violencia es la comunicación.
Entender que la violencia no es una conducta normal es la
piedra fundacional para erigir una personalidad positiva.
Quizás Cho Sueng Hui necesitaba algo más que palabras, y
como escribió David Brooks en el New York Times, sería una
locura pensar que mejores sermones habrían exorcizado sus
demonios. Si su cerebro estaba mal solo podía disparar
violencia. Pero de haber sido capaz de desinflar su rabia
poco a poco en un ambiente donde fuese escuchado, de haber
tenido la oportunidad de abrirse a un mundo que no
glorifica la violencia, quizás su estallido hubiese sido
menos letal.
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