En
la carrera por el desarrollo no basta con la energía sino
también hace falta dirección, en caso contrario, todo el
esfuerzo puede resultar en un cabezazo contra la realidad.
De chichones históricos América Latina tiene un amplio
prontuario. Tan solo en los últimos 20 años el continente
se ha estrellado contra las paredes del endeudamiento, el
liberalismo, el populismo y la globalización. Cada país ha
superado los politraumatismo aplicando los mejores
remedios posibles, y a la hora de hacer un diagnóstico el
cuadro pareciera estar claro: las naciones que han
aprendido a modernizar sus economías sin quedarse
rezagados en su compromiso social van llevando la
delantera.
En estos
tiempos de constituyentes, revoluciones y retórica
populista, han sido los cambios sin aspavientos los que
han logrado fórmulas sustentables y de largo plazo para
combatir la pobreza y atraer inversiones. México, Brasil,
y de alguna manera Chile, han apostado por reformas
profundas dentro de sus democracias sin desestabilizarlas.
Bolivia, Venezuela y ahora Ecuador han apostado por el
sacudón, y si en un primer momento esos torbellinos ganan
voluntades y espacio mediático, los resultados a futuro
prometen ser pírricos, por no decir involutivos. Como dice
Michael Reid, ex-corresponsal de The Economist, en su
libro El Continente Olvidado “los movimientos
sociales radicales de dudosa representatividad pueden
alcanzar titulares con sus manifestaciones en la calle,
pero el poder de la opinión pública expresada por los
medios, los gobiernos locales o por grupos civiles resulta
en muchas oportunidades más relevante a la hora de lograr
cambios significativos.”
La
fórmula de más democracia, instituciones independientes y
mejores finanzas, acompañadas de planes de asistencia a
los pobres por vía directa podría sonar como liberalismo
con corazón, y esta es, en buena medida, la fórmula
aplicada en algunos países del continente para lograr
equilibrios sociales a medida que se busca construir
economías más competitivas.
La
carrera está en pleno desarrollo. Por el carril externo
avanzan las naciones que entienden la globalización como
una oportunidad y buscan adaptarse a la dinámica mundial
sin dejar atrás los más desfavorecidos. Por el interno
corren los países que ven en la globalización una amenaza
de la cual deben protegerse y luchan por doblegar la
economía con recetas ideológicas que aplican en nombre de
los desposeídos.
Y estos
últimos parecieran correr a contravía.
Ahí los
espera otra pared.
ebravo@unionradio.com.ve