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Sociedad de corte o sociedad mercenaria
por Elizabeth Burgos
viernes, 29 junio 2007


Fue toda una experiencia el acto de celebración del Día del Ejército.

La corte civil-militar cobijada bajo la tribuna a la cubana, decorada con la bandera nacional a manera de frontispicio, mancillada por el ridículo “Patria, socialismo o muerte”, (pero aquí ni siquiera es la historia la que se repite como farsa sino el ritual: en Cuba nunca se han modificado los signos patrios, y aún menos folklorizarlos), recordaba más bien una caseta de feria (no la de Sevilla pues el Ayuntamiento impone normas estéticas rigurosas). El escenario lo completaba la imitación de Fidel Castro: (a éste siempre se le ha visto llevar su austero uniforme verde olivo de algodón satinado, seguramente importado de Italia, y las únicas marcas de color, son las dos discretas insignias de comandante en los hombros, con el rojo oscuro y el negro de los colores del 26 de julio, y no el verde chillón de tela china que tan mal le sienta a la tez morena y hoy de uso en Venezuela, que al cruzarlo con la banda tricolor, el atuendo cobra rasgos de papagayo, y al agregarle la boina roja, se alcanza el clímax de la más caricatural torpeza estética). Quienes hemos tenido la experiencia de haber visto en vivo discursos de Fidel Castro, nos es fácil percibir lo mucho que ha ensayado en el espejo el líder de la “revolución” bolivariana a su alter ego cubano: los mismos gestos ; alargar los brazos al vacío, toquetear los micrófonos, acentuar la última vocal, pronunciar frases con cierto dejo de cansancio, por momentos se vuelve familiar, coloquial, para luego dejarse ir embargando por la pasión, en un crescendo, llegar al clímax, y dejar caer las palabras golpeantes que contienen las claves con las que cierra el discurso.

La escena de la corte, me recordó la obra señera de Norbert Elias, “La sociedad de Corte” hito de las ciencias sociales, que analiza la evolución que significó en la formación de la civilización y del Estado moderno, el paso de la aristocracia guerrera a la sociedad de corte, hecho que coincide con el reinado de Luis XIV que introdujo un cambio de civilización. La corte pasó a vivir con rey en el palacio de Versailles, así la mantenía bajo control. Se instauró un Estado regido por un código de comportamiento estricto; unas reglas del juego semejantes a las del ajedrez, en el que cada pieza tiene su espacio en un juego de interdependencias del que incluso el rey forma parte, pero siendo él quien asegura el equilibrio, preludio del Estado moderno, y en última instancias, del Estado democrático. Aquella corte, por supuesto ignoraba que las reformas introducidas por Luis XIV en el ejercicio del Estado, tras el estallido de la Revolución francesa, darían paso al surgimiento del ciudadano y al Estado moderno democrático que hoy rige los destinos de Francia.

El clímax del discurso fue la orden de prepararse para la guerra. Allí comprendí que no había lugar a ilusiones, no se trataba de una corte moderna que había dejado atrás el arcaísmo guerrero. Y como desde los tempranos tiempos del Oráculo del Guerrero, el líder bolivariano para legitimar su discurso, blande una cita de algún teórico; últimamente los elegidos fueron Trotsky y Gramsci (Fidel Castro nunca cita a nadie, pues tiene ideas propias, tampoco necesita alardear de culto pues lo es), esta vez le tocó el turno a Clausewitz que como siempre fue citado erróneamente. “La guerra es la continuación de la política por otros medios”; la célebre frase extraída de manuales de divulgación popular, pero que ningún militar que se respete la tomaría por cierta. Clausewitz dice textualmente en alemán: “So sehen wir also, dass der Krieg nicht bloss ein politischen Akt, sondern ein wahres politisches instrument ist, eine Fortsetzung des politischen Verkehrs, ein Durchführen desselben mit anderen Mitteln”. Que en español sería: “Vemos que la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de la misma con otros medios.” (acentúo el “mit” cuya traducción es en español “con” y no “por” porque falsea el sentido de la frase; e “instrumento” no significa “medio u objetivo”).

Un país que dice no buscar guerras, ni tampoco nadie quiere hacérsela, lo mejor es que opte por la diplomacia, el instrumento idóneo en tiempos de paz. Y en lugar de buscar fuentes de inspiración teóricas, cuyo empleo correcto requiere una previa y verdadera formación filosófica, sería aconsejable inspirarse de ejemplos cercanos. El caso de Costa Rica, a mi entender, el país que ha realizado la revolución más moderna en la historia del continente, y tal vez de la humanidad, al haber eliminado su ejercito, sería un ejemplo a seguir por un país cuya historia ha estado signada por el secuestro del estamento militar sobre la sociedad civil como Venezuela, sería una opción altamente saludable. Mientras subsiste ese modelo, el advenimiento de una democracia moderna estará comprometido en el país.

El Cierre del acto fue muy instructivo. El cabo que le solicita al presidente claramente que a cambio de repetir el slogan “patria, socialismo o muerte” le ponga la electricidad a su pueblo, y acto seguido el presidente anuncia un aumento de 30% el sueldo a los militares; con lo que quedó claro que el sofisticado tratado de doctrina militar del sabio alemán no tiene cabida en un país caribe y petrolero en donde el modelo vigente demuestra que es más fácil comprar adhesiones que hacer esfuerzos de traducción.

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 Especializada en etnopsicoanálisis e historia, consejera editorial de webarticulista.net,
autora de "Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia" (1982).
- Artículo publicado originalmente en el semanario ZETA


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