Hay
amores que matan, inútil decirlo, así como los hay que enferman,
arruinan y deprimen. No es culpa de cupido que el amor se
transforme en hambre, cuando en realidad se supone que existe
para saciarnos. Pero es que una cosa es el amor y otra la que
hacemos los humanos con ese sentimiento. Cuando en nombre del
amor destruimos, toca buscarle otra excusa a nuestros desmanes.
Por eso, a veces hay que huir del amor antes de caer en sus
garras, porque si ese amor nos hace sufrir, y que me perdonen
los boleristas, mejor buscarse otra amante.
Amar con el corazón puede ser delicioso, pero conviene meter la
cabeza en el acto: la razón es el contrapeso de esos impulsos
pasionales que nos pueden tirar de bruces, así que una dosis de
lucidez es el antídoto para los amores que son penas sin
glorias. Si después de unos años el amor nos tiene en los
huesos, quizás haya que decirle al corazón que recapacite. O
como dice el escritor Walter Riso, el amor sin límites es
suicida y por ello conviene ponderar a tiempo si conviene o no
mantener una relación.
En
estos días Hugo Chávez habla de amor, lo ofrece y lo solicita,
nada extraño de este Zelig político, un hombre que se ha abierto
paso en la vida vistiéndose para la ocasión, en este caso, con
un amor de príncipe azul para seducir a votantes incautos, esos
que desfilan por los caminos de la indecisión y podrían decidir
las presidenciales. Que sus seguidores lo sigan queriendo, no es
de extrañar, habrá quienes lo hacen por amor y otros por
interés. Pero que a estas alturas de la relación haya quien
escuche sus cortejos, la verdad, denota una candidez pasmosa o
un masoquismo crónico. En ambos casos se podría decir que
prefieren ser unos malqueridos.
“Necesito más tiempo”, dice el amoroso candidato en primer plano
televisivo, “necesito tu voto, por amor”. ¿Será que esta vez se
romperá el hechizo y los venezolanos verán que el emperador está
desnudo y viaja en una calabaza? Darle la espalda al amor puede
ser el inicio de una nueva vida, una donde reine el amor propio
y no el carisma de un hombre que sonríe a conveniencia. Hay
amores que es mejor desechar, porque a fin de cuentas, el amor
existe para hacernos felices, o al menos, para ahorrarnos
desgracias.
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