Cuando
los milagros nos visitan por segunda vez resultan doblemente
maravillosos. Por un lado nos recuerdan su existencia, y por
otro, nos regalan esos instantes que llenan de sentido la vida.
Llegaste hace unos días con tus dulces ojos muy abiertos para
decirnos que el amor huele a piel tierna y leche, que ahora el
tiempo se medirá con el ritmo de tu respiración y que la
gravedad del mundo desaparece si te tengo en brazos. Pero sobre
todo, llegaste para decirnos que el amor obra milagros, como tus
manos diminutas con ganas de alcanzar el mundo. Cuando las beso
pienso que algún día tú besarás las mías, y se que a pesar de
los años y las arrugas, ahí estarán las mismas bocas y manos que
hoy comienzan a tejer el vínculo de sangre que nos unirá. Hay en
ti una parte mía y de tu madre que crecerá hasta ser
completamente tuya, y luego, quién sabe, seguirá río abajo.
Llegaste y de nuevo esa sensación de que la vida pasa a través
de nosotros y nos deja un regalo; para mi, el descubrimiento de
una fuente de energía que nunca se acaba, una energía que
podemos llamar amor, Dios, humanidad, impulso vital, no importa
el nombre. Hoy ese nombre es el tuyo y con eso me basta. Cuando
lo digo me parece escuchar una música maravillosamente femenina,
que a mitad de la madrugada, susurrándole a tu llanto, imagino
que armoniza con la sinfonía universal.
Tú viaje por
este mundo comenzó hace mucho tiempo, la verdad no se
exactamente cuando, pero este nuevo trayecto del que somos parte
creemos que se inició una noche de luna llena frente al mar
Caribe. Quizás por eso al nacer pasaste del océano uterino a las
cálidas aguas de una bañera donde te di el primer abrazo y sentí
que tocaba el cielo. Hasta donde te llevará este viaje,
imposible saberlo, solo tú podrás dar tus pasos. Nosotros te
guiaremos mientras aprendemos cómo hacerlo, porque si de algo
estamos seguros es que llegaste para enseñarnos. Cuando miro
esos ojos que apenas vislumbran lo que te rodea me parece ver
una profundidad encantadora. Quizás la misma del mar.
Llegaste y he
descubierto que siempre hay espacio para amar en este corazón
que se sentía lleno y ahora está completo. Con esa llenura
quiero construir un puente entre los dos que sea a la vez sólido
y flexible, un vínculo alimentado por este manantial afectuoso
que hoy está plenamente desbordado y del cual vienes, del cual
venimos.
Llegaste como
era natural que lo hicieras, porque últimamente me he convencido
que de alguna forma tú y tu hermana urdieron un plan divino para
que el amor y la casualidad nos sincronizaran a mi y a tu madre.
El resto fue dejar que las cosas pasaran y esperar por un
momento, como este, cuando decidiste acariciar la luz de los
días.
Y desde hace
unos días hay otro orden en las cosas, y es porque has llegado
para hacer lo que desees hacer con tu vida, Andrea.
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