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Andrea 
por Eli Bravo
viernes, 8 septiembre 2006

 

         Cuando los milagros nos visitan por segunda vez resultan doblemente maravillosos. Por un lado nos recuerdan su existencia, y por otro, nos regalan esos instantes que llenan de sentido la vida. Llegaste hace unos días con tus dulces ojos muy abiertos para decirnos que el amor huele a piel tierna y leche, que ahora el tiempo se medirá con el ritmo de tu respiración y que la gravedad del mundo desaparece si te tengo en brazos. Pero sobre todo, llegaste para decirnos que el amor obra milagros, como tus manos diminutas con ganas de alcanzar el mundo. Cuando las beso pienso que algún día tú besarás las mías, y se que a pesar de los años y las arrugas, ahí estarán las mismas bocas y manos que hoy comienzan a tejer el vínculo de sangre que nos unirá. Hay en ti una parte mía y de tu madre que crecerá hasta ser completamente tuya, y luego, quién sabe, seguirá río abajo.

            Llegaste y de nuevo esa sensación de que la vida pasa a través de nosotros y nos deja un regalo; para mi, el descubrimiento de una fuente de energía que nunca se acaba, una energía que podemos llamar amor, Dios, humanidad, impulso vital, no importa el nombre. Hoy ese nombre es el tuyo y con eso me basta. Cuando lo digo me parece escuchar una música maravillosamente femenina, que a mitad de la madrugada, susurrándole a tu llanto, imagino que armoniza con la sinfonía universal.

Tú viaje por este mundo comenzó hace mucho tiempo, la verdad no se exactamente cuando, pero este nuevo trayecto del que somos parte creemos que se inició una noche de luna llena frente al mar Caribe. Quizás por eso al nacer pasaste del océano uterino a las cálidas aguas de una bañera donde te di el primer abrazo y sentí que tocaba el cielo. Hasta donde te llevará este viaje, imposible saberlo, solo tú podrás dar tus pasos. Nosotros te guiaremos mientras aprendemos cómo hacerlo, porque si de algo estamos seguros es que llegaste para enseñarnos. Cuando miro esos ojos que apenas vislumbran lo que te rodea me parece ver una profundidad encantadora. Quizás la misma del mar.

Llegaste y he descubierto que siempre hay espacio para amar en este corazón que se sentía lleno y ahora está completo. Con esa llenura quiero construir un puente entre los dos que sea a la vez sólido y flexible, un vínculo alimentado por este manantial afectuoso que hoy está plenamente desbordado y del cual vienes, del cual venimos.

Llegaste como era natural que lo hicieras, porque últimamente me he convencido que de alguna forma tú y tu hermana urdieron un plan divino para que el amor y la casualidad nos sincronizaran a mi y a tu madre. El resto fue dejar que las cosas pasaran y esperar por un momento, como este, cuando decidiste acariciar la luz de los días.

Y desde hace unos días hay otro orden en las cosas, y es porque has llegado para hacer lo que desees hacer con tu vida, Andrea.

ebravo@unionradio.com.ve 

 
 
 
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