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Al borde del abismo
por Antonio Sánchez García
 
jueves, 24 enero 2008


“Existen características muy claras que permiten, sin mayor dificultad, plantearse una estructura de personalidad de tipo sociopática y narcisista. Se trata de personas que están diseñadas biológicamente para violar las normas; no ejercen la lealtad; no actúan con la verdad; tienen vidas afectivas sumamente inestables; en su estructura no hay sensibilidad; no hay arrepentimientos; tienen que vivir permanentemente en el conflicto; no saben vivir en paz con los demás; y son muy manipuladoras.”

Franzel Delgado Senior sobre Hugo Chávez Frías

 

 

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            Contaba el general Usón que en el escaso tiempo en que sirvió al jefe del estado como ministro de finanzas no hubo manera de conseguir que asumiera alguna determinación: se negaba sistemáticamente a tomar decisiones. No le interesaba gobernar, sino dominar. Chávez es el juguete de ese, su máximo capricho – el Poder por el Poder. Un personaje influenciable por aquel que logre dominarlo espiritualmente. Lo fue, antes que nadie, por Luis Miquilena, quien lo sacó del desierto en que vegetaba y lo empujó al Poder, financiándole de paso la jugada. Para llegar a Miraflores no puso más que su desaforada ambición, su carisma y su verbo encendido y mesiánico, productos sin duda de un grave desajuste emocional que con los años mostraría sus peores y más graves facetas. Las de un narcisista paranoide, exaltado por la euforia o hundido en la más negra depresión. Y que sólo podía llegar al Poder en brazos de un país aquejado asimismo por una grave patología social y sumido en una crisis política terminal. Aguantando en él tanto como le diera el cuerpo: a punta de litio. Ahora, según sus propias palabras, mascando pasta de coca. Un caso clínico.

 

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            Desde que Miquilena renunciara a sus intentos por civilizarlo situándolo a la altura de un auténtico jefe de estado de una democracia progresista – a fines del primer trimestre del 2002 y a escaso tiempo de la rebelión popular del 11 de abril, que terminara por catapultarlo ominosamente del poder- el papel que jugara hasta entonces fue asumido por Fidel Castro. Con la consiguiente fractura respecto del proyecto político originario con que llegara al Poder en 1998. Desde entonces, Castro fue no sólo su consejero más cercano, sino el verdadero factor detrás del trono. Más aún: el padre sustituto ante la grave falencia de un arquetipo normativo. Si en esa grave circunstancia el general Raúl Isaías Baduel le aseguró el respaldo y la fidelidad de la Fuerza Armada Nacional, Castro se encargó de su seguridad y de la agenda política para enfrentar el vendaval de descontento popular que lo llevara al Referéndum revocatorio el 15 de agosto del 2004. Los aparatos castristas de control social le inventaron e implementaron las misiones para que remontara la cuesta de su popularidad y pusieron en práctica la inflación masiva y fraudulenta del REP mediante la misión identidad. Del CNE – convertido en el instrumento crucial de su sobrevivencia -  se encargaría una pieza hasta entonces aparentemente neutral, apoyado y favorecido por los factores de la izquierda democrática, fundamentalmente el teodorismo: el psiquiatra Jorge Rodríguez. Bien visto entonces incluso por sectores anti chavistas comprobados.

 

            Del menudeo político se encargaría el vicepresidente José Vicente Rangel desde La Viñeta. Es gracias a sus gestiones que se logra frenar el impulso abstencionista, que sacudiera las bases del régimen el 4 de diciembre, cuando más del 80% de los electores se negaran a participar de las elecciones a la Asamblea. Y se reencauzara la acción opositora por la vía electoral, encontrando un candidato de consenso, el gobernador Manuel Rosales. Reelecto y legitimado luego por las declaraciones del candidato opositor y sus gestores, todo parecía marchar sobre ruedas como para intentar el asalto definitivo al bastión del poder, tirar caretas a un lado y montar el régimen totalitario que ha sido su sueño de siempre, suficientemente fortalecido e inspirado por su padre putativo y empujado por su nuevo rol de árbitro político mundial.

 

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Si esta llamada revolución tuviese alguna posibilidad de enmienda, la opción de que se mantuviera sería mucho mayor. Pero, como desde el punto de vista de la psiquiatría no hay ninguna posibilidad de enmienda, dada la estructura de personalidad del Presidente, que es inmodificable, esta revolución seguirá hacia el despeñadero. Indefectiblemente, desde el punto de vista de la ciencia, Chávez tiene algo seguro en su futuro, que es la soledad.”

Franzel Delgado Senior

 

            Es entonces cuando se sacude el lastre de José Vicente Rangel y asume una decisión suicida: dirigir en solitario los asuntos de Estado. El hombre incapaz de tomar una decisión por cuenta propia y de afrontar espiritual y emocionalmente situaciones críticas sin el respaldo de experimentados consejeros se hacía a la etapa más compleja y difícil de su proyecto político sin una mano derecha. Castro agoniza y quienes han asumido el control fáctico de la isla le son adversos. Baduel le da la espalda. Chávez termina por ser el único responsable de sus decisiones.

 

            Lo demás es historia sabida: basta revisar la bitácora de éste su año más horrible y posiblemente el que lo llevará mucho más temprano que tarde al abismo, para comprender que Chávez es su peor y más letal enemigo. El propio Chacumbele. Las estaciones de su via crucis las programaría él mismo, sin consultar con nadie: despedir a José Vicente Rangel, imponer el partido único, dar por caducada la concesión a RCTV, apostar todos sus haberes – maletines incluidos – a la desestabilización de la región, enemistarse con Raúl Isaías Baduel, pretender socavar la autonomía universitaria y provocar al estudiantado, imponer un referéndum para una reforma constitucional arrastrando en el empeño a la Asamblea e intervenir en los asuntos internos de Colombia.

 

            Todos esos pasos terminarían en resonantes fracasos. La estratégica derrota electoral del 2-D echaría por los suelos un envión de 15 años: establecer una autocracia vitalicia. Aquel día para él nefasto perdió esa partida. Y con ella, todo el poder acumulado. Lo que le queda no son más que ruinas. Todo, absolutamente todo lo que venga después no es más que su epílogo: la historia de su inevitable caída. El propio hundimiento. Su tardanza no depende de él: depende de la oposición. Un cambio notable:  Hugo Chávez está a la defensiva y no tiene ya otro objetivo que su propia preservación.

 

 

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            En esos sus primeros quince años de vida pública – del 2F del 92 al 6-D del 2006 – fue un auténtico Rey Midas de la política venezolana: cuanto tocaba se trocaba en victoria. Extrañamente, luego de culminar la última etapa de su ascenso a la autocracia vitalicia los hados le volvieron la espalda y el destino cambió dramáticamente. Tal fue la pava que el éxito del 6-D le acarreó, que valdría preguntarse si los dioses no se habrán puesto de acuerdo para, como en las tragedias griegas, cegarlo definitivamente a un paso del Poder Total: esa sí fue una victoria pírrica. Carente de Baduel y de Rangel Vale, de Fidel Castro y Luis Miquilena creyó que todos sus éxitos eran producto de su genialidad y que bien podría hacer lo que aspiraba a hacer desde sus tempranos tiempos de cadete en la Escuela Militar: zamparse de un solo bocado a la democracia venezolana, tragarse su pueblo y asentar una dictadura sólo comparable con la de Juan Vicente Gómez. Dios, dice el refrán, ciega a los que quiere perder.

 

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En resumen, Chávez ha asociado grupos dedicados a la violencia y otros comportamientos criminales a una democracia latinoamericana, y asociado su agenda a la de ellos”.

The Washington Post, 16 de enero de 2008

 

            A mes y medio de su estratégica derrota naufraga en un mar de calamidades. Avanza y retrocede, tantea y se devuelve, busca adecuarse a los mejores consejos, y luego de aparentar cordura e intentar una sensata rectificación vuelve a internarse en el ojo del huracán del más ciego extremismo. Como un poseso. Lo de las FARC y Colombia roza el extravío y justifica las aprehensiones de quienes lo consideran mental y espiritualmente incapacitado como para cumplir con las tareas propias de un gobernante. Chávez, según todos los indicios, pareciera querer copiar el comportamiento de un desquiciado. Si es que no lo está ya.

 

            Si hasta hace un año tuvo – o tuvieron sus más cercanos e influyentes asesores – la insólita capacidad de convertir sus derrotas en victoria, hoy demuestra una insólita capacidad para convertir sus victorias en derrotas. No termina de probar las mieles del éxito – como en el caso de las rehenes liberadas por su mediación – y ponderar el gesto de acercamiento de Álvaro Uribe, cuando ya está jugando la peor de sus cartas: solicitarle a quienes le acompañaron en su “misión humanitaria” le respalden en su solicitud al mundo civilizado para que le reconozca beligerancia a las narcoguerrillas. Comete así el peor y más grave de sus errores: identificarse con uno de los grupos terroristas más despreciables del mundo. Y desenmascarar sus vínculos con quienes no sólo cometen reiterados y contumaces actos de violación a los más elementales derechos humanos, sino que protegen y practican el más vil y aberrante de los comercios de la globalización: el del narcotráfico. Arriesga en una sola jugada ser considerado él mismo como un terrorista y el suyo un gobierno forajido.

 

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            Se acerca, por la fuerza de las cosas, el momento en que la oposición deje de ser un factor pasivo y asuma la responsabilidad por la conducción del proceso de recambio hacia una transición democrática en Venezuela. Este gobierno, bajo la insania de su cabeza visible, no está ya capacitado para afrontar la concatenación de sucesos que tanto en los planos económico sociales, como políticos e internacionales podrían ponerlo al borde del precipicio en el corto o mediano plazo. Hemos llegado al punto en que una sola chispa podría bastar para encender la pradera. Y vernos de frente con un Caracazo inmensamente más destructivo y peligroso que el del 27-F. Con efectos destructivos sobre personas y cosas infinitamente mayores que los desgraciados provocados por los sucesos de entonces.

 

            Es la grave, la inmensa responsabilidad que pesa sobre todos los factores de la oposición. No es le momento para cálculos mezquinos sino para pensar en grande. El acuerdo unitario firmado este 23 de enero y el decálogo de principios esenciales que lo articula constituyen un excelente inicio hacia la conformación de un Pacto de Unidad Nacional para la reconstrucción de Venezuela. En juego no está una parcialidad o un partido. En riesgo está la sobrevivencia y el futuro de la Patria.

 

            Dios quiera iluminarnos.      

sanchez2000@cantv.net

 
 

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