“Cuando un Estado
democrático se propone derrotar el terrorismo
no hay terrorista que
pueda triunfar”
Álvaro Uribe
Coraje y
decisión: las dos máximas cualidades que deben encarnar
en un líder político parecen haberse hecho realidad en
el presidente de Colombia Álvaro Uribe. Está logrando lo
que muy pocos creyeron: liquidar a las guerrillas más
antiguas del mundo y diezmar un liderazgo que hace
apenas unos meses muchos dieron por indestructible. Más
importante aún: lo ha logrado luchando contra
importantes factores externos y contando con el casi
unánime respaldo de su pueblo, respetando todas las
normas del Estado de derecho que impera en la hermana
república y haciendo un uso intensivo y extensivo de sus
fuerzas armadas, templadas en el patriotismo de la
defensa de la soberanía, la absoluta subordinación al
mando civil y el irrestricto respeto y obediencia a su
alta profesionalidad. De allí que podamos concluir sin
un mínimo de duda que la guerra que libra Álvaro Uribe
contra la subversión y las narcoguerrillas pasará a los
anales de la historia. Como un modelo de grandeza
política e integridad militar.
Pero esta obra
magnífica de talento político y militar no hubiera sido
posible sin un liderazgo a la altura de las
circunstancias. Y con ello no me refiero a ese sector
del establecimiento político colombiano que no supo
enfrentar el horror de las narcoguerrillas en el pasado
y ya medra a la sombra de poder volver a asumir la
presidencia de la república. Me refiero a quienes no le
han mezquinado el apoyo y respaldo a Álvaro Uribe. Me
refiero a los medios de comunicación. Y me refiero en
particular al ministro de la defensa, de un rigor y una
valentía indiscutibles. Y a los parlamentarios que
comprendieron que hay circunstancias excepcionales en
que la unidad y la cohesión son un arma invencible
cuando de enfrentar a los enemigos jurados de la
democracia se trata.
Pienso en todo
ello mientras observo el triste panorama que ofrece la
oposición partidista venezolana ante los desmanes del
presidente de la república. Confabulado con el
terrorismo y embarcado en una aventura estúpida y
absurda, pero aparentemente exitosa ante la inopia de
quienes aún no entienden la gravedad de la tragedia que
vivimos. Lo resumiría en una sola carencia: falta de
patriotismo. Falta de conciencia nacional. Falta de
coraje y decisión. La antípoca al comportamiento que
muestra Álvaro Uribe ante los aliados y socios
estratégicos del chavismo.
Aún no
comprenden que de no enfrentarse frontalmente y sin
vacilaciones al totalitarismo reinante, sin esperar un
segundo más, Venezuela puede caer presa no sólo del
totalitarismo ya en desarrollo. Sino en una guerra civil
tan cruenta y prolongada como la que vive Colombia desde
hace cuarenta años. Anteponer a ese tenebroso panorama
los intereses aldeanos y cerriles de una alcaldía,
supone una pobreza de miras, una bajeza de propósitos y
una estulticia política rayanas en la demencia.
La tragedia de
Venezuela no radica tanto en los peligros que la acechan
desde el chavismo. Radica en la cobardía, la mezquindad
y la inopia de quienes lideran gran parte de los
partidos políticos opositores. Como sucediera con todos
los totalitarismos, que se impusieran antes por la
flaqueza y mezquindad de sus oposiciones que por la
fuerza y la grandeza del liderazgo totalitario. Clama el
país por un nuevo liderazgo democrático. Está en
ciernes: es preciso darle un contundente respaldo.