Inconsciente
del efecto de sus propias palabras, el Jefe de Estado ha
hecho una dramática confesión acerca de la fragilidad y
la impotencia que signan al proceso socio-político que
lidera. Según ellas, esta revolución bolivariana,
después de ocho años de existencia, no tiene vida
propia, no ha hundido su carne en el pueblo en cuyo
nombre jura actuar, no está vivificada por la sangre del
colectivo al que pretende servir ni se sostiene sobre la
voluntad anónima de una nación. Se sostiene única y
exclusivamente sobre los pies de barro de quien emitiera
esa dolorosa y terrible confesión: la vida del propio
Jefe de Estado. ¿Puede calificarse de revolución una que
no tiene pueblo ni carne que la alimente ni cuerpo sobre
el que se sostenga ni partido que la provea de columna
vertebral sino que sea producto exclusivo de los ánimos
y desánimos, la genialidad, el talento o los desaciertos
y errores de quien funge de caudillo? Asunto de tanta
gravedad merece una mínima reflexión. Pues como bien
reza en predios jurídicos: a confesión de partes relevo
de pruebas.
Que Hugo Chávez
lo haya sostenido ante sus más fieles seguidores
recurriendo al testimonio de su padre espiritual y
ejemplar arquetipo Fidel Castro, nos exime de mayores
consideraciones. He aquí sus palabras: "Fidel
Castro me ha dicho que si yo muero esta revolución se la
lleva el viento".¿A quién y a qué revolución se
refería Fidel Castro, santa palabra del primer
mandatario venezolano? Pudo haberse referido a su
epígono, Hugo Chávez, pero no a la revolución
bolivariana sino a la cubana. La proposición rezaría
entonces: si muere Hugo Chávez, a la revolución cubana
se la lleva el viento. Asunto más que probable, sabido
que en la ruina en que se encuentra Cuba, muerto Chávez
y agonizante Castro no habría quien alimentara al pueblo
cubano. Para desgracia de Cuba y Venezuela, ambos
destinos parecen haberse conjugado en
esta desaforada carrera contra la muerte del mandatario
cubano, a la que parece querer arrastrar a su apreciado
discípulo.
La segunda
interpretación es, sin embargo la más evidente: Castro
dijo en realidad: “Hugo, no tienes revolución alguna en
Venezuela y todo lo que allí sucede depende de tus
humores. De modo que muerto, no hay quién de un peso por
tu proyecto político. Se lo llevará el viento”. Y como
Castro es omnisciente y sus aparatos de seguridad e
información le dan detallada cuenta de cuanto sucede y
no sucede en Venezuela la conclusión no puede ser más
evidente: en Venezuela no hay revolución alguna y todo
se sostiene sobre la frágil voluntad de un hombre que,
desaparecido, desaparecería su mentada revolución
bolivariana como por encanto.
Grave, gravísimo
asunto que demuestra lo que todos los analistas
nacionales e internacionales señalan. El régimen
chavista se sostiene sobre pinzas, no tiene más respaldo
que los ingresos petroleros y depende de la omnímoda e
infatigable voluntad del jefe de Estado. Es cierto:
cuenta formalmente con todas las palancas del poder,
pero no cuenta con el respaldo de un pueblo organizado y
consciente sino con una tribu amorfa y heterogénea de
mendicantes al acecho de las dádivas del Estado. Ni el
ejército, ni las otras ramas del Estado, ni siquiera el
funcionariato y la nomenklatura son verdaderamente
revolucionarios. A la menor brisa cambian de partido.
Muerto el presidente, que los pillen confesados.
Fidel, santa
palabra, lo ha afirmado. Y Hugo Chávez, su pupilo, lo
repite. Mala, muy mala señal. Ninguna revolución exitosa
dependió de un hombre. Ni la muerte de Lenin, ni la de
Mao ni la de Ho le pusieron fin a la revolución
soviética, a la china y a la vietnamita. Eran o
llegarían a ser en pocos años auténticas revoluciones
socialistas. Carne de la carne de los pueblos que las
soportaron. La soviética, hasta que se desplomó bajo el
peso de su propia y monumental incompetencia. La china,
convirtiéndose al capitalismo. La vietnamita
sobreviviendo en el limbo. Después de ocho largos años,
Venezuela está como al comienzo: dependiendo del
carisma, los respiros y los latidos de un hombre.
¿Suficiente como para permanecer en el tiempo? El propio
tiempo lo dirá. Por ahora, y luego de los desastres que
la acechan desde su propio seno, luce más que
improbable.