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La revolución que depende de
la vida de un hombre

por Antonio Sánchez García
 
lunes, 25 junio 2007


            Inconsciente del efecto de sus propias palabras, el Jefe de Estado ha hecho una dramática confesión acerca de la fragilidad y la impotencia que signan al proceso socio-político que lidera. Según ellas, esta revolución bolivariana, después de ocho años de existencia, no tiene vida propia, no ha hundido su carne en el pueblo en cuyo nombre jura actuar, no está vivificada por la sangre del colectivo al que pretende servir ni se sostiene sobre la voluntad anónima de una nación. Se sostiene única y exclusivamente sobre los pies de barro de quien emitiera esa dolorosa y terrible confesión: la vida del propio Jefe de Estado. ¿Puede calificarse de revolución una que no tiene pueblo ni carne que la alimente ni cuerpo sobre el que se sostenga ni partido que la provea de columna vertebral sino que sea producto exclusivo de los ánimos y desánimos, la genialidad, el talento o los desaciertos y errores de quien funge de caudillo? Asunto de tanta gravedad merece una mínima reflexión. Pues como bien reza en predios jurídicos: a confesión de partes relevo de pruebas.

 

            Que Hugo Chávez lo haya sostenido ante sus más fieles seguidores recurriendo al testimonio de su padre espiritual y ejemplar arquetipo Fidel Castro, nos exime de mayores consideraciones. He aquí sus palabras: "Fidel Castro me ha dicho que si yo muero esta revolución se la lleva el viento".¿A quién y a qué revolución se refería Fidel Castro, santa palabra del primer mandatario venezolano? Pudo haberse referido a su epígono, Hugo Chávez, pero no a la revolución bolivariana sino a la cubana. La proposición rezaría entonces: si muere Hugo Chávez, a la revolución cubana se la lleva el viento. Asunto más que probable, sabido que en la ruina en que se encuentra Cuba, muerto Chávez y agonizante Castro no habría quien alimentara al pueblo cubano. Para desgracia de Cuba y Venezuela, ambos destinos parecen haberse conjugado en esta desaforada carrera contra la muerte del mandatario cubano, a la que parece querer arrastrar a su apreciado discípulo.

 

            La segunda interpretación es, sin embargo la más evidente: Castro dijo en realidad: “Hugo, no tienes revolución alguna en Venezuela y todo lo que allí sucede depende de tus humores. De modo que muerto, no hay quién de un peso por tu proyecto político. Se lo llevará el viento”. Y como Castro es omnisciente y sus aparatos de seguridad e información le dan detallada cuenta de cuanto sucede y no sucede en Venezuela la conclusión no puede ser más evidente: en Venezuela no hay revolución alguna y todo se sostiene sobre la frágil voluntad de un hombre que, desaparecido, desaparecería su mentada revolución bolivariana como por encanto.

 

            Grave, gravísimo asunto que demuestra lo que todos los analistas nacionales e internacionales señalan. El régimen chavista se sostiene sobre pinzas, no tiene más respaldo que los ingresos petroleros y depende de la omnímoda e infatigable voluntad del jefe de Estado. Es cierto: cuenta formalmente con todas las palancas del poder, pero no cuenta con el respaldo de un pueblo organizado y consciente sino con una tribu amorfa y heterogénea de mendicantes al acecho de las dádivas del Estado. Ni el ejército, ni las otras ramas del Estado, ni siquiera el funcionariato y la nomenklatura son verdaderamente revolucionarios. A la menor brisa cambian de partido. Muerto el presidente, que los pillen confesados.

 

            Fidel, santa palabra, lo ha afirmado. Y Hugo Chávez, su pupilo, lo repite. Mala, muy mala señal. Ninguna revolución exitosa dependió de un hombre. Ni la muerte de Lenin, ni la de Mao ni la de Ho le pusieron fin a la revolución soviética, a la china y a la vietnamita. Eran o llegarían a ser en pocos años auténticas revoluciones socialistas. Carne de la carne de los pueblos que las soportaron. La soviética, hasta que se desplomó bajo el peso de su propia y monumental incompetencia. La china, convirtiéndose al capitalismo. La vietnamita sobreviviendo en el limbo. Después de ocho largos años, Venezuela está como al comienzo: dependiendo del carisma, los respiros y los latidos de un hombre. ¿Suficiente como para permanecer en el tiempo? El propio tiempo lo dirá. Por ahora, y luego de los desastres que la acechan desde su propio seno, luce más que improbable.

sanchez2000@cantv.net

 
 

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