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Llevado por la fascinación que me provocan la
cábala y su simbolismo vuelvo una vez más a Gershom
Scholem, uno de los más grandes judaístas de la tradición
hebrea. Supe por primera vez de su existencia a través de
un maravilloso poema de Jorge Luis Borges que leyera en mi
juventud, El Golem, en el que reconoce su deuda con esa
extraordinaria colección de ensayos reunidos en “La cábala
y su simbolismo”, uno de los escritos más fascinantes del
gran pensador judeo alemán. ¿O cabe, siguiendo su rigor
conceptual y sus principios morales, hablar del pensador
judío nacido bajo el accidente de la Alemania y su idioma?
La diferencia no es banal y marca un hiato
espiritual, histórico, moral de proporciones
trascendentales. Que encontrara su concreción en uno de
los hechos más bochornosos e inexplicables de la historia
humana: el holocausto. Y que posiblemente permanezca en la
memoria de los hombres como una mácula imborrable,
incomprensible y, por lo mismo, nunca metabolizada. Así,
al referirse a tres de los más grandes exponentes de la
cultura alemana – Freud, Kafka y Walter Benjamín – insiste
en establecer la precisión, no sin un dejo de de orgullo y
vergüenza: “sabían que eran escritores en lengua alemana,
no alemanes”.
Antes lo ha señalado con mucha mayor precisión: “No se
engañan. Saben que son escritores alemanes y que, al mismo
tiempo, no son alemanes. En ellos no se ha desvanecido la
experiencia ni la clara conciencia del exilio, de la
tierra extranjera”.
¿Cómo divorciar la experiencia existencial que
se expresa en la pertenencia a una identidad nacional
materializada en el lenguaje - el signo distintivo por
excelencia de las raíces espirituales, religiosas, éticas
y morales de un sujeto - de su pertenencia al ámbito
político nacional en que se estructura y tensiona esa
misma existencia? ¿Cómo ser alemán y sin embargo no serlo?
Problema tanto más escabroso cuanto que esos tres grandes
escritores – en muchos aspectos la más refinada y excelsa
expresión de la lengua alemana de su tiempo – no eran
judíos observantes y se sentían, en más de un sentido,
alejados del sionismo y la práctica religiosa ancestral de
la comunidad a la que, no obstante, pertenecían: el
judaísmo.
Haber nacido en Alemania, constituir parte de
su tradición literaria, filosófica e intelectual, y vivir
el mundo desde la cosmovisión implícita a su lenguaje, sin
sentirse alemanes, ha de haber constituido un conflicto
existencial y metafísico de dimensiones inimaginables. Que
llegado a la brutal aniquilación de los campos de
exterminio encuentra la comprobación más elocuente. ¿Cómo
sentirse alemanes si a pesar de todos los esfuerzos por la
asimilación – incluyendo la patriótica entrega en los
campos de batalla durante la Primera Guerra Mundial –
Alemania respondería con la brutal exclusión, el rechazo,
Dachau, Auschwitz y Treblinka?
2
Pertenencia y exclusión, he allí los términos
antitéticos de la perversa dialéctica existencial que las
persecuciones, los pogromos, las razzias y la directa
aniquilación étnica se convierten en expresión del lado
más oscuro y tenebroso de la historia del siglo XX. En
manos del nazismo, del fascismo y del socialismo. Sistemas
político-sociales que luego de desencajar de raíz la
tradición común a todos sus habitantes, persiguieron,
condenaron e incluso aniquilaron a grandes conglomerados
por razones políticas, étnicas, culturales o religiosas.
Sin excluir un hecho aterrador: el holocausto es sólo uno
de los lados de esas criminales prácticas totalitarias.
Posiblemente la más ominosa e impactante. Pero ni siquiera
la de mayor intensidad, crueldad o amplitud. Inserto en el
mismo escenario europeo se ha vivido ya – además de los
pogromos de tan vieja data como la Europa misma – el
sangriento y terrible proceso de exclusión de masas,
pueblos enteros, comunidades, grupos y clases llevadas a
cabo por la dictadura totalitaria del socialismo
soviético. Bajo la inconmensurable maldad y perversión de
Stalin. Ni siquiera la revolución francesa en el tiempo de
los peores desmanes jacobinos logró provocar ese proceso
de centrifugación cultural, social, económica y política
que Lenin y Stalin pusieran en acción. Marginalizando a la
inmensa mayoría de su población. Que culminara en la
discriminación, la persecución, la cárcel y el asesinato
de millones y millones de seres humanos. Algunos por
causas discernibles, aunque de ningún modo aceptables – la
conversión de la oposición en disidencia y su persecución
por causas manifiestamente políticas. Otras por razones
jamás aclaradas, completa y absolutamente irracionales y
aleatorias. En los campos de concentración del comunismo
soviético murieron millones de personas que jamás supieron
las razones de su persecución, confinamiento y muerte.
Situación expresada premonitoriamente por Kafka en toda su
obra. No por casualidad: era la conciencia literaria de
que la imaginación se servía para alertar sobre el terror
que subyacía a la cultura europea cuando más se
vanagloriaba de sus éxitos. Y el lado siniestro oculto
tras la amable proclamación de la utopía comunista.
Premonitoriamente metaforizada en esas figuras que pueblan
las hornacinas de los templos cristianos medievales, en
que el reverso de hermosas y virginales doncellas es el
esqueleto al descubierto y la corrupción gangrenosa de la
muerte que las corroe.
De allí el carácter también metafórico del
holocausto: el afán por romper la unidad de los
conglomerados nacionales generando un reservorio residual
de grandes contingentes – a veces cuantitativa o
cualitativamente mayoritarios – para ser primero
acorralados, luego discriminados y finalmente sometidos o
directamente aniquilados por el Poder centralizado en
manos de una minoría fanática, integrista e intolerante,
servil del caudillo autocrático de turno. Ese ha sido el
carácter más notable de estos últimos cien años de
historia. Un siglo de logros inconmensurables, que han
acelerado el curso de la humanidad hacia la prosperidad y
el progreso. Pero también hacia la regresión, la
aniquilación y el totalitarismo. La dialéctica negativa,
la dialéctica del iluminismo, de que hablaba Theodor
Adorno.
Por ello el título: imposible no considerar
que en estos tiempos de discriminación, persecución y
totalitarismo, todos nosotros, los demócratas venezolanos,
sin importar nuestra raza, nuestros credos o nuestra
religión, somos, metafóricamente, judíos. Ya ingresamos en
las listas malditas del régimen y si no hacemos nada
terminaremos alimentando su insaciable voracidad homicida.
Detrás del sistema que pretende imponerse mediante este
golpe constitucional babea el odio criminal de la
intolerancia, el fétido humor de la maldad y el hálito de
la muerte. Oponerse a él con todas nuestras fuerzas es no
sólo una obligación moral: es un imperativo de
sobrevivencia.
3
Recibo el último libro de Joachim Fest, el
autor de la más completa y acuciosa biografía de Adolfo
Hitler. El título de ésta, su última obra, lo dice todo:
YO NO. En la portada una mínima moralia
para estos tiempos venezolanos de tinieblas: EL RECHAZO
DEL NAZISMO COMO ACTITUD MORAL. Tras ese título tan
escueto y al mismo tiempo tan inapelable se oculta una
respuesta de la mayor contundencia al Nóbel de literatura
Günther Grass, quien luego de una vida dedicada a desnudar
las perversiones del nazismo y a criticar los abusos del
capitalismo post industrial resulta haber sido un joven
militante de las SS hitlerianas. Pues bien: Fest, al que
en una agria polémica acusara de conservador e incluso de
levantarle un pedestal a la grandeza del Führer, replica
con esa sencilla sentencia: YO NO.
¿Cuántos venezolanos pueden decir hoy, en
medio de la letrina moral en que chapoteamos y a la que
este régimen, bajo complicidad de una lamentable y ominosa
mayoría nacional, nos ha arrastrado, con una contundencia
semejante, que jamás sucumbieron a los cantos de sirena
del golpismo nacional? ¿Cuántos políticos, intelectuales,
periodistas, editores, hombres y mujeres del mundo de la
cultura y ciudadanos de a pie de esta atribulada nación
pueden escribir sobre su frente esas dos palabras tan
simples y elementales: ¡YO NO!?
Temo que la respuesta nos sumiría en el
desconcierto y la incredulidad. Una inmensa, casi
aplastante cantidad de periodistas y analistas políticos,
de editores y propietarios de medios, de artistas e
intelectuales, de profesionales y técnicos, de empresarios
y financistas apoyaron los golpes de estado de febrero y
noviembre de 1992. Y no sólo no impidieron el acceso al
Poder de quien representa los peores y más aviesos
designios de lo más oscuro y sórdido de la conciencia
nacional: lo auparon, le prestaron su respaldo intelectual
y financiero, lo convirtieron en mito popular y lo
empujaron a hacerse cargo del Poder. Desde el que ha
contribuido de la manera más eficaz al desastre que hoy
vivimos y que está a punto de convertir en tragedia, sabe
Dios cuán larga y prolongada.
Yo no. Confieso pertenecer a aquella minoría
que rechazó desde esa misma madrugada del 4 de febrero la
felonía y la traición del golpismo nacional. Y que se
opuso desde entonces y con sus precarias fuerzas a la
campaña de una sociedad enferma de golpismo, que en una
muestra de increíble irresponsabilidad se dejara arrastrar
al borde de este abismo en que estamos. Sirva de
reparación y consuelo que esa minoría se ha convertido
entre tanto en una sólida y consistente mayoría ciudadana
que lucha para impedir la consumación del horror que el
nazi fascismo de este socialismo del siglo XXI representa.
Pues ante la avalancha del totalitarismo no caben
preguntas de lesa y superficial política sino una sola
respuesta de naturaleza existencial – ser o no ser. Y unir
todas nuestras voluntades, sin mezquindades ni espurias
ambiciones. Como bien lo enseñó Joachim Fest: ante el
fascismo no cabe otra respuesta que el irrevocable rechazo
moral. Sin concesiones. Dios quiera que nuestra golpeada
ciudadanía y nuestra zarandeada clase política lo
comprendan y sepan estar a la altura de esta grave
circunstancia.
Todo lo demás, es silencio.