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La tragedia de una economía petrolera,
de Celso Furtado a Maza Zavala 

por Antonio Sánchez García  
jueves, 8 febrero 2007



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Maritza Izaguirre ha tenido el acierto de recordarnos la publicación de una obra pionera en el estudio de las ciencias económicas y sociales venezolanas: la del gran economista brasileño Celso Furtado. Venezolana no sólo por ser nuestro país y sus peculiaridades socio-económicas el objeto del estudio, sino por levantar un catálogo de cuestiones cruciales atingentes al diagnóstico de nuestras fallas estructurales, que con el tiempo vendrían a incidir de manera dramática en nuestro desarrollo político. Podemos sintetizar sus resultados en la constatación científica de la profunda ruptura entre la Venezuela moderna, surgida al calor del petróleo y el crecimiento sostenido de núcleos urbanos de desarrollo, por una parte; y la persistencia de la Venezuela retrasada, anclada en la ruralidad de una economía agraria hace decenios estancada. Como nos lo recuerda Maritza Izaguirre: “Convivían un sector moderno, altamente productivo y urbano, y otro tradicional, empobrecido y de muy baja productividad.”(El Nacional, 7 de febrero de 2007).

Resaltaba Celso Furtado algunas perversiones características de la sociedad venezolana de los cincuenta: la sobre valoración del Bolívar en el mercado internacional, promoviendo “salarios no vinculados a las condiciones reales de productividad, lo que llevó al encarecimiento de la mano de obra, incidió en el uso de tecnología ahorradoras de mano de obra y restó competitividad a la industria nacional, entre otros efectos.” Yo agregaría otra distorsión de enorme trascendencia: permitió niveles de vida para las clases medias emergentes que no se correspondían en absoluto con su verdadero nivel de cultura y productividad económicas, generando un espejismo de muy graves consecuencias políticas que desembocaría primero en una suerte de democracia subsidiada y luego de la drástica devaluación del Bolívar en un desencanto que le abriría las puertas al golpismo militarista, mesiánico y populista. Planteaba por ello la urgencia de desarrollar la economía, incentivar la inversión y diversificar los núcleos de desarrollo económico. Entonces centrados en el monumental desarrollo de las obras de infraestructura y la industria de la construcción, que, como lo recuerda Izaguirre “al ser una actividad capital intensiva, temporal y concentrada, no contribuyó como se esperaba a la generación de empleo estable y bien remunerado”.

A nuestro efectos, importa subrayar el hecho capital que Furtado resalta en su estudio: “La dualidad, caracterizada por la presencia de una población analfabeta, con carencias de salud, trabajo y alimentación, en viviendas inadecuadas, la mayoría habitante de las zonas rurales y las áreas marginales urbanas, (que) contrastaba con la otra Venezuela, moderna, competitiva, liderada por el petróleo, la construcción, el comercio y las finanzas.”

Un hiato entre retraso y modernidad que, potenciado hasta sus máximos extremos gracias al desarrollo tecnológico de las comunicaciones, la masificación de los medios y la globalización, se han convertido en una gigantesca bomba de tiempo. Sólo faltaba el caudillo inescrupuloso y manipulador para quitarle la espoleta.

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En otro contexto histórico aunque motivado por la premonición del desarrollo que ya se encontraba en ciernes y amenazaba con convertirse en el grave problema que hoy enfrentamos, Arturo Uslar Pietri había alertado ya en 1936 en su famoso editorial del periódico AHORA sobre la gravedad de la ruptura estructural de la sociedad venezolana – la retrasada rural y la moderna urbanizada -, como efecto de la incontrolada y salvaje economía petrolera y la urgente necesidad de atender a la diversificación de la economía nacional planificando nuestro desarrollo. En una frase que haría historia: “sembrando el petróleo”. La obra de Celso Furtado y los análisis de la CEPAL no hacían más que darle densidad científica y fundamentación estadística a la que constituía una angustia de nuestra élite política post gomecista.

Mal que bien, durante los cuarenta años de vida democrática, se intentó paliar tal perversión estructural. Si bien los efectos de la planificación fueron más notables en el ámbito político, educativo y cultural que en el propiamente económico. Creamos una sociedad moderna con pies de barro. El espejismo generado en los años cincuenta, fortalecido con los altos ingresos petroleros, particularmente luego de la crisis energética de mediados de los setenta, empujó a la sociedad venezolana al abismo de un consumismo perverso y a falsas salidas políticas ante el cuello de botella de la propia crisis económica. La modernización no hizo más que acrecentar las brechas y profundizar las desigualdades. La pérdida del poder económico de que disfrutaran las clases medias las condujo a distanciarse de su compromiso político con la democracia echándolas en brazos del golpismo militarista. El mesianismo y la demagogia populista hicieron el resto. Venezuela se desbarrancaba hacia su más lejano pasado: la así llamada República Liberal Autocrática.

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A las fórmulas de desarrollo intentadas por los diversos gobiernos democráticos –siempre prisioneros del rentismo petrolero – ahora se intentan fórmulas autoritarias bajo otro espejismo: esta vez el del llamado socialismo del siglo XXI. Se ha avanzado suficientemente en la vía política, levantando un régimen dictatorial cuyas apariencias democráticas sólo constituyen concesiones formales ante un mundo decididamente democrático.

El proyecto es tanto o más dependiente de la renta petrolera. Pues si el remedio propuesto por Furtado y el sentido común recomendaban diversificar la economía, incentivar las inversiones y desarrollar un auténtico aparato industrial capaz de generar riqueza, esta fórmula pretende aniquilar lo logrado, hacer tabula rasa de la economía privada y retrotraernos a la Venezuela gomecista. Es el regreso a la ruralidad pre industrial bajo un gobierno despótico rojo-rojito. Un gigantesco salto atrás.

Entre el delirio del proyecto y la racionalidad de algunos de sus funcionarios más preclaros el abismo se acrecienta. El economista Domingo Maza Zavala recomendaba en una entrevista reciente “poner orden en la maraña”. Reconocía desconocer el significado y los contenidos del “desarrollo endógeno” y “el socialismo del siglo XXI”, - si él, un académico y un científico de renombre no los conoce, ¿quién otro podrá hacerlo? - indicaba que “cualquier proceso de transformación debería tomar en cuenta las variables concretas de la economía” y volvía a poner el dedo en la llaga: “cómo convertir una economía petrolera en una economía reproductiva integral. Además entender que ésta sigue siendo una economía de mercado, donde la proporción determinante del empleo formal es privado. Sin ese sector no puede haber una transformación viable” (El Universal, 4 de febrero de 2007).

Se cumplen cincuenta años de la pionera publicación del trabajo de Celso Furtado. Las aguas siguen estancadas. Como si entre Celso Furtado y Maza Zavala el tiempo se hubiera detenido.

sanchez2000@cantv.net

 
 

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