a Enrique Krauze
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Los resultados del proceso comicial
obtenidos el domingo pasado constituyen un sólido respaldo
a la esperanza de lograr una proeza de trascendencia
histórica: resolver esta grave crisis existencial –
posiblemente la más grave sufrida en nuestros 200 años de
vida republicana – de manera pacífica, consensuada,
incluso electoral. Algo que hasta ese histórico y ya
emblemático 2 de diciembre se lo creían poquísimos
venezolanos. Y muy pocos observadores de este, nuestro
doloroso y apasionante proceso socio-político.
Sabe el mundo de la tragedia que supuso para
el pueblo chileno, para los países del Cono Sur y para
América Latina el modo encontrado por sus sociedades para
resolver hace tres décadas una crisis semejante y tan
grave como la nuestra: mediante terribles, injustos y
devastadores golpe de Estado. La sociedad venezolana, en
cambio, tras nueve años de arduos y a veces sangrientos
forcejeos, comienza a encontrar una salida a su intrincado
laberinto. Permitiendo que surjan, de su propio seno, las
fuerzas capaces de impedir la tragedia de una guerra civil
o de una resolución castrense al profundo quebranto que
sufrimos, y conducirnos hacia el futuro recomponiendo el
tejido social, reeducando a vastos sectores hasta hoy
seducidos con la prédica mesiánica, autoritaria y
desquiciadora de la violencia y el enfrentamiento,
adelantado con sus propuestas, sus valores, su lucidez y
sus principios un futuro que todos los venezolanos - y con
nosotros seguramente todos los pueblos de nuestra sufrida
región - anhelamos desde lo más profundo de nuestros
corazones. Avanzar hacia la modernidad, la prosperidad y
la justicia social reubicando a nuestros países en el
concierto de las naciones más desarrolladas del planeta.
Una aspiración que, desde este 2 de diciembre, no luce en
absoluto descabellada. Su efecto sobre el continente aún
no se anuncia del todo. Pronto será una importante
realidad.
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La gran interrogante con que enfrentamos hace
una década la aparición de este extravagante fenómeno
socio-político representado por la figura del teniente
coronel Hugo Rafael Chávez Frías y el aluvional y
apasionado movimiento de masas que pusiera en acción se
reducía a una pregunta entonces sin respuesta: ¿constituía
el chavismo el fin y entierro de todo un período histórico
o era el parto de la Venezuela del futuro? Tras estos
nueve años la respuesta es incontrovertible: el gobierno
del teniente coronel ha supuesto la exacerbación no sólo
de las peores taras de las vividas y puestas en práctica
durante los cuarenta años de democracia, sino de nuestra
historia republicana toda. Lastrada desde sus orígenes por
la autocracia, el caudillismo y el militarismo. A las que
Hugo Chávez ha agregado su delirante demagogia, su
desaforada estatolatría clientelar y la pérdida de todos
nuestros valores republicanos.
Hoy, tras nueve años de pesadilla, Venezuela,
América Latina y el mundo entero comienzan a tomar
conciencia de que el chavismo constituye el hundimiento
estrepitoso no sólo de una forma específica de gobierno -
el caudillismo militarista y autocrático propio de nuestra
peor tradición republicana - sino de todo un proyecto
histórico fracasado doquiera se trató de implementar. Que
solo sobrevive bajo las más penosas y trágicas
circunstancias en Corea del Norte y en Cuba. Que todavía
ilusiona a las masas material y espiritualmente
menesterosas de nuestras sociedades más retrasadas y que
parecía tener el poder material y propagandístico del
petróleo y de un predicador inescrupuloso y delirante como
para torcer el destino de todo un continente, empujándolo
al abismo de sus peores tragedias.
Luego de este 2 de diciembre, nace una nueva
percepción. La de que Venezuela se acerca a la alborada de
un nuevo tiempo. Y que su surgimiento tendrá efectos
trascendentales para todos los países de la región.
Pareciera que después de este acontecimiento de tanta
envergadura, nada será como antes.
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No parece exagerado afirmar que el
futuro de la región, como hace doscientos años, se juega
en Venezuela. Sintetizado en dos afirmaciones: se entierra
por ahora, y esperemos que para siempre, el delirio
mesiánico del militarismo republicano enmascarado de
socialismo revolucionario. Cuya más fehaciente prueba de
trágico fracaso nos lo enseña la Cuba castrista. Nace una
nueva época de libertades democráticas y una nueva
conciencia histórica, verdaderamente revolucionaria: la de
la república liberal democrática. Acompañada de una nueva
concepción del papel del Estado y del individuo en la
organización social, de los partidos políticos y las
organizaciones de la sociedad civil y de la cultura
dominante y las responsabilidades individuales y
colectivas.
Estamos ante una auténtica y verdadera
revolución. La necesaria en tiempos de globalización en un
continente que se resiste de manera encarnizada a dar el
salto a la modernidad. En todos los órdenes de la vida:
desde la educación y la cultura, hasta la productividad y
el trabajo. Una revolución que enfrenta los males
endémicos de nuestra pobreza y nuestro subdesarrollo
crónicos dando un giro de 180º en la forma y manera de
enfrentarlos: desde el populismo estatólatra, demagógico y
autoritario que nos ha surtido las coartadas para eludir
el enfrentamiento con la verdad de nuestras carencias,
hacia el liberalismo democrático, popular y progresista,
única manera de enfrentarlos exitosamente. Alternativas
que no pueden ni deben ser confundidas con antinomias
ideológicas fracasadas. El liberalismo social y
democrático bien puede ser asumido, dirigido y
administrado por la izquierda progresista, como en la
España de Rodríguez Zapatero o en el Chile de Michelle
Bachelet. O por la derecha popular y progresista, como en
la misma España bajo el PP de José María Aznar, en la
Francia de Nicolas Sarkozy o en el México de Vicente Fox y
Rafael Calderón.
Pues el problema crucial, que la falacia y la
fatal arrogancia del socialismo de proveniencia marxista
insiste en desconocer, no radica en dividir para imperar –
la vieja máscara del poder de los dictadores – y
apropiarse del Estado y de la productividad de los
ciudadanos para alimentar a los parásitos de la
nomenklatura, origen de las peores y más aterradoras
corruptelas, sino en liberar las fuerzas creadoras y
productivas de los individuos, entregándoles las llaves
del control social, político, económico y cultural de sus
sociedades para que asuman su destino y concierten la suma
creadora de sus impulsos y anhelos.
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Ese es el desafío a que nos
enfrentamos. Ese es el reto que la historia nos plantea.
Resulta obvio y es preciso afirmarlo una vez más, que la
resolución de tan importante disyuntiva existencial no
puede ser satisfecha por los viejos liderazgos y las
viejas élites. Por mejor intencionadas y democráticas que
puedan ser. Como es nuestro caso. Sólo puede ser asumida y
llevada adelante con éxito por un nuevo liderazgo
histórico, libre de los viejos prejuicios ideológicos, las
mañas de un populismo clientelar, los vicios de un
centralismo arrogante y estrangulador y las taras de
organizaciones políticas envenenadas por formas leninistas
y autoritarias de control institucional.
El estatismo centralizador, populista y
clientelar constituye sin duda el gran mal de nuestro
último siglo. El ogro filantrópico, de que nos hablara
Octavio Paz. Que hincara sus garras en un continente
abrumado por el militarismo autocrático con que naciera a
la vida independiente. Y renaciera cíclicamente,
disfrazado de falsas ideologías, como fuera el trágico
caso de la Cuba castrista, responsable de la aniquilación
de generaciones y generaciones de latinoamericanos durante
el último medio siglo. Sacrificadas en aras de la imperial
ambición de un poseso, que hoy, para fortuna del futuro,
ya agoniza. Responsable, en último término, de la bufa y
farsesca revolución bolivariana que hoy naufraga ante
nuestros ojos. Y que este domingo 2 de diciembre recibiera
un golpe posiblemente mortal para su principal mentor y
beneficiario.
De allí la trascendencia de nuestra lucha por
el restablecimiento de la democracia plena en Venezuela.
Sólo posible y necesaria, si va acompañada por el esfuerzo
conductor de las nuevas generaciones por crear una nueva
república: moderna, progresista, justa y solidaria. Pero
sobre todo: liberada de las cadenas opresoras del
estatismo centralizador.
Vencer al ogro filantrópico y a los bufones
circenses que medran a su sombra – uniformados, incultos e
inescrupulosos los peores de ellos – será la única
garantía que puede asegurar nuestro futuro, el de nuestros
hijos y nuestros nietos. Ese futuro ya se asoma en
Venezuela. De su propio seno y respaldados por nuestras
mejores tradiciones académicas, políticas, religiosas y
culturales están surgiendo las nuevas fuerzas y los nuevos
liderazgos capaces de enfrentar el desafío y llevar a la
Patria a buen puerto. Quienes condujeron esta hermosa
jornada electoral – jóvenes que bien podrían ser nuestros
hijos y nietos – son los grandes políticos de mañana.
Anhelan convertirse en Políticos con P mayúscula. Ya
reivindican la Política con P mayúscula. Para construir
una Patria con P mayúscula.
No debemos descansar sobre estos frágiles
laureles. Debemos darles el testigo y apoyarlos hasta con
nuestra última gota de sangre. La lucha recién comienza.
Ellos serán los responsables del mañana.
sanchez2000@cantv.net