uenta una
venezolana que estuviera profundamente vinculada al castrismo
en los años sesenta que en más de una ocasión, reunidos ella y
su esposo francés con Fidel Castro, el comandante les afirmó
con absoluta certidumbre que de hacerse con el petróleo
venezolano conquistaría no sólo el continente, sino el mundo
entero. De allí su encono contra Rómulo Betancourt y Raúl
Leoni, que se le interpusieran en el camino, lo aplastaran
militarmente y le infligieran la más grave derrota diplomática
jamás sufrida por la revolución cubana: su expulsión de la
comunidad interamericana, de la que Cuba desde entonces ha
estado marginada.
Ya había renunciado al ansiado sueño napoleónico y
bolivariano, sobre todo luego de la salida de los soviéticos
de la isla, conformándose con una discreta jubilación
política, mantenida con los modestos ingresos aportados por
soneros y jineteras, secundados por el turismo industrializado
por quienes fueran los últimos en perder esa colonia y los
primeros en reconquistarla un siglo después con hoteles y
casinos: los empresarios españoles. Sin importar si
franquistas o socialistas, que a los efectos de la manutención
del socialismo cubano lo mismo valen Fraga Iribarne que Felipe
González. De allí en adelante, Castro se conformaría con
servir de atractivo hollywoodense en las cumbres
internacionales: un héroe cuaternario, un dinosaurio
inofensivo, una especie en extinción.
Las cosas hubieran ido a un menos eclipsal y Cuba
sería hoy en día una sub provincia española más digna del
África equinoccial que de la América de los trópicos si la
genética venezolana no hubiera reciclado un espécimen ya
desaparecido de la extinguida fauna de nuestro terciario
político: el teniente coronel golpista Hugo Rafael Chávez
Frías. Me consta la indignación del castrismo ante los
bochornosos sucesos del 4 de febrero de 1992, cuando Fidel
Castro, el amigo personal de Carlos Andrés Pérez, creyó que el
golpe era de derechas y en Venezuela se reactualizaba el
pinochetismo, por entonces en vías de desaparición en Chile y
el resto del continente.
La solidaridad de Castro para con su hermano
Carlos Andrés Pérez fue inmediata. Perderlo, y con él dejar de
contar con el apoyo de César Gaviria, entonces presidente de
Colombia, y Felipe González, jefe de gobierno español,
significaba quedar absolutamente al arbitrio de los Estados
Unidos. Un gobierno militar en Venezuela, pensó con toda razón
Fidel Castro, podía reactivar la doctrina Betancourt y
terminar por permitir el golpe de gracia con que los
americanos miran desde hace medio siglo a la isla: como
caimanes en boca de caño.
Pero tal solidaridad duró tanto tiempo como Alí
Rodríguez Araque, “nuestro hombre en Caracas” en explicarle al
“caballo” que estaba profundamente equivocado, que Chávez no
era de derechas, sino de izquierda revolucionaria. Y que en
sus manos estaba no sólo el destino de Venezuela, sino de Cuba
y la revolución continental. De pronto, ya en las finales y
cuando la muerte asomaba sus colmillos, Fidel Castro se topó
de frente con un regalo de los dioses: el petróleo venezolano
sí podía estar al alcance de la mano y con él el ansiado sueño
de un continente en llamas. “La hora de los hornos” no se
había extinguido: la revolución volvía una vez más a golpear a
su puerta.
2
Todo esto suena tan increíble a las buenas
conciencias de la progresía mundial, tan ajeno a las
auténticas pulsiones de la globalización y tan digno de una
absurda comedia de enredos, que ni César Gaviria ni Felipe
González, que fueran protagonistas de las rocambolescas
relaciones de las democracias del hemisferio con “la
revolución cubana” en los años de los golpes de Estado de Hugo
Chávez, podrían haberle dado crédito. Para ellos la revolución
cubana ha sido o la hermana monja o la hermana prostituta,
depende del lado político en que se esté: algo fuera de tono,
pero que hay que aceptar e incluso auxiliar, porque lleva
nuestra misma sangre. Es más: ni Felipe González ni César
Gaviria, ni muchísimo menos Rodríguez Zapatero o Álvaro Uribe,
pueden creer al día de hoy que tal cosa pueda ser cierta. Me
refiero a que ninguno de ellos, ni Lula, ni Kirchner, ni
Michelle Bachelet ni Tabaré Vásquez piensan o creen que Chávez
y Castro hayan jurado un pacto de sangre cuyo objetivo
esencial consista en usar el petróleo venezolano como un
garrote para ir de pueblo en pueblo financiando la
desestabilización, promoviendo golpes de Estado o
insurrecciones populares o, miel sobre hojuelas, respaldando a
quienes se sirvan prestarse al juego de aniquilar las
democracias locales a través de la puerta ancha de elecciones
democráticas. Para ellos, tales temores son el producto de una
enfermedad incurable de origen norteamericano: el derechismo
anti comunista. Basura, o, dicho en inglés: ¡bullshit!
Desde luego: ni ellos ni mucho menos José Miguel
Insulza, quien coordina sus reuniones en la OEA, creen tal
cosa. Insulza ha llegado a tal grado de malabarismo, que
resolvió el problema a “lo pillo” chileno. Él, preciado en los
pasillos de la politiquería sureña como un “muñequero de altos
quilates”, vale decir: un eximio operador político. Ante la
comprobada sospecha de la ingerencia de Hugo Chávez en los
comicios mejicanos creyó sacársela montando un paquete
chileno. Insinuó que tal cosa no podía ser cierta “porque
Chávez me dijo durante nuestro último encuentro que no conoce
personalmente a López Obrador”. Como si las ingerencias de que
se habla fueran encuentros cercanos de la primera fase, sólo
realizables luego de abrazos y juramentos de compadritos
abrazados pillados in fraganti. Tal cosa es secretario general
de la OEA y va a servir de comisario mayor de las elecciones
de diciembre en Venezuela.
De allí la desesperación de la oposición
venezolana, absolutamente incapacitada para demostrarle al
mundo lo que sucede en nuestro país desde hace ya largos ocho
años: el asalto alevoso de una mafia castro-fascista,
autocrática y militarista, a las instituciones del Estado, la
pervertida corrupción intentada contra nuestras fuerzas
armadas, neutralizadas en su capacidad de garantes
precisamente de esa institucionalidad democrática, la
conversión de los instrumentos electorales en alcabala al
servicio de la entronización del sistema. Y last but not least,
el uso inescrupuloso, descarado y alevoso del petróleo como el
arma múltiple de control político nacional y de sometimiento
de voluntades a nivel internacional.
Es lo que ahora ha quedado de manifiesto con el
discurso del presidente de PDVSA y ministro de Energía y Minas
Rafael Ramírez, hecho público urbi et orbe gracias a los
medios de comunicación venezolanos: el petróleo venezolano
está al servicio de la revolución en Venezuela y el mundo. Es
un instrumento de ingerencia política internacional.
¿Terrorista? Ya lo veremos. ¿Qué dirá ahora José Miguel
Insulza? ¿Qué dirán Zapatero y Lula da Silva? ¿Qué dirán
Michelle Bachelet y Néstor Kirchner? ¿Qué como ellos no
estaban allí, tal discurso no existe? ¡Bullshit!
3
Es tal la perversión a que el régimen proto
dictatorial del teniente coronel ha llevado las cosas y tan
inerme el estado de nuestra institucionalidad democrática, que
las máximas autoridades de gobierno han brincado en respaldo
de las palabras del ministro: nada más y nada menos que el
vicepresidente de la república ha dejado en claro que no se
trata de un error de apreciación, de una manipulación de los
medios, de un hecho específico que debe ser corregido. En
absoluto: la cosa es así. Gústele a quien le guste. El
petróleo venezolano no le pertenece a los venezolanos, no es
un bien de la Nación: es un instrumento político al servicio
de la parcialidad que se ha apoderado del Poder, será
utilizado para su entronización y servirá a la instauración de
la revolución bolivariana en todo el mundo: en Bolivia o en
Irak, en México o en Palestina, en Corea del Norte o en
Ecuador, poco importa. A los efectos: se trata de usar un
medio vital para la supervivencia de la humanidad como
instrumento de manipulación político-militar y financiera. El
petróleo venezolano se encuentra en manos de un gobierno que
lo usará para tomarse el poder y destruir la democracia allí
en donde las condiciones lo permitan. Comenzando por Bolivia.
Terminando en donde sea necesario. Fidel Castro puede morir en
paz.
Así, al universalizado concepto de narco-guerrilla
habrá que agregar el de petro-castrochavismo. Los efectos
internos no pueden ser más calamitosos: el régimen se sostiene
exclusivamente por el uso de los ingresos de ese instrumento,
gracias al cual ha terminado por dominar al Estado y todas sus
instituciones: desde el Tribunal Supremo de Justicia hasta la
Asamblea, desde la Contraloría hasta la Fiscalía General de la
República, desde el Consejo Nacional Electoral hasta la
Defensoría del Pueblo. PDVSA, el arca de la Nación, “es toda
roja, es rojita”. Ramírez dixit.
Se entiende que la letrina mediática del régimen
haya saltado a reivindicar la siniestra declaración de
principios del ministro Ramírez en un gesto del fascismo más
puro y duro. Goebbels tropical. Se entiende que el
vicepresidente de la república haya seguido la pauta sin que
se le arrugue el semblante. Él, el gran cara dura del sistema.
Se entiende incluso que Hugo Chávez se quite por un momento la
hipócrita careta candidatural y muestre la odiosa verdad de
su terrorismo petrolero. Lo que todavía está por entenderse es
qué piensa de este discurso, de esta pavorosa realidad y de
este futuro que nos espera y ya está cumpliéndose gracias al
“excremento del diablo” aquella porción de la
institucionalidad Estatal que debiera permanecer fiel a los
predicados constitucionales, violentamente aplastados por las
palabras y los actos del presidente de PDVSA, por el
vicepresidente de la república y por todas aquellas
autoridades que aplauden o guardan silencio. Nos referimos a
los jueces y a los soldados de la república, a la Justicia y a
la Fuerza Armada Nacional, en la letra de la ley garantes de
la constitución, la justicia, la democracia y el orden.
¿Puede haber elecciones limpias, legales y
transparentes con el petróleo al servicio del régimen, del
presidente y del candidato? ¿Puede haber democracia? Ellos
tienen la palabra.