El
capítulo XVII de El Príncipe está dedicado a “Las
ventajas del ser amado o temido”. Allí dice Maquiavelo que
“Los hombres temen menos ofender a quien se hace amar que
al que inspira temor; porque la amistad es sólo un lazo
moral, lazo que por ser los hombres malos rompen en muchas
ocasiones, dando preferencia a sus intereses; pero el
temor lo mantiene el miedo a un castigo que constantemente
se quiere evitar”. Deseo aplicar este precepto al actual
panorama internacional y la política exterior de Estados
Unidos.
Tres constataciones son cruciales: 1)
Vivimos en tiempos de predominio del romanticismo
político, de la tendencia a subordinar la razón a las
emociones, a analizar la política desde una perspectiva
sentimental, y a restar relevancia a la presencia del mal
como factor de la existencia humana, a lo que se suman
el relativismo moral y el deseo de igualar todas las
posiciones en la medida que “sean sinceras”. 2) El
romanticismo político presume que las guerras son
fenómenos ajenos a la historia real; más que errores las
considera aberraciones. El ejercicio de la política, a su
vez, es interpretado como expresión de una buena voluntad.
3) El romanticismo político vive de la ambigüedad, su
valor es el sentimiento y su enemigo la decisión.
Decidir es un pecado pues exige actuar, y lo que hoy
importa es “entenderse”.
Por ello, y precisamente en un mundo en el
que los desafíos del mal, encarnados en el radicalismo
fundamentalista, el mesianismo político y el terrorismo
crecen, la única superpotencia y exclusiva instancia
portadora de un principio de orden internacional, los
Estados Unidos, país que de paso es bastión de libertad y
democracia, se ve cuestionado por casi todos, y la actual
campaña electoral se asemeja a un concurso de relaciones
públicas global. El universo cultural entregado al
romanticismo político espera que el Presidente de Estados
Unidos se comporte a la manera del Jefe de la Cruz Roja, o
del Secretario de la entelequia llamada ONU, y aspira que
no sea un estadista sino un curandero de almas, una
especie de emisario de la virtud en lugar del severo y
vigilante protector de la nación frente a sus implacables
enemigos.
Estas fantasías, nutridas por medios de
comunicación masivos e influenciados por una izquierda que
perdió la brújula, han servido para distorsionar el
significado geopolítico de las acciones de Washington en
el Medio Oriente, para minimizar las amenazas a la
libertad, y para inflar de modo absurdo e insensato las
expectativas en torno a la figura romántica y mesiánica de
Barack Obama y lo que podría ocurrir en el mundo si
llegase a alcanzar la Presidencia. Todos olvidan lo que
pasó cuando el “perverso” Nixon fue sustituido por el
“virtuoso” Carter. Todos se entregan a la ensoñación según
la cual lo que debe buscar el conductor de la
superpotencia que sostiene la libertad es el beneplácito
de los europeos y los latinoamericanos, de los
intelectuales parisinos y los universitarios berlineses y
mexicanos, como si la Presidencia de EEUU fuese una obra
caritativa o una competencia de bondad.
Maquiavelo reiría y sufriría a la vez ante
tal ingenuidad. Con facilidad comprobaría que las
ilusiones que hoy dominan el mundo, que pretenden que el
Presidente de EEUU debe ser amado en lugar de ser temido,
y que convierten la política internacional en una versión
de Alicia en el país de las maravillas, resultan de
una pasmosa ignorancia de la historia, así como del
desgano vital producido por una prosperidad carente de
fibras morales.