Este
mes de diciembre de 2007 se cumplen cincuenta años del
otorgamiento del Premio Nobel de literatura a Albert Camus,
uno de los más lúcidos y valientes testigos de los
conflictos, angustias y esperanzas del ser humano en
nuestros tiempos. Camus fue un gran escritor y un pensador
centrado en la vida real de la gente, decidido a explorar
sus dilemas con descarnada agudeza y coraje moral a toda
prueba. En este sencillo homenaje me referiré a su obra
literaria, a sus ensayos político-filosóficos y al sentido
de su compromiso político.
A diferencia, por ejemplo, de la literatura que produjo su
contemporáneo y rival Jean Paul Sartre, las principales
obras de ficción de Camus preservan una frescura
sorprendente y su vigencia es palpable. Las novelas "El
extranjero", "La peste" y "La caída" constituyen un logro
singular. La primera trata el tema del absurdo en la
existencia; la segunda explora los desafíos que procesos
colectivos como la guerra y la ocupación imponen a los
individuos, así como las diversas respuestas que éstos dan
ante los mismos; la tercera es un hermoso y trágico esbozo
de la piedad del hombre, colocado ante el abismo de su
fragilidad espiritual. Poco resta del Sartre escritor
excepto su primera novela, "La náusea", en tanto que las
obras de Camus adquieren vigor con los años.
De las tres novelas de Camus mi preferida es "La peste",
un libro alegórico inspirado en las experiencias de
Francia bajo dominio nazi, pero que en realidad dibuja un
panorama universal, el de personas a quienes el destino
exige asumir retos fundamentales obligándoles a elegir
entre el honor o la cobardía, la solidaridad o el egoísmo,
el apego a nobles valores o el oportunismo, la compasión o
el desprecio. "La peste" es una obra fundamental del siglo
XX, un siglo de campos de concentración, de "Gulags",
pesares y desdichas. Con inigualable maestría Camus
describió una enfermedad política y ética capaz de corroer
y devastar los corazones, y cuyo virus insidioso puede
repentinamente alcanzarnos: "Hay en esta tierra plagas y
víctimas, y es preciso —escribe Camus— resistirse a estar
con la plaga".
No comentaré las piezas teatrales de Camus, que también
hoy pueden leerse con provecho, pero sí deseo mencionar
sus ensayos filosófico-literarios, "El mito de Sísifo" y
"El hombre rebelde". El primero se inicia con la memorable
frase: "No hay más que un problema filosófico
verdaderamente serio, es el suicidio"; el segundo muestra
un lugar más allá del nihilismo, donde —dice Camus—
"nosotros todos, entre las ruinas, preparamos un renacer".
Con "El hombre rebelde" se selló la ruptura definitiva
entre Camus, un humanista esencial, y Sartre, un filósofo
brillante pero equivocado en el plano político. Camus tuvo
entonces que sufrir los embates de la izquierda francesa
de la época. Su defensa de los derechos humanos frente al
totalitarismo, su cuestionamiento al comunismo soviético y
su lucha por la libertad le ganaron críticas y agravios.
Pero la historia le ha reivindicado, en tanto que Sartre
culminó su errático camino exaltando la feroz "revolución
cultural" maoísta.
Un accidente automovilístico, ocurrido el 4 de enero de
1960, truncó de modo cruel y prematuro la fructífera
carrera de Camus. Su posición como uno de los escritores
más destacados de su momento y circunstancias está fuera
de duda, y la pertinencia intelectual y rango literario de
su obra se acrecientan a medida que la perspectiva del
tiempo contribuye a evaluarla. Pocas veces un Premio Nobel
ha sido más merecido.